4.08.2010
un saco de piel seca sobre la arena
bulto de hueso y musgo;
hábito de hombre,
ficción de humanidad.
Sus vecinos, otros cuerpos
que se queman.
Los moscardones
inician su ronda de muerte, lenta.
¡Basta ya, tierra yerta!,
el aliento de la piel es polvo
el aire tiene sed de nada.
Que pronto nos barra esta arena,
sepúltenos entre sus granos de greda.
3.29.2010
El ruido que nos rodea
El ruido nos rodea, avasallante. Parece decidido a librar una batalla contra la soledad y el silencio, impelido por el exterminio de todos los resquicios posibles de intimidad. Todavía el ingenio humano no ha dado en construir una ciudad callada, de noches serenas y silenciosas. Como si su miedoso espíritu se rebelara contra la misteriosa potencia, el hombre llena la noche de ruido: la hincha de ladridos y pitidos; de alarmas que se activan por la furtiva caricia del ladrón o por la intolerable transgresión de una hoja seca que, en su descenso hacia nuestra tierra de petróleo, se atreve a rozar el ardiente cofre de un coche estacionado.
A la sinfonía urbana se suman persistentes llamadas telefónicas: una señora, con alegría simulada, confirma su asistencia a una reunión sabatina; otra insiste en una retahíla de rumores sobre la, ¡ay!, ¡tan reprochable inmoralidad de alguien más!; un adolescente agrega sus ajás y sus hmms como percusiones de esta orquesta de barullos, seguramente en respuesta a otra retahíla –la de su novia que no escatima detalles en la narración del día.
Nadie calla. Nada calla. Incluso yo contribuyo a esta terrible amalgama de ruido con el golpeteo de las teclas de mi ordenador, que otro bien podría asociar con el ruido de una metralleta en tiempos de guerra. Y de nuevo el perro, un West Highland White Terrier, que me recuerda el estropajo sucio con el que los mecánicos limpian motores y manos manchadas de grasa. Un estropajo, dice la reseña canina, de personalidad enérgica –yo diría, más bien, nerviosa–, amigable –molesta–, de sonrisa amable –indecente–; en síntesis: un perro amoroso que necesita atención y cuidado –eufemismo de histriónico e histérico–: un claro museo andante de patologías capitalinas. Todavía no entiendo cómo sus orejas puntiagudas resisten al impacto de sus agudísimos ladridos; los míos, por el contrario, acunan el molesto zumbido como eco de esas vibraciones que ya amenazan la integridad de mis tímpanos.
Ahora se enciende un televisor a un volumen estruendoso y me veo obligada a convivir con los mismos reclamos de otra mujer a otro hombre, sobre otra infidelidad (o desamor) en “otra” telenovela. Afuera y más lejos, algún desesperado clava sus dedos, como garras, en el volante del coche; pitando, como si no hubiera mañana, porque alguien más se ha estacionado a la mitad de la calle; sobran pretextos: porque espera a sus angelitos, a su mujer o a la suegra; porque le vino en gana comprarse unas frituras enchiladas en la tienda de abarrotes o, simplemente, porque no encuentra un lugar más sensato para estacionarse y decide, en su individualismo férreo, que no pagará por la saturación de los bienes públicos dando vueltas a la manzana, sino deteniéndose en segunda fila. O bien, y esta es otra posible razón de los graznidos del hombre que pita, porque alguien avanza con una lentitud incomprensible, como si existiera una extensión infinita de mañanas y el despilfarro del tiempo no tuviera consecuencias. Alguien más, en otra casa vecina, no contesta una llamada, bien porque no está en casa –afortunado– o porque no quiere –¡desgraciado!–, y el repiqueteo del timbre se guarda en mis oídos.
Nadie calla. Nada calla. Hemos sido rodeados por un avasallante ruido. Cierren sus ventanas.
3.26.2010
Memento mori
Me reencontré con esta locución latina en un blog. Ahora resulta que sirve de título a una serie de fotografías –bastante posmodernas, por cierto. Confieso que me gusta la frase por su carácter de sentencia: recuerda que morirás. Antes de ser recuperada por el fotógrafo posmoderno, y en su contexto original, se usaba como recordatorio de la finitud frente a la vanidad, consecuencia inmediata –y en la mejor de las veces, involuntaria– de la gloria y las grandes hazañas. Pero memento mori: tú, también, morirás. Mejor aún: de la muerte, ni la fama te salva. Humildad obligada. Y así, con una lección lacónica –como deberían serlo todas, si su objetivo es provocar impresiones duraderas– se desmorona nuestro concepto de trascendencia; y es que el anhelo más representativo de esta época, la nuestra, no es el cielo cristiano, sino las melifluas promesas de la fama. Sin embargo, y pese al narcisismo generalizado, celebrado y hasta parodiado, memento mori: el recuerdo de nosotros también morirá. Esto lo sabía muy bien Marco Aurelio: “Próximo está tu olvido de todo, próximo también el olvido de todo respecto a ti”.
Se repite, involuntaria, en mi discurso interno: memento mori, memento mori, memento mori. No es casual que se haya hilado en mi soliloquio. ¡Vaya que es cierto lo que anotaba sobre la relación entre el laconismo y la impresionabilidad! Sin embargo, el recuerdo de esta sentencia no se debe, exclusivamente, a la brevedad con la que fue expresada. Tampoco basta con decir que responde a la destrucción de mi paraíso personal. Está, y esto no lo había mencionado, la musicalidad de la frase, su lirismo: memento mori, me-men-to mo-ri, con su conjunción perfecta de vocales y la aliteración de tan peculiar consonante; son pocas las consonantes que obligan a la boca a cerrarse por completo, a clausurarse, a censurarse brevemente. Y luego, intercaladas entre vocales que de nuevo abren los labios, permitiéndoles recuperarse en breves bocanadas de aire: me-men-to--mo-ri.
Es poesía: porque la buena poesía –y sí, la hay buena, mala y la que ni siquiera lo es– comparte, tal vez por el laconismo, la capacidad de impresionar a quien la escucha: se queda en nosotros, involuntariamente. Víctor Manuel Mendiola escribió un ensayo sobre el estrecho vínculo entre memoria y poesía que apoya esta tesis; además, en su labor didáctica y pedagógica, añade algunos ejemplos que sirven de demostraciones ostensivas para el lector. Recordamos, como si la poesía nos obligara a ello: a recordarla, a repetirla. Y así recuerdo (tómense como mis demostraciones ostensivas): “el verde de los árboles nuevos”, “para mis lágrimas un lugar y para mi amor, una patria”, las dos de Hölderlin; “Mírate nada más, manos de pobre”, de Óscar de Pablo; “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / esta muerte que nos acompaña del alba a la noche”, de Pavese; “Leche negra del alba, te bebemos al amanecer”, de Celan; “Tengo la boca llena de tierra, llena de ti”, de Juan Rulfo; “Luz negra que es más luz que la luz blanca del sol”, de Darío. Anoto, justo ahora, que no hago esfuerzo alguno en recordar estos versos: se imprimieron, por sí mismos, en memoria; de la misma forma que memento mori y una de las meditaciones de Marco Aurelio.
Más allá del lirismo, algo tienen de ineludibles y definitivas. Sin embargo, parpadear es igual de ineludible y nadie sensato se pasa la vida recordando un hecho biológico tan baladí. No es, entonces, que sean determinantes, sino que en su determinación son dolorosas; y al serlo, inauguran lugares del alma: moriremos, nos dice Pavese, y olvidarán que lo hicimos, remata Marco Aurelio. ¿Quién podría salir intacto de la verdad de la doble muerte? ¿Quién podría pasar de ella? Aplazarla, sí; evadirla, también; olvidarla, jamás.
Lacónico, involuntario, melodioso, doloroso memento mori.
