Me permito el siguiente ejercicio: a continuación, un cuento; después, la explicación de cada uno de los elementos y recursos de ese cuento. Lo hago porque quisiera mostrar que nada en un relato es gratuito: todo está pensado (aunque esto no excluye que parta del terreno de lo sentido). Es una entrega para una clase, espero que perdonen las referencias a "lo aprendido", "las lecturas" y el hecho de que la explicación esté dirigida a mi profesora.
Asturias es roja
Solía acompañarla al trabajo cuando algún motivo de fuerza mayor me permitía excusarme de clases. Trabajaba en una agencia española de boletos. Todos los días recorría lo que alegaba ser una distancia formidable, del sur al centro de la ciudad; no me importaba el recorrido, me gustaba acompañarla. Me quedaba mirando su larga cabellera castaña que, iluminada por el sol de mediodía, me sorprendía con sus reflejos rubios y rojizos; su cabello era de muchos colores. Tenía una mirada amable y tierna que acompasaba sus palabras, siempre era cortés. Su piel blanca se adornaba de luces cuando reía espontáneamente, y su risa era plena y libre. Me quedaba mirando la pulcritud de su escritorio, el perfecto orden que imperaba en él: todo estaba en su lugar. Pese al noble argumento que reza que el comportamiento de los padres será automáticamente repetido por los niños, las virtudes no se heredan: mi mochila y mi habitación siempre se han rendido al desorden. La veía ir y venir por la oficina, siempre en control de cualquier incidente; siempre eficaz, siempre tan responsable. A cada rato entraban y salían españoles que pedían boletos para viajar a Madrid, a Pamplona, a Sevilla. Diligentemente, mi madre les ayudaba. Aquel día, un señor ya viejo, entró por la puerta principal y se sentó frente a su implacable escritorio. El señor quería un boleto para visitar a su familia que vivía en Santander. De pronto, el hombre se quedó mirándola, muy quieto, con la expresión de quien reconoce la familiaridad en un rostro ajeno.
—Disculpe usted –le dijo a mi madre–, probablemente pensará que es un terrible atrevimiento, pero simplemente soy incapaz de contener el impulso de preguntarle…
Al escucharlo, mi madre apartó la mirada de los papeles que tenía sobre el escritorio y lo vio directamente a los ojos, con el semblante de quien espera una pregunta que ya conoce. El viejo continuó:
—¿Es usted asturiana?
—No –contestó mi madre, determinante. Después corrigió la dureza de su respuesta con un par de risas nerviosas e intentó regresar a su trabajo, pero el viejo persistió en la pregunta.
—Perdone, no quería molestarla, es que sus facciones, su rostro, el color de su piel. Todo de usted me recuerda tanto a Santander y hace años que no sé nada de la Madre Patria; y usted, aquí, pareciera decirla toda de una vez, solamente con su rostro.
Mi madre sonrió. Lo miró a los ojos y siguió trabajando. El viejo dejó las preguntas y salió de la oficina con su boleto para Santander en la mano.
De camino a casa, me contagió la misma duda del viejo.
—Mamá, ¿qué es ser asturiana?
—Ser español –contestó escuetamente, estaba claro que intentaba detener el caudal de preguntas con una respuesta breve, articulada en su tono indiferente.
—¿Y eres española? –no me detuve.
—No –me contestó con el mismo tono que le dedicó al viejo.
—¿Entonces por qué ese señor preguntó si…?
—Mira, no soy española, no somos españoles. Somos mexicanos. Eso es lo que importa –dijo en un tono resolutivo. No me atreví a seguir con mis preguntas.
Cuando llegamos a casa, y aprovechando que mi madre se dedicaría a preparar la cena, corrí a uno de los armarios donde mis padres guardaban el excedente de libros que teníamos en casa. Saqué uno delgado, de geografía, y busqué en el índice la región que apenas en la mañana se había inaugurado en mi mente: “As-tu-rias”. Ahí estaba, una pequeña porción de tierra al norte de España resaltada en un rojo brillante. Mi padre interrumpió súbitamente mi investigación. Con la sensación de haber sido descubierta, dije:
—Papá, Asturias es roja.
Me miró con ojos desorbitados, como quien no creyera lo que acababa de escuchar, y dijo:
—¿Cómo que es roja? ¡En esta casa no se usan esas palabras! ¿Dónde aprendiste eso? ¿Quién te lo dijo? –sus preguntas se volvían cada vez más violentas. Los gritos que se anudaban en su garganta se detuvieron cuando miró el pequeño mapa de España en el libro, con la porción asturiana enrojecida. Tomó el libro de mis manos y lo guardó.
—¿Por qué se te ha metido esta idea a la cabeza? ¿A cuenta de qué es que piensas en Asturias?
—Un señor le preguntó a mamá si era asturiana –intenté explicarme.
—¿Y qué dijo ella? –siguió preguntando, ahora mucho más calmado, cuidando las palabras que elegiría tras mi respuesta.
—Que no, que somos mexicanos.
—Sí, somos mexicanos y eso es lo que importa.
No entendí lo que quiso decir con esa última frase. ¿Por qué importaría tanto ser mexicanos si, a cada oportunidad, esgrimían sus quejas sobre el pobrísimo nivel educativo de este país? ¿Por qué importaría ser mexicano si, como sobremesa a la cena, criticaban el catolicismo tan arraigado de “esos guadalupanos”? Si algo quedaba claro en el transcurso de esas conversaciones, era que nosotros no éramos como ellos.
Tiempo después, dejé de pensar en el tema. No porque careciera de importancia, sino porque la imaginación de un niño, tan ágil y febril, revolotea como papalote por el cielo del mundo, ora interesada en esto, ora en esto otro; la atención constantemente distraída por todo lo que sucede en el mundo.
Regresé a clases al día siguiente y otra vez el tema de la diferencia se coló en mi realidad, cuando días más tarde, recibí un encargo para la clase de religión. Era una tarea sencilla: escribir, en una hoja de papel, la capilla donde había recibido el bautismo y el nombre del cura que se dirigió el oficio. Animada por el deber, esperé a que mi madre llegara del trabajo para preguntarle esos datos y responder el brevísimo cuestionario. Llegó por la noche, como siempre. La esperé toda la tarde, sabiendo de antemano que llegaría tarde. Me acerqué a ella, tan amorosa, para recibir el abrazo del día y unas cuantas caricias.
—¿Cómo te fue en la escuela? –preguntó como siempre, y sin embargo, jamás pensé que fuera una oración vacía, de esas que forzadas por la rutina de la cortesía se dicen a diario.
—Bien, me preguntaron en clase de religión unas cosas, tengo que hacer mi tarea para mañana, no la hice porque te estaba esperando porque… –dije en el tono excitado que les tan propio a los niños; atropellaba una oración con otra en el entusiasmo desbordado debido a todas las situaciones del día.
—¿Quieres que te ayude a hacerla? –interrumpió mi madre la atropellada algarabía.
—Sí –y tomé aire–. Tengo que saber dónde me bautizaron y… y… –me detuve mientras buscaba la pregunta en mi cuaderno de notas– …y qué sacerdote…
—No te bautizamos –respondió con el mismo tono escueto que días antes se había merecido el viejo y que, más tarde, me había ganado yo.
Preocupada por no cumplir con mis deberes, pregunté de nuevo y pregunté con insistencia. De niña, una de las cosas que más disparaban mi ansiedad era, precisamente, no hacer mi tarea. El espacio seguía en blanco, no había nada que anotar bajo las preguntas. Nadie creería que no me habían bautizado. Seguro pensarían que era una excusa y yo, una irresponsable.
—Mamá –dije muy enojada– tengo que hacer mi tarea. Por favor dime qué pongo, dime dónde me bautiz…
—¡Es que no te bautizamos! –subió el tono de voz–, acabo de decírtelo.
—¿Y qué le digo a la maestra? –dije todavía preocupada por el asunto.
—Dile que no te bautizamos –de nuevo había esgrimido el tono escueto. Supe que debía callarme.