2.26.2010
2.25.2010
De Profundis, primera lectura
Leer De Profundis, de Oscar Wilde, es equivalente a masticar arsénico. Para decirlo con mayor precisión, tomar una página es como tomar entre las manos un puñado de arsénico y zampárselo en la boca; leer cada línea es como masticar y triturar el venenoso polvo con la ayuda de las muelas. Imposible leerlo sin salir de él furioso, ofendido, humillado y rabioso. ¡Cuánta rabia! Apenas llegué a la página 40. Hasta ese momento, me había permitido leerlo con una sana dosis de humor, de ironía –ganada con los años–, pero ya en la página 30 me sentí presa de su odio y, en un intento por librarme de tan oscura ponzoña, decidí cerrar el libro y alejarme, corriendo, al refugio de estas páginas; que son, me permito decirlo desde ahora, un intento de comprender al iracundo Wilde –a quien terminaré de leer cuando digiera un poco del veneno que logró anidar en mi hígado.
Me veo impelida a responder a tan furiosa misiva. ¿Qué diría yo, de ser el destinatario de esa carta? Mi primera respuesta –y debo ser fiel a ella– refiere a la letra de una canción de un grupo de rock chileno, a saber: “¿quién puede ser la víctima / sin ser victimario?” En el ánimo de cimentar a la cultura pop con una forma de conocimiento más respetada, acudo al psicoanálisis; diría mi analista: “nadie puede pasar tanto tiempo con un narcisista sin serlo también”. Y por si quedara duda de la sabiduría de este aserto, acudo a una frase, más bien chabacana, de un tipo de terapia grupal que ha cobrado vigor entre los adictos, léase: “la enfermedad de tu pareja es del tamaño de tu enfermedad”. Esto es: para que sea cierto que Wilde sufrió tanto a causa de Douglas, también debe ser cierto que Douglas sufrió lo mismo a causa de Wilde. Y quien no sepa esto sí que provocará “la befa y el castigo de los dioses”.
Más allá de esta respuesta que bebe de tres fuentes, contestar la carta con una misiva del mismo tono o, como pretendía Douglas, publicarla con comentarios a los vilipendios del autor, sería inapropiado: tan sensacionalista como los talk shows que tanto se han puesto en boga. Aclaración: eso de odiar es común entre los hombres y reconocerlo es meta de quien se enfrenta en el diván o en la palabra, pero también es cierto –y es ahora cuando acudo a Pessoa– que tomarse la vida de manera tan trágica es, y será siempre, una exageración; yo añadiría: una exageración pueril.
Bien, hasta aquí mi respuesta al contenido personal de esta carta. Me detengo en este punto por no estar segura de mis conclusiones. Deberé terminar el libro, digerirlo –al parecer por largo tiempo– y vivirlo en diferentes momentos para contestar apropiadamente.
Vista ahora desde una perspectiva literaria –esto es, sin encarnarla ni usarla como medio de proyección–, la carta es una exposición excelsa de una de las pasiones más desgarradoras del alma humana: el odio. Mantener con tenacidad la pluma entre los dedos, cuando se habla de sentimientos tan cáusticos, sugiere la enorme valentía de quien escribe. ¿Será que esa valentía venía motivada por el imperativo catártico? ¿Será que Wilde escribió sus emponzoñadas líneas para deshacerse, al fin, del odio que se anidaba en su alma, carcomiéndola? Pareciera que sí. Al menos eso sugiere con la frase que ahora cito: “[ el odio ] es una atrofia capaz de matar a todo menos a sí mismo”; resulta verdaderamente urgente exiliar a tan peligroso asesino. Mi analista diría que sentirlo todo es la única manera de vencer a semejante homicida, en otras palabras: para sentir siquiera una gota fresca de dicha es indispensable atragantarse con la espesa cicuta del odio. Y esto es indudablemente cierto, aunque llevarlo a la práctica represente enormes dificultades: porque también es cierto que nadie, jamás, quiere reconocerse en tan detestable papel. El principio de realidad –consagrado en una infinidad de normas sociales– sugiere siempre el recato en cuanto a emociones profundas (De Profundis, para recordar el título de la obra). El juicio del otro acusándonos de violencia nos resulta tan incómodo que quisiéramos evitar a toda costa, o al menos en público, encontrarnos en una cárcel de resentimiento. Y, a pesar de nosotros, odiamos como odia Wilde, y amamos como amó Wilde –también a pesar de nosotros. Es por esa confrontación que hay que leerlo –así lo ordenado el imperativo introspectivo–, y es por la tenacidad en la exposición de una emoción tan ruin que hay que soportarlo –ordenado así por el imperativo literario. En una frase: aceptar lo humano, lo que es ser humano, todo lo que hay contenido en ello.
Todavía queda algo por decir: indudablemente, una curiosidad públicamente sancionada se inmiscuye en la lectura de esta furiosa carta –y en la de cualquier otra. ¿Qué buscan en ellas sus lectores? Ya me había preguntado esto en mi editorial al número 158 de Opción. Está claro: la cercanía íntima de quien conoce a otro. Tiremos la máscara: no es por conseguir y rastrear lecciones literarias y claves interpretativas de la obra del autor, al menos no exclusivamente; es, también, por la necesidad del lector de hacer humano al escritor. Heidegger se vuelve Martin, Nin se vuelve Anaïs, Woolf se vuelve Virginia y Wilde se vuelve Oscar. Lo que quiero recuperar de esa editorial es lo siguiente –que me parece grandioso de las letras–: la intimidad suele ser una cosa frágil; vínculo vaporoso y tímido que, enfrentado a la presencia de un tercero, se esconde y hasta se desvanece. ¿Quién no ha sentido como la proximidad se vuelve distancia cuando un tercero, ajeno a la conversación, aparece de súbito entre dos personas? El otro, que no es el Otro con quien queremos hablar, se vuelve más que una interrupción molesta: se vuelve intruso. Basta decir que la incomodidad de esa invasión no es terreno fértil para la intimidad, en presencia de lo extraño la cercanía no florece. Sin embargo, la literatura permite que el tercero no se vuelva presencia ajena, sino cómplice. Más que testigo, es el otro quien revive y reencarna lo que escribió el autor de esas cartas. La distancia de los años y la lejanía de los continentes no son obstáculos para la empatía que nace de esa lectura. El lector no es el otro ajeno sino el otro con quien lustros después el autor dialoga. Es así que la literatura es la vía que permite que el extraño se vuelva íntimo.
Baste decir, por ahora que, así como el alma no se censura en el diálogo que sostiene consigo misma, tampoco esta carta acepta la edición de las emociones profundas.
1.26.2010
La memoria a juicio
Por nuestros esfuerzos, en innumerables conversaciones,
de hacer un uso ejemplar de la memoria, a Isa Gil.
but actually you have to change them yourself.
Andy Warhol
Por las noches, el que recuerda llena su mano de horas –sin saber muy bien qué hacer de ellas. Las separa, las cuenta y las pesa: todas miden lo mismo. La hora de ahora es tan larga como la hora de ayer y la de hace tiempo, como la de aquel momento. Y el minuto que dobló la vida y fracturó la esperanza es tan corto como el que esta noche acuna entre la cuenta de sus dedos. Ninguna luz proviene del paso del tiempo. Éste sólo atempera, a ratos, el dolor. El tiempo no es remedio. El hombre, así, despojado del uso de las facultades del alma, no halla en su transcurso nada más que horas, y toda la esterilidad que hay en ellas. Y, lo que resulta todavía más peligroso, el viejo refrán que aboga por él como mágico medicamento, termina por convertir a sujetos dolientes en pasivos dolorosos, arrebatándoles con ello todo vestigio de responsabilidad.
Aquello que es relevante entre el hombre y el tiempo es su interacción: la memoria es el campo en el que se baten cura y dolor, vida y muerte; presente, pasado y futuro. Y el maridaje perfecto de la memoria es la reflexión, ejercida por el uso activo de la razón. El tiempo no dice al hombre. La libertad humana está en decirse en el tiempo, en decir al tiempo y, a veces, en decirse sobre el tiempo.
En Los abusos de la memoria, Tzvetan Todorov, propone una definición de memoria precisamente en unos términos que obligan a la interacción útil entre hombre y tiempo; regresándole al primero, la libertad y la responsabilidad de las que se hallaba desprovisto: “[En cuanto a la memoria] los dos términos a contrastar son la supresión (el olvido) y la conservación; la memoria es, en todo momento y necesariamente, una interacción entre ambos”. Más allá de esto, agrega: “la memoria, como tal, es forzosamente una selección”. Y remata: “conservar sin elegir no es tarea de la memoria”. Las lacónicas líneas de Todorov atienden el tema que me interesa tratar en este escrito y que podría resumirse en una sola, pero vital, sentencia, a saber: la memoria es elección, es libertad, y, ante todo, está aparejada de la reflexión. ¿Qué eventos conservar y conmemorar? ¿Cuáles de ellos olvidar? ¿Qué momentos merecen ser revestidos de importancia? ¿Cuáles deben marginarse? La labor del memorista es una labor de selección; parecida a la de un sastre que, frente a la inmensa gaveta del tiempo, frente al pesado armario del pasado, elige qué cajones permanecerán abiertos y cuáles serán clausurados; qué cajones expurgar y cuáles merecen simplemente una revisión superficial.
Ahora bien, la selección implica una elección: la del criterio a partir del cuál se clasificara el pasado en las gavetas del recuerdo y del olvido. Es también tesis de Todorov decir que existen criterios para semejante labor. En particular, establece dos de ellos que lo llevarán a concluir sobre los usos y los abusos de la memoria. Todorov pone el acento donde fonéticamente adquiere mayor relevancia: recordar, ¿para qué? Y no, por el contrario, ¿para qué recordar? Esta última pregunta, con un énfasis tan distinto del de la primera, ya ha sido respondida por los sobrevivientes de las dictaduras –y las generaciones siguientes ya hemos aprendido de ellas que el olvido es otra forma de muerte. Sin embargo, y regresando al tema, quisiera mostrar en este ensayo –y a partir de un par de ejemplos–, que el recuerdo, por sí mismo, no adquiere la legitimidad que tan gratuitamente le concedemos, que tan fácilmente le hemos delegado. Por el contrario, el recuerdo está atado al uso que hacemos de él. Y siempre hay un fin oculto en la labor de selección. Es este criterio oscurecido el que ahora traigo a juicio.
I. Memento: la literalidad de la memoria
Memento
La pérdida imprime el vacío en el alma humana. La ausencia es el hueco que un golpe cava sobre la carne y que, después de un tiempo, se vuelve huella escrita sobre la tierra de la piel; un registro vivo del andar del pasado. En su etapa inicial, la pérdida es siempre un recuerdo redundante de lo que ayer estuvo aquí y de lo que hoy ha desaparecido. Es común que el hombre detenga y regrese su mirada absorta frente a la inconmensurabilidad de esa ausencia. Se piensa y sólo se piensa la pérdida. Mas la ausencia es contagiosa, una epidemia de nulidad que multiplica la desaparición de las cosas. Se pierden personas, se pierden palabras. Muy pronto el hombre enmudece: ya no es capaz de decirse, mucho menos de decir su pérdida. La incapacidad de articularla configura a la ausencia como hecho, y no como experiencia –toda experiencia nace de la interpretación de un suceso, y para interpretar es necesario articular. Un hombre así, que ha asistido al extermino de palabras y personas es incapaz de decirse a otros. En ese mundo despojado de significado y de interacción, el individuo asiste a la observación ensimismada del dolor, en un funeral que podría no culminar en el entierro.
Bien estaría que la melancolía y su pasividad fueran las únicas invitadas del luto, pero muy pronto acuden a las ceremonias mortuorias la rabia y el coraje –efectos del deseo frustrado, apuntaría Freud. Con un ligerísimo retraso, acude al funeral el detective iracundo del pasado: “Primero subrayo todas las causas y consecuencias de ese acto. Descubro a todas las personas que puedan estar vinculadas con el autor inicial de mi sufrimiento, y las acoso a su vez”*. Su reporte final es definitivo: todos son culpables, menos él, víctima indiscutida del horror provocado por los otros. En este giro, la persona doliente reconfigura su identidad en la de víctima: todo su presente está determinado por ese retazo del pasado y todo el futuro estará trazado por la rabia derivada de la ausencia, y dirigido a los culpables de esa ausencia; dice Todorov: “Establezco una continuidad entre el ser que fui y el que soy ahora, o el pasado y el presente de mi pueblo, y extiendo las consecuencias del trauma inicial a todos los instantes de mi existencia”.
Y sólo hay una víctima indiscutible. El detective iracundo está lejos de ser juez imparcial que atribuye y distribuye responsabilidades entre ambos bandos. El peritaje determina la exclusividad de la víctima. ¡Y Dios castigue a quien osara dudarlo! Interpretaciones alternativas, como pensar que el verdugo puede ser también una víctima, sólo demuestran la maldad de los otros; una ofensa más, sumada al extensísimo historial de ignominia que la verdadera y única víctima ha sufrido. Nadie más sufre, nadie más se duele. La víctima es insuperable, como insuperable es la tragedia que ha vivido. No hay remedios, no hay soluciones, ni hablar de concesiones. Paradójicamente, la victimización es otro sistema totalitario, equiparable a la intransigencia de los dictadores.
Un argumento parecido es el siguiente: un par de drogadictos irrumpen en una casa en busca de dinero. Leonard escucha el estruendo de golpes y caídas en el baño: están matando a su esposa. Sin dudarlo, entra al baño para defenderla; a cambio, consigue un golpe en la cabeza que lo despoja de su memoria a corto plazo. Lo último que escucha es el estertor de su esposa agonizante. Este momento define la vida de Leonard. Debido a su peculiar amnesia, es incapaz de registrar el transcurso del tiempo: cada día es la mañana siguiente al horror. El presente está completamente encadenado al pasado. En su dolor, decide vengar la muerte de su esposa. Claro está que, con la memoria amputada, debe escribir sus objetivos para no olvidarlos: decide tatuarse en la piel, con grandes y anchas letras negras, el nombre del asesino (un vago J. G.) y por qué debe matarlo. Pronto se hace de un amigo, J. Gammel, que le ayude a encontrar el asesino. Esta es la trama de Memento, un largometraje dirigido por Cristopher Nolan. A lo largo del filme, Leonard rastrea pistas para cumplir su objetivo. Me detengo en un par de parlamentos que revelan el concepto de memoria literal que emplea el personaje:
—Memory can change the shape of a room; it can change the color of a car. And memories can be distorted. They're just an interpretation, they're not a record, and they're irrelevant if you have the facts.
—Facts, not memories. That's how you investigate.
Una primera característica del uso literal de la memoria se refiere a la percepción que tiene la víctima sobre el suceso, a saber: no hay interpretaciones, sólo hechos. No es posible pensar que el mismo evento pueda abordarse desde otras perspectivas; su relato es el único y el verdadero porque está construido a partir de lo que concibe como hechos innegables e incontrovertibles. Aquí opera la anulación inicial de la otredad debida a la observación ensimismada del dolor.