Al día siguiente fui a la escuela con mi hoja en blanco escondida en el cuaderno. Caminaba preocupada y ansiosa. Cargaba el peso de mi pecho oprimido. Y lo peor era una extraña sensación que me aseguraba que todos sabían que no había hecho la tarea. Intenté esconder ese sentimiento, que en nada ayudaba y, en cambio, sí volvía evidente mi irresponsabilidad. Caminé con el cuaderno escondido en la mochila, escondida la mirada de los ojos de los otros. Nada había ya que pudiera hacer y, cuando llegó mi turno en clase de religión, dije:
—Dice mi mamá que no me bautizaron.
El salón entero permaneció como suspendido en el tiempo debido al efecto del silencio que arrolló todo movimiento posible. No los veía, pero sentía como un ejército de niños, comandado por la monja que era mi maestra, me miraban desde el lugar donde los había tomado el arrobo; me miraban, en su posición de firmes. El silencio era insoportable. Siempre he preferido gritos y reproches al silencio. Al menos un grito suele acompañarse de palabras, que prometen que el otro, al continuar la conversación, en algún punto de su torbellino encontrará la solución. En cambio, cuando no hay más por decir, no hay nada que hacer y todo está perdido. Al fin, la monja articuló un sonido que terminó con esa tortura:
—¿Sí sabes que los niños que no están bautizados se van al infierno?
Yo ni sabía qué era el infierno. Le dije que estaba bien. Supuse que, dentro de todo, no me había ido tan mal: no había recibido la humillación de un regaño y el silencio no había durado tanto. Me sentí aliviada. Después de clases, llegué a casa a encontrarme con mi madre.
La cena transcurrió con toda la normalidad que le es propia. Hablamos de otras cosas: del tráfico, de las tareas que había hecho por la tarde, de cuánto me gustaba mi clase de geografía. Animada por el tono amable de la conversación, pregunté:
—Mamá, ¿qué es el infierno?
—¿De dónde sacas esas cosas? ¿Por qué quieres saber qué es el infierno?
—Bueno, es que, ¿te acuerdas de la tarea para la clase de religión? ¡No me regañaron! –dije, comunicándole mi alivio–, sólo que la monja dijo que los niños que no estaban bautizados se iban al infierno.
Las palabras desencajaron los ojos de mi madre. Se quedó mirándome, absorta, en un silencio breve pero profundo, que inundó todo el comedor y tal vez, incluso, el piso de arriba.
—¡Te dijo qué!
—Que los niños que no estaban bau…
Y de ahí mi madre se lanzó a gritar improperios que, esos sí, definitivamente se escucharon por toda la casa. Decía cosas incomprensibles. Entendí algo de fanáticos. Entendí una aliteración entre “facha” y “mocho”. Mi padre, recién llegado del trabajo, fue recibido con esa erupción de ches contenida en casi todas las palabras que gritaba mi madre.
—¿Pero qué está pasando mujer? Calma –y se hizo el silencio.
Mi madre le explicó lo que acababa de suceder y, aunque seguía visiblemente molesta, su furia se había atemperado. De nuevo animada por la retirada del tono beligerante, le pregunté a mi padre:
—Bueno, entonces, ¿qué es el infierno? –intenté justificar mi pregunta para evitar otra irrupción de improperios con che– sólo quiero saber qué es porque es el lugar a dónde iré.
Mi padre mi dedicó una mirada de ternura y extrañamiento. Finalmente dijo:
—No te vas a ir al infierno. Nadie se va a ir al infierno. Ese lugar no existe.
—Bueno, pero, ¿qué es?
Mi padre sabía de antemano que no dejaría que se escapara con una respuesta tan sencilla. Creo que fue por eso que contestó:
—El infierno son las llamas del alma.
No esperaba ese tipo de respuesta. Sobre todo, no me decía mucho. Mi padre lo notó y siguió:
—Mira, se supone que las almas de los pecadores, una vez muertos en cuerpo, irán al infierno donde arderán eternamente.
La imagen era devastadora. ¿Fuego eterno? ¿Quemarse eternamente? ¿Y había salidas? Mejor aún, ¿había algo que evitara mi llegada al infierno? Resumí mis preguntas en una sola frase:
—Bueno, entonces, hay que bautizarme.