Regreso al argumento del filme. Casi al final de la película, una vez que ha vengado la muerte de su esposa, J. Gammel decide hacerle una confesión a Leonard: no es la primera vez que castiga a los culpables de su pasado. En realidad, ha repetido el proceso de búsqueda y justicia por más de un año. No sólo ha matado al asesino de su esposa, sino a varios hombres que, por desgracia, compartían con él las vagas iniciales “J.G.” Incluso, agrega su amigo, Leonard ha dejado de saber quién es; el matiz es importante porque recuerda la observación anotada por Todorov: recuerda quién fue, pero no quién es, en qué se ha convertido a partir de la decisión de extender las consecuencias del trauma inicial a todos los instantes de su existencia. Por último, para salvaguardar el estatus privilegiado de víctima, Leonard decide no tatuarse la importante revelación. Y aquel que se atrevió a retar sus conceptos de pasado y de justicia, deberá ser eliminado. Reproduzco el parlamento que cierra la película:
—I'm not a killer. I'm just someone who wanted to make things right. Can't I just let myself forget what you've told me? (…) You think I just want another puzzle to solve? Another John G. to look for? You're John G. So you can be my John G… Will I lie to myself to be happy? In your case, Teddy…, yes, I will.
Además del ya mencionado totalitarismo de la víctima en cuanto a la posesión de la verdad, Memento es una película que ilustra varios aspectos de la literalidad de la memoria y del duelo no resuelto. En primer lugar tenemos la repetición incesante del evento traumático; durante toda la película, Leonard hace alusión a su esposa y al momento en el que murió. Sólo recuerda su vida hasta el momento de la tragedia y entiende su existencia a partir de ella. Es incapaz de asimilar nuevos días. Cada mañana es la mañana siguiente al horror. En la contemplación ensimismada de la pérdida, Leonard pierde la capacidad de vivir nuevas experiencias. Me parece que su pérdida de memoria puede ser entendida como una metáfora: la víctima entiende el presente exclusivamente en función del horror del pasado; el futuro, construido a partir de otra posibilidad, es impensable. El único futuro está en la venganza, entendida por la víctima como inofensiva y justa reparación del daño.
El problema con este uso de la memoria está en la equivalencia arbitraria entre justicia y violencia. Esta perspectiva de la memoria multiplica los horrores de la humanidad. La historia del crimen del hombre no se escribe exclusivamente con el asesinato incial, también registra la venganza de ese asesinato y a la venganza del asesinato que fue venganza, y así sucesivamente, ad nauseam. La necesidad de detener la espiral de venganza está ilustrada en uno de los primeros pasajes de la Biblia. Me refiero ahora al primer crimen de la historia.
De sobra conocido es que Caín, el primogénito de Adán y Eva, mata a su hermano Abel porque éste, y no aquel, era favorecido por Jehová. Después del asesinato, Dios se acerca a Caín y le comunica la consecuencia de su pecado. Ahora bien, Caín responde: “Mi castigo por el error es demasiado grande para llevarlo (…) y es cosa segura que cualquiera que me halle me matará”. Esto es: Caín teme las represalias de venganza que podrían terminar con su vida. Jehová resuelve el asunto de la siguiente manera: “Por esa razón, cualquiera que mate a Caín tiene que sufrir venganza siete veces”. Ahora bien, hay dos interpretaciones de este pasaje.
En una lectura económica del asunto, Jehová, sabiendo que el hombre es dado a la venganza y preocupado por la multiplicación del pecado y de la violencia, decide imponer un castigo siete veces mayor a quien se atreva a matar a Caín; bien puede pensarse ese enorme castigo como desincentivo a la violencia. Ahora me permito hacer otra lectura del mismo pasaje. La frase “cualquiera que mate a Caín tiene que sufrir venganza siete veces” también puede ser una metáfora de la espiral de violencia que la venganza desata en el hombre: a un asesinato le siguen siete en venganza, y a esos siete les siguen cuarenta y siete. Establezco, entonces, lo siguiente: la venganza siempre es violencia y, no sólo eso, es el multiplicador de la violencia.
En el caso de Leonard, en Memento, la pretendida reparación del daño se convierte en la absurda venganza que lo vuelve asesino. Y es que “alguien debe pagar, quien sea”. La proclama por saldar cuentas puede fácilmente terminar en eventos tanto o más devastadores que el original. Además, la repetición de la venganza está indudablemente unida con la redundancia de la mirada obsesionada con la pérdida, que continúa recreando la tragedia. Esta repetición queda brillantemente expuesta en uno de los poemas más célebres de Paul Celan:
Leche negra del alba la bebemos al atardecer
la bebemos al mediodía y a la mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
(…)
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana y al mediodía te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
(…)
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y a la mañana te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
(…)
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un amo de Alemania
te bebemos al atardecer y a la mañana te bebemos
y bebemos la muerte es un amo de Alemania su ojo es azul
(…)
Claro está que, en una primera lectura, Celan habla del crimen vivido a diario y perpetrado por el nazismo; crímenes que, pese a su cotidianeidad no pierden un ápice de su devastación en el alma humana. Sin embargo, otra lectura del poema –una que sirve al propósito de mi tesis– podría ser la siguiente: en los versos de Fuga de muerte asistimos a la repetición del pasado. En breve, una fuga es la repetición de un fragmento a lo largo de la obra musical. El punto nodal está en lo siguiente: el poema de Celan termina con un punto final, en cambio, el que vive un duelo no resuelto borra ese punto y al llegar al último verso, comienza a recitarlo de nuevo; precisamente en la circularidad ciega e inútil de la que hablaba al principio de este apartado.
Esta repetición deriva en un desdoblamiento del tiempo: el objetivo, el que marca el segundero, definitivamente pasa: hace más de un año que Leonard ha vengado a su esposa; sin embargo, la recurrencia del pasado en la mente de la víctima hace que, subjetivamente, no se perciba tránsito alguno. Cada día es el mismo, “bebemos y bebemos”. El pasado se vuelve insuperable y la persona sólo siente su dolor, sólo se siente a sí misma.
De ahí que el simple transcurso del tiempo no sea remedio. Si se pretende que el pasado construya al presente (y al futuro), es preciso “trabajarlo”. Por otro lado, al admitir que la memoria es selección, queda revelado que la víctima, pese a sus alegatos, no es aquel pasivo hombre que asiste a la repetición de un evento. Por el contrario, es un sujeto que deliberadamente elije regresar y regresar, oscureciendo cualquier momento que pudiera retar la identidad erigida desde la redundancia del dolor. Y de esta forma, resulta evidente que el criterio de literalidad del pasado puede fácilmente volverse abuso de la memoria.
II. Everything’s illuminated: La memoria ejemplar.
de la experiencia individual
debe reconocer lo que ésta tiene en común con otras.
Tzvetan Todorov
Para este objetivo se demuestra útil un tipo de representación: me refiero a la analogía de la que habla Todorov. La analogía permite encontrar semejanzas y diferencias entre la tragedia propia y la ajena; y, con ello, rompe el cerco circular que la pensaba inconmensurable, incomparable. “Una vez recuperado, el recuerdo se inscribe como una manifestación más entre otras de una categoría más general: me sirvo del pasado para comprender situaciones nuevas con agentes diferentes”. En especial, la salida del encierro se provoca cuando se construyen lecciones y se ponen al servicio de otros. El doliente no elige asegurarse una identidad a través de la victimización, sino que presta su experiencia como ofrenda a la humanidad; y con ello actúa en función de una de las más elevadas inclinaciones del hombre, la generosidad, al tiempo que indudablemente apuesta por la virtud más luminosa: la esperanza.
Apunta Todorov este deber de las víctimas del Holocausto: ellos deberán ser los vigilantes del presente y del futuro. Deberán denunciar cualquier tipo de violencia que se asemeje a aquella, que tan profundamente sufrieron. Y, sin embargo, se sabe que varios judíos no manifestaron desacuerdo alguno por las torturas que los franceses infligían en los argelinos; se sabe también que han hecho mucho más que evadir el tema en otros casos. Las víctimas, a las que les ha ajustado tan bien el traje, se niegan a reconocer el dolor de otros; la ayuda, las reparaciones –convertidas en privilegios– son exclusivamente para ellos. Se les escapa el presente por estar tan concentrados en su monumento al pasado. En ello no hay generosidad alguna: la víctima es implacablemente egoísta.
Jonathan S. Foer es un judío, radicado en EUA, obsesionado con el pasado de su familia –emigrantes de Ucrania, debido al genocidio Nazi. Al principio, el protagonista presenta un peculiar uso de la memoria: coleccionarlo todo. En una amplia pared, monumento personal de su desgracia, cuelgan, protegidas del paso del tiempo por bolsitas de plástico herméticas, todos los objetos de sus parientes muertos: billetes, jeringas, muñecos, crema, condones y dentaduras postizas; también placas, llaves, lentes, polvo y hasta confeti. Sin embargo, su definición de la memoria como recuerdo absoluto cambiará cuando, al recibir una foto de su abuelo, se embarca en un viaje a Ucrania.
Así conoce a Alex, nieto de un hombre que, tras la Segunda Guerra Mundial, montara un negocio para ayudar a los judíos exiliados a encontrar su lugar de origen. Juntos recorrerán Ucrania hasta hallar el pequeño pueblo de Trachimbrod. Alex le pregunta a Jonathan la razón de coleccionarlo todo. La primera vez se enfrenta a un seco “No sé”, pero la segunda, una vez que ha conocido su pasado, le ofrece una respuesta más elaborada: “A veces me da miedo olvidar”.
Al llegar a Trachimbrod, Jonathan se encuentra con el relato de la vida de su abuelo en labios de la hermana de su primera mujer. La trama revela que el abuelo de Alex también era judío y que vivió en la misma aldea. Sin embargo, su definición de memoria era la opuesta: olvidarlo todo, sin excepciones. Así lo decide cuando sobrevive al fusilamiento que los alemanes hacen contra los habitantes del pueblo. En una conmovedora escena, el abuelo –entonces joven– se levanta de entre los cadáveres, se arranca de los cuerpos ya muertos y violentamente se quita el saco que, en la solapa, llevaba bordada la estrella de David.
Por la noche, y tras estos descubrimientos, Jonathan se acerca al Brod, el río junto a cual los judíos enterraron sus pertenencias más preciadas cuando presintieron la amenaza de los alemanes. Jonathan toma de las orillas dos montoncitos de tierra: uno para él y otro para el abuelo de Alex. En el protagonista sucede una importante transformación: su uso del pasado deja de ser exclusivo y lo comparte con otro en una situación semejante. Y no sólo eso, su búsqueda del recuerdo concluye en una construcción doble: la de su identidad y la reconciliación con el pasado que a causa de él vive el abuelo de Alex. El absurdo almacenamiento de objetos se convierte, en un acto de libertad y reflexión, en generosidad. He aquí el tránsito de los abusos de la memoria a los usos de ella. Siempre es posible cambiar el recuerdo obsesivo y el olvido de todo por el empleo ejemplar de la memoria, que ante todo sirve a otros. Cito el parlamento final de la película porque sintetiza, de manera conmovedora, los elementos de este uso de la memoria:
I have reflected many times upon our rigid search. It has shown me that everything is illuminated in the light of the past. It is always along the side of us, on the inside, looking out. Like you said: inside out. Jonathan, in this way, I will always be along the side of your life. And you will always be along the side of mine. Our families will be with us, and our families’ families. Your grandfather and perhaps, in some way, my grandfather as well (…) I’m sending you this because we have shared something to exist for and, of course, in case anyone comes searching.
In case anyone comes searching: en caso de que alguien, en otro momento, quiera servirse de nuestro pasado.
III. La memoria traída a juicio
Clap Your Hands Say Yeah
Un minuto de silencio vale en tanto que asegure dichosas horas; nuestros museos cuentan cuando, fuera de ellos, transcurre la vida tranquila. Deshagámonos de nuestra colección de monumentos estériles del pasado. Un minuto ahogado en llanto y sin lecciones pronto se vuelve cómplice callado del horror, que afuera y en el presente sigue reproduciéndose, y cuyos días de tragedia también deberán ser honrados con silencio hasta que la historia humana se erija desolado museo de funestos minutos suspendidos.
El tiempo sólo es útil en cuanto a la posibilidad que ofrece para la reflexión, la libertad y la responsabilidad. Aquello que le da peso a las horas que acunamos entre las manos no es el simple transcurso del tiempo, sino la voluntad de decirse y darse a lo largo del tiempo.
11.11.2009
Asturias es roja
Solía acompañarla al trabajo cuando algún motivo de fuerza mayor me permitía excusarme de clases. Trabajaba en una agencia española de boletos. Todos los días recorría lo que alegaba ser una distancia formidable, del sur al centro de la ciudad; no me importaba el recorrido, me gustaba acompañarla. Me quedaba mirando su larga cabellera castaña que, iluminada por el sol de mediodía, me sorprendía con sus reflejos rubios y rojizos; su cabello era de muchos colores. Tenía una mirada amable y tierna que acompasaba sus palabras, siempre era cortés. Su piel blanca se adornaba de luces cuando reía espontáneamente, y su risa era plena y libre. Me quedaba mirando la pulcritud de su escritorio, el perfecto orden que imperaba en él: todo estaba en su lugar. Pese al noble argumento que reza que el comportamiento de los padres será automáticamente repetido por los niños, las virtudes no se heredan: mi mochila y mi habitación siempre se han rendido al desorden. La veía ir y venir por la oficina, siempre en control de cualquier incidente; siempre eficaz, siempre tan responsable. A cada rato entraban y salían españoles que pedían boletos para viajar a Madrid, a Pamplona, a Sevilla. Diligentemente, mi madre les ayudaba. Aquel día, un señor ya viejo, entró por la puerta principal y se sentó frente a su implacable escritorio. El señor quería un boleto para visitar a su familia que vivía en Santander. De pronto, el hombre se quedó mirándola, muy quieto, con la expresión de quien reconoce la familiaridad en un rostro ajeno.
—Disculpe usted –le dijo a mi madre–, probablemente pensará que es un terrible atrevimiento, pero simplemente soy incapaz de contener el impulso de preguntarle…
Al escucharlo, mi madre apartó la mirada de los papeles que tenía sobre el escritorio y lo vio directamente a los ojos, con el semblante de quien espera una pregunta que ya conoce. El viejo continuó:
—¿Es usted asturiana?
—No –contestó mi madre, determinante. Después corrigió la dureza de su respuesta con un par de risas nerviosas e intentó regresar a su trabajo, pero el viejo persistió en la pregunta.
—Perdone, no quería molestarla, es que sus facciones, su rostro, el color de su piel. Todo de usted me recuerda tanto a Santander y hace años que no sé nada de la Madre Patria; y usted, aquí, pareciera decirla toda de una vez, solamente con su rostro.
Mi madre sonrió. Lo miró a los ojos y siguió trabajando. El viejo dejó las preguntas y salió de la oficina con su boleto para Santander en la mano.
De camino a casa, me contagió la misma duda del viejo.
—Mamá, ¿qué es ser asturiana?
—Ser español –contestó escuetamente, estaba claro que intentaba detener el caudal de preguntas con una respuesta breve, articulada en su tono indiferente.
—¿Y eres española? –no me detuve.
—No –me contestó con el mismo tono que le dedicó al viejo.
—¿Entonces por qué ese señor preguntó si…?
—Mira, no soy española, no somos españoles. Somos mexicanos. Eso es lo que importa –dijo en un tono resolutivo. No me atreví a seguir con mis preguntas.
Cuando llegamos a casa, y aprovechando que mi madre se dedicaría a preparar la cena, corrí a uno de los armarios donde mis padres guardaban el excedente de libros que teníamos en casa. Saqué uno delgado, de geografía, y busqué en el índice la región que apenas en la mañana se había inaugurado en mi mente: “As-tu-rias”. Ahí estaba, una pequeña porción de tierra al norte de España resaltada en un rojo brillante. Mi padre interrumpió súbitamente mi investigación. Con la sensación de haber sido descubierta, dije:
—Papá, Asturias es roja.
Me miró con ojos desorbitados, como quien no creyera lo que acababa de escuchar, y dijo:
—¿Cómo que es roja? ¡En esta casa no se usan esas palabras! ¿Dónde aprendiste eso? ¿Quién te lo dijo? –sus preguntas se volvían cada vez más violentas. Los gritos que se anudaban en su garganta se detuvieron cuando miró el pequeño mapa de España en el libro, con la porción asturiana enrojecida. Tomó el libro de mis manos y lo guardó.
—¿Por qué se te ha metido esta idea a la cabeza? ¿A cuenta de qué es que piensas en Asturias?
—Un señor le preguntó a mamá si era asturiana –intenté explicarme.
—¿Y qué dijo ella? –siguió preguntando, ahora mucho más calmado, cuidando las palabras que elegiría tras mi respuesta.
—Que no, que somos mexicanos.
—Sí, somos mexicanos y eso es lo que importa.
No entendí lo que quiso decir con esa última frase. ¿Por qué importaría tanto ser mexicanos si, a cada oportunidad, esgrimían sus quejas sobre el pobrísimo nivel educativo de este país? ¿Por qué importaría ser mexicano si, como sobremesa a la cena, criticaban el catolicismo tan arraigado de “esos guadalupanos”? Si algo quedaba claro en el transcurso de esas conversaciones, era que nosotros no éramos como ellos.
Tiempo después, dejé de pensar en el tema. No porque careciera de importancia, sino porque la imaginación de un niño, tan ágil y febril, revolotea como papalote por el cielo del mundo, ora interesada en esto, ora en esto otro; la atención constantemente distraída por todo lo que sucede en el mundo.
Regresé a clases al día siguiente y otra vez el tema de la diferencia se coló en mi realidad, cuando días más tarde, recibí un encargo para la clase de religión. Era una tarea sencilla: escribir, en una hoja de papel, la capilla donde había recibido el bautismo y el nombre del cura que se dirigió el oficio. Animada por el deber, esperé a que mi madre llegara del trabajo para preguntarle esos datos y responder el brevísimo cuestionario. Llegó por la noche, como siempre. La esperé toda la tarde, sabiendo de antemano que llegaría tarde. Me acerqué a ella, tan amorosa, para recibir el abrazo del día y unas cuantas caricias.
—¿Cómo te fue en la escuela? –preguntó como siempre, y sin embargo, jamás pensé que fuera una oración vacía, de esas que forzadas por la rutina de la cortesía se dicen a diario.
—Bien, me preguntaron en clase de religión unas cosas, tengo que hacer mi tarea para mañana, no la hice porque te estaba esperando porque… –dije en el tono excitado que les tan propio a los niños; atropellaba una oración con otra en el entusiasmo desbordado debido a todas las situaciones del día.
—¿Quieres que te ayude a hacerla? –interrumpió mi madre la atropellada algarabía.
—Sí –y tomé aire–. Tengo que saber dónde me bautizaron y… y… –me detuve mientras buscaba la pregunta en mi cuaderno de notas– …y qué sacerdote…
—No te bautizamos –respondió con el mismo tono escueto que días antes se había merecido el viejo y que, más tarde, me había ganado yo.
Preocupada por no cumplir con mis deberes, pregunté de nuevo y pregunté con insistencia. De niña, una de las cosas que más disparaban mi ansiedad era, precisamente, no hacer mi tarea. El espacio seguía en blanco, no había nada que anotar bajo las preguntas. Nadie creería que no me habían bautizado. Seguro pensarían que era una excusa y yo, una irresponsable.
—Mamá –dije muy enojada– tengo que hacer mi tarea. Por favor dime qué pongo, dime dónde me bautiz…
—¡Es que no te bautizamos! –subió el tono de voz–, acabo de decírtelo.
—¿Y qué le digo a la maestra? –dije todavía preocupada por el asunto.
—Dile que no te bautizamos –de nuevo había esgrimido el tono escueto. Supe que debía callarme.
Al día siguiente fui a la escuela con mi hoja en blanco escondida en el cuaderno. Caminaba preocupada y ansiosa. Cargaba el peso de mi pecho oprimido. Y lo peor era una extraña sensación que me aseguraba que todos sabían que no había hecho la tarea. Intenté esconder ese sentimiento, que en nada ayudaba y, en cambio, sí volvía evidente mi irresponsabilidad. Caminé con el cuaderno escondido en la mochila, escondida la mirada de los ojos de los otros. Nada había ya que pudiera hacer y, cuando llegó mi turno en clase de religión, dije:
—Dice mi mamá que no me bautizaron.
El salón entero permaneció como suspendido en el tiempo debido al efecto del silencio que arrolló todo movimiento posible. No los veía, pero sentía como un ejército de niños, comandado por la monja que era mi maestra, me miraban desde el lugar donde los había tomado el arrobo; me miraban, en su posición de firmes. El silencio era insoportable. Siempre he preferido gritos y reproches al silencio. Al menos un grito suele acompañarse de palabras, que prometen que el otro, al continuar la conversación, en algún punto de su torbellino encontrará la solución. En cambio, cuando no hay más por decir, no hay nada que hacer y todo está perdido. Al fin, la monja articuló un sonido que terminó con esa tortura:
—¿Sí sabes que los niños que no están bautizados se van al infierno?
Yo ni sabía qué era el infierno. Le dije que estaba bien. Supuse que, dentro de todo, no me había ido tan mal: no había recibido la humillación de un regaño y el silencio no había durado tanto. Me sentí aliviada. Después de clases, llegué a casa a encontrarme con mi madre.
La cena transcurrió con toda la normalidad que le es propia. Hablamos de otras cosas: del tráfico, de las tareas que había hecho por la tarde, de cuánto me gustaba mi clase de geografía. Animada por el tono amable de la conversación, pregunté:
—Mamá, ¿qué es el infierno?
—¿De dónde sacas esas cosas? ¿Por qué quieres saber qué es el infierno?
—Bueno, es que, ¿te acuerdas de la tarea para la clase de religión? ¡No me regañaron! –dije, comunicándole mi alivio–, sólo que la monja dijo que los niños que no estaban bautizados se iban al infierno.
Las palabras desencajaron los ojos de mi madre. Se quedó mirándome, absorta, en un silencio breve pero profundo, que inundó todo el comedor y tal vez, incluso, el piso de arriba.
—¡Te dijo qué!
—Que los niños que no estaban bau…
Y de ahí mi madre se lanzó a gritar improperios que, esos sí, definitivamente se escucharon por toda la casa. Decía cosas incomprensibles. Entendí algo de fanáticos. Entendí una aliteración entre “facha” y “mocho”. Mi padre, recién llegado del trabajo, fue recibido con esa erupción de ches contenida en casi todas las palabras que gritaba mi madre.
—¿Pero qué está pasando mujer? Calma –y se hizo el silencio.
Mi madre le explicó lo que acababa de suceder y, aunque seguía visiblemente molesta, su furia se había atemperado. De nuevo animada por la retirada del tono beligerante, le pregunté a mi padre:
—Bueno, entonces, ¿qué es el infierno? –intenté justificar mi pregunta para evitar otra irrupción de improperios con che– sólo quiero saber qué es porque es el lugar a dónde iré.
Mi padre mi dedicó una mirada de ternura y extrañamiento. Finalmente dijo:
—No te vas a ir al infierno. Nadie se va a ir al infierno. Ese lugar no existe.
—Bueno, pero, ¿qué es?
Mi padre sabía de antemano que no dejaría que se escapara con una respuesta tan sencilla. Creo que fue por eso que contestó:
—El infierno son las llamas del alma.
No esperaba ese tipo de respuesta. Sobre todo, no me decía mucho. Mi padre lo notó y siguió:
—Mira, se supone que las almas de los pecadores, una vez muertos en cuerpo, irán al infierno donde arderán eternamente.
La imagen era devastadora. ¿Fuego eterno? ¿Quemarse eternamente? ¿Y había salidas? Mejor aún, ¿había algo que evitara mi llegada al infierno? Resumí mis preguntas en una sola frase:
—Bueno, entonces, hay que bautizarme.
—No –dijo mi madre en su conocido tono determinante.
—¡Pero yo no me quiero ir al infierno! –dije esta vez genuinamente preocupada.
—No te vas a ir al infierno –dijo mi padre.
Interrumpió mi madre, y dijo francamente despectiva:
—Te puedes bautizar, si quie-res, cuando seas grande.
—¿Por qué no ahora? ¿Por qué no ahora si es urgente? –argumenté visiblemente contrariada.
—Mira, intentó explicar mi padre– ese lugar no existe. No existe como tal, así que no vas a ir. Es sólo una metáfora. Además, lo que dijo la monja no es correcto. Nosotros nos iríamos al infierno por no haberte bautizado.
Sobra decir que su respuesta no me dejó muy satisfecha: metáfora o no, alguien se quemaría eternamente. Sin embargo, muy ágiles, se habían enfrascaron en una de sus conversaciones de adultos que yo no podía interrumpir. Desistí del infierno y del fuego eterno y me fui a dormir.
Al día siguiente los dos me acompañaron a la escuela. Fueron directamente con la Madre Superiora. Después de una plática larga, que observé mientras fingía jugar en el patio, se acercaron a mí y me avisaron, notablemente alegres, que ya no tendría que asistir a la clase de religión. La verdad es que yo no quería zafarme de esa clase, me gustaba estudiar, me gustaba estudiar cualquier cosa. No dije nada e interpretaron mi silencio como aprobación.
El resto del año asistí todos los viernes a Misa. Esa no podía saltármela porque todos los maestros atendían y no podían dejarme sola deambulando por los pasillos de la escuela. Eso sí, me asignaron un nuevo lugar: al fondo de la capilla, en la última banca, sola y alejada de mis amigos. El primer día que me senté en mi nuevo lugar, un niño, formado en la fila para comulgar, susurró: “atea”.
Meses más tarde la madrina de mi madre enfermó. Fuimos a visitarla a su casa en la colonia Roma. Era una casa enorme, con escaleras negras de caracol y un barandal en espiral que me producía una ligerísima sensación de vértigo. Mientras esperaba a mis padres, que habían subido ya a su habitación, me divertía viendo la espiral de la escalera; provocándome náuseas mientras ascendía y descendía con mi mirada esa larga línea negra del barandal. Después escuché sus pisadas bajando por la escalera. Corrí al sillón y fingí haber estado sentada todo el tiempo. Mi madre, con los ojos vidriosos, me dijo:
—Puedes subir a verla. Es bueno que te despidas de ella.
Lo dijo en otro de sus tonos definitivos, sólo que este, nuevo para mí, no contenía la ira del otro; era un tono sosegado y doloroso, como si fuera su boca la que llorara y no sus ojos. Subí con miedo de ver a la madrina. Abrí la puerta y me calmé al ver a mi diminuta viejecita de siempre recostada sobre su cama. No parecía estar enferma. Tenía una sonrisa que le iluminaba toda la cara y una mirada que revelaba sus ganas de divertirse, era como una niña esperándome para la hora del juego, dispuesta a proponerme otra de sus travesuras. Me senté muy feliz sobre su cama. En verdad su sonrisa le iluminaba toda la cara.
—¿Cómo has estado, hija? –me dijo en esa voz tan diferente a la mía: mucho más grave, mucho más profunda. Pronunciaba mucho las jotas y las ges. Incluso parecía que hablar como el gorgoreo de las palomas: gorgorgorgorgorgor. Me divertía su manera de hablar.
—Bien madrina.
—¿Quieres que te muestre una cosa? Mira, te tengo un regalillo –dijo mientras sacaba del bolsillo de su falda una pequeña bolsa de tela, amarrada en el extremo con un cordón rojo. Fue ahí cuando noté que le había crecido un cerro en el pecho. Una enorme bola se le dibujaba debajo del vestido: una bola dura, muy grande y redonda. Supe que eso era el cáncer. Lo noté y regresé rápidamente mi mirada a sus ojos. Sabía, aunque nadie me lo había dicho, que no debía ver directamente a la bola en el pecho. Entonces descubrí la pequeña bolsita atada con un cordel rojo. La tomé de sus manos e intenté abrirla.
—Tira del cordel rojo –dijo con paciencia y dulzura.
Dentro había un par de conchas de madera oscura, perfectamente resanadas, muy lisas y brillantes, y sostenidas de los extremos por otro cordel rojo.
—Son castañuelas hija, y se usan para hacer música.
—¿Cas-ta-ñas?
Rió un poco.
—No, pero si tienes antojo, hay allá abajo. Podemos decirle a tu madre que nos tueste unas cuantas. A ver, repite conmigo: “Cas-ta-ñue-las”.
—Casta-ñuelas.
—Sí, mira, y se tocan así.
Se llevó las castañuelas a la mano derecha y con una rápida secuencia de movimientos le arrancó unos sonidos al par de conchas de madera. Parecían aplausos, pero un poco más ágiles y rápidos. Siguió sonando las castañuelas. Ahora parecían aplausos más agudos, como dulces y prolongados susurros. Tomó mi mano y metió uno de mis dedos en el cordel rojo, luego dijo:
—Debes mover ligeramente la muñeca y después, con el dedo corazón de la mano, golpear justo el centro de la castañuela.
Nos entretuvimos unos minutos más en mi primera y única lección de castañuelas. Más tarde llegó mi madre, anunciando que debíamos irnos. Detuve los pausados golpecitos que le daba a las conchas de madera, me acerqué a la madrina y le di un beso en la frente. Se veía igual de sonriente, pero un poco más cansada. No miré de nuevo la bola de su pecho. Me levanté de la cama y agradecí el regalo. Justo iba a salir del cuarto cuando me llamó de nuevo, acercó mi cara a la suya y susurró:
—Dales un poco más fuerte, que no te miedo pegarles. Estas castañuelas no se rompen. Son fuertes, las he traído de Asturias. ¿Has notado el cordel rojo que las sostiene?
Y como epílogo a esas palabras, me dedicó una última mirada de complicidad.
Pasé toda la infancia en la ambigüedad de mis orígenes y asumí, sin deberla ni quererla, la más combativa radicalidad atea. Con la adolescencia me fui volviendo cada vez más beligerante. Odié con mis padres a la religión, “el opio del pueblo”; y odié, con vehemencia inusitada, a todo aquel que hablara de sus abuelos españoles. Algo de rastrear líneas ascendentes en otras tierras me molestaba. Me enojaba esa búsqueda de una sustancia etérea que parecía, a pesar de su invisibilidad, reafirmar la identidad de los otros: los hijos de españoles, los nietos de españoles. Parecían una casta de exiliados, una generación perdida que, para escapar de la frustración y la melancolía, referían regiones que ninguno de nosotros conocía: Cataluña, Galicia, Castilla, Sevilla. Un día, algún conocido dijo ser orgulloso descendiente de Asturias. No pude contenerme, tomé una bocanada de aire y de golpe la expulsé de mi pecho mientras decía:
—No somos Asturias. Somos mexicanos, y eso es lo que importa.
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Explicación del cuento
Decidí escribir un cuento, y no un ensayo, porque me permitió, de manera más ágil y ojala más interesante y creativa, conjugar los elementos que aprendimos con las lecturas y las películas.
En primer lugar, el conflicto del cuento nace de retazos de conversaciones y de objetos cargados de significados. Lo hice de esta manera para apropiarme de la forma narrativa de la película El Sur, donde también una niña intenta descifrarse (a sí misma, a su padre, a su identidad y a su pasado), a partir de objetos cotidianos y de las ininteligibles conversaciones de los adultos. Su pasado y su identidad no se cuentan completos y de golpe, sino que van apareciendo fragmentos como pistas que el personaje principal debe interpretar para poder hilarse un relato propio; lo mismo hace mi personaje y creo que es una representación adecuada del proceso de memoria histórica española. Los objetos, en este caso, son: el mapa, el cordón rojo de las castañuelas, obviamente las castañuelas y el otro cordón rojo que cierra la bolsa donde se encuentran; todos ellos me parecen cargados de una emotividad española peculiar. Y si te fijas, todos ellos dicen España sin decirla. Y el color rojo aparece a lo largo de la trama para decir, también sin decirlo, la identidad oculta de la familia.
Ahora bien, me permito un breve paréntesis: utilicé gran parte de la lectura sobre el silencio porque me pareció importante resaltar que frecuentemente manifiesta una relación de poder; en especial de los padres a los niños. También la usé porque hablamos del silencio español sobre la Guerra Civil, y si te fijas la madre se rehúsa a abordar cualquier conversación que refiera a ello –de nuevo, como en la película impresionista de El Sur . Otro uso de este recurso está en los niños del salón de clases y la monja que, para rechazar y desaprobar, adoptan brevemente la técnica del silencio; esta última es mi metáfora de exilio, por parte de la sociedad al individuo distinto (¿asturiano, ateo y rojo?)
También me encargué de resaltar la identidad atea como lo que constantemente, y por desgracia, ha sido: aunque combativa, apenas una negación de la Iglesia Católica. Este punto me parece importantísimo, pero no pude desarrollarlo en el cuento porque habría sobrado. Michel Morey, en un hermoso libro titulado Pequeñas doctrinas de soledad, habla de un ateismo activo, de una propuesta con mayor contenido que la simple negación del catolicismo. En fin, regresando al tema: incluí la identidad atea para dar una pista sobre la ideología política de los padres. Y también porque siempre me ha parecido irónico que los ateos republicanos hayan salido de España para encontrarse con un país igual de ferviente en su catolicismo. De ahí que los padres, en su condición de exiliados (o de hijos de exiliados), acostumbrados a la combatividad de la negación, rechacen ser “como los guadalupanos”. Y, a la vez, siendo que México los acogió, se aferren a ello cuando dicen serlo (y que precisamente eso es lo importante). Me parece la expresión más adecuada de las contradicciones emocionales que provoca el exilio: no ser esto ni lo otro, todo animado por el deseo de volver a ser algo. Evidentemente, el rechazo que sufre la niña en la escuela, por no ser católica, es la expresión de la interpretación del catolicismo que venció en España (y en México). Ahora bien, cuando la madre dice que puede bautizarse de grande si quiere, enfaticé el “quieres” porque expresa una idea que tengo, desde que leí a Fromm, de la libertad, a saber: una cosa grandiosa que conlleva, necesariamente, el enfrentamiento con el resto de la sociedad –y el dolor que eso produce. Me parece que cuando la gente lucha tanto por su autonomía se vuelve muy combativa y expresa beligerantemente sus posturas debido al rechazo que ellos mismos sufrieron. En una nota: creo que es muy difícil decirse con tolerancia al otro cuando ese otro lo ha negado a uno. Y cuando el niño le dice: “Atea”, es una manera de recordar la película La lengua de las mariposas (cuando la gente grita: “¡Ateo!”, “¡Rojo!”). Y qué divertido y contradictorio que lo diga un niño y que lo diga en una Iglesia; lo que refuerza que es una interpretación espantosa del catolicismo, asumida como identidad política y no como lo que debería ser: una manera más de hallar trascendencia y de erigir la sociedad en el amor y la caridad (enseñanza fundamental de Cristo).
Hay otro juego con la identidad al principio del cuento: el aspecto físico de la madre quien, a pesar de querer negar con vehemencia su pasado, se la recuerda su propio rostro. Esto también me parece interesante porque en la lectura de Los niños perdidos del fascismo se hace una breve alusión al físico de la gente y su “relación médica” con el republicanismo. Aunque, y esto puedes entenderlo como sublimación psíquica del trauma, la madre se dedica precisamente a trabajar en una agencia de viajes española que, implícitamente, se encarga de regresar a los españoles exiliados a su patria; digo que es un intento, probablemente inconsciente, de reestablecer la conexión de los españoles con su tierra: la madre no hablará de ello, pero algo tiene que hacer la mujer para descargar toda esa tensión psíquica y resolver el duelo, ¿no crees?
Por otro lado, hago unos juegos de lenguaje para evidenciar la nacionalidad española de la madrina; esto puedes verlo en la referencia al gorgoreo, en el énfasis explícito en las jotas y en las ges. También ofrezco al lenguaje como pistas de identidad política cuando la madre hace aliteraciones de haches en “facho” y “mocho” (sin embargo, las escribí explícitamente como ches porque me parece que al decir hache se pierde la fuerza de la aliteración).
La escena de la madrina y las castañuelas (y las castañas: lapsus de niño que, inconscientemente, también dice España), es central porque ofrece una posible absorción, un poco más lírica y suave (menos iracunda) del pasado y de la identidad. Por otro lado, el rojo de las castañuelas dice República, dice marxismo, pero más que eso dice resistencia (aunque sea en un detalle tan privado y oculto como un cordón: eso dicen las lecturas de España y Chile, que la gente se repliega al ámbito privado; en ese sentido, la expresión de la identidad también debería aparecer en esas cosas pequeñas y significativas). Lo que la madrina ofrece es también una plataforma de resistencia frente a todo este mundo confuso (y que le provoca el vértigo en las escaleras –metáfora del psicoanálisis jungiano). Ofrece consuelo y, siendo que el último regalo es la complicidad en la sonrisa, se ofrece también la pertenencia (aunque sea breve y fugaz) a algo: a una familia, a una historia, a una identidad.
A pesar de ello, la niña termina de adolescente renegando de Asturias porque, frente a la sucesión repetida de eventos de negación en la infancia, me parecía que ese era el final adecuado. El evento de las castañuelas podría volverse epifanía que permitiera un relato distinto en cuanto a la construcción de identidad, pero la fuerza de los demás eventos la opaca y la oscurece. Ofrezco una salida intermedia entre el final feliz que supondría la epifanía y el final trágico y desgarrado que supone la repetición del rechazo y la negación con lo siguiente: en un pequeño lapsus inconsciente, la niña reconoce su identidad cuando dice: “No somos Asturias”. Y si te fijas nadie le dijo que ella lo fuera, alguien más hablaba de serlo y ella reaccionó con todo lo que inconscientemente es y sabe y con todo lo que conscientemente sabe y dice ser. El final es expresión de dos hilos: el conciente y el inconsciente. Por último, enfatizo de nuevo la violencia asumida en esa desintegración cuando dice: “somos mexicanos y eso es lo que importa”. La niña, por lo tanto, ha heredado todas las contradicciones de esa historia, de ese pasado y de esa identidad fragmentada. Y, claro está, que también es alusión a La lengua de las mariposas.
Me parece que todo esto: lenguaje, identidad religiosa, identidad política, objetos, fragmentos y narración, sintetizan de mejor manera una parte de lo que aprendimos en clase. La verdad es que también amparo mi cuento en otra razón: seguramente tendrás que leer muchísimos ensayos, te puedes distraer con este que pretende mostrarte lo mismo (esto es: que he leído, he aprendido y tengo comentarios) de otra manera. Y hago explícito todos los recursos del cuento (o la mayoría, si es que se me va alguno) porque, aunque no sea práctica acostumbrada, da para la reflexión de muchos puntos. Y porque me interesaba que vieras, de manera explícita, que el cuento está pensado desde las reflexiones y la introspección que frecuentemente pides.