—No –dijo mi madre en su conocido tono determinante.
—¡Pero yo no me quiero ir al infierno! –dije esta vez genuinamente preocupada.
—No te vas a ir al infierno –dijo mi padre.
Interrumpió mi madre, y dijo francamente despectiva:
—Te puedes bautizar, si quie-res, cuando seas grande.
—¿Por qué no ahora? ¿Por qué no ahora si es urgente? –argumenté visiblemente contrariada.
—Mira, intentó explicar mi padre– ese lugar no existe. No existe como tal, así que no vas a ir. Es sólo una metáfora. Además, lo que dijo la monja no es correcto. Nosotros nos iríamos al infierno por no haberte bautizado.
Sobra decir que su respuesta no me dejó muy satisfecha: metáfora o no, alguien se quemaría eternamente. Sin embargo, muy ágiles, se habían enfrascaron en una de sus conversaciones de adultos que yo no podía interrumpir. Desistí del infierno y del fuego eterno y me fui a dormir.
Al día siguiente los dos me acompañaron a la escuela. Fueron directamente con la Madre Superiora. Después de una plática larga, que observé mientras fingía jugar en el patio, se acercaron a mí y me avisaron, notablemente alegres, que ya no tendría que asistir a la clase de religión. La verdad es que yo no quería zafarme de esa clase, me gustaba estudiar, me gustaba estudiar cualquier cosa. No dije nada e interpretaron mi silencio como aprobación.
El resto del año asistí todos los viernes a Misa. Esa no podía saltármela porque todos los maestros atendían y no podían dejarme sola deambulando por los pasillos de la escuela. Eso sí, me asignaron un nuevo lugar: al fondo de la capilla, en la última banca, sola y alejada de mis amigos. El primer día que me senté en mi nuevo lugar, un niño, formado en la fila para comulgar, susurró: “atea”.
Meses más tarde la madrina de mi madre enfermó. Fuimos a visitarla a su casa en la colonia Roma. Era una casa enorme, con escaleras negras de caracol y un barandal en espiral que me producía una ligerísima sensación de vértigo. Mientras esperaba a mis padres, que habían subido ya a su habitación, me divertía viendo la espiral de la escalera; provocándome náuseas mientras ascendía y descendía con mi mirada esa larga línea negra del barandal. Después escuché sus pisadas bajando por la escalera. Corrí al sillón y fingí haber estado sentada todo el tiempo. Mi madre, con los ojos vidriosos, me dijo:
—Puedes subir a verla. Es bueno que te despidas de ella.
Lo dijo en otro de sus tonos definitivos, sólo que este, nuevo para mí, no contenía la ira del otro; era un tono sosegado y doloroso, como si fuera su boca la que llorara y no sus ojos. Subí con miedo de ver a la madrina. Abrí la puerta y me calmé al ver a mi diminuta viejecita de siempre recostada sobre su cama. No parecía estar enferma. Tenía una sonrisa que le iluminaba toda la cara y una mirada que revelaba sus ganas de divertirse, era como una niña esperándome para la hora del juego, dispuesta a proponerme otra de sus travesuras. Me senté muy feliz sobre su cama. En verdad su sonrisa le iluminaba toda la cara.
—¿Cómo has estado, hija? –me dijo en esa voz tan diferente a la mía: mucho más grave, mucho más profunda. Pronunciaba mucho las jotas y las ges. Incluso parecía que hablar como el gorgoreo de las palomas: gorgorgorgorgorgor. Me divertía su manera de hablar.
—Bien madrina.
—¿Quieres que te muestre una cosa? Mira, te tengo un regalillo –dijo mientras sacaba del bolsillo de su falda una pequeña bolsa de tela, amarrada en el extremo con un cordón rojo. Fue ahí cuando noté que le había crecido un cerro en el pecho. Una enorme bola se le dibujaba debajo del vestido: una bola dura, muy grande y redonda. Supe que eso era el cáncer. Lo noté y regresé rápidamente mi mirada a sus ojos. Sabía, aunque nadie me lo había dicho, que no debía ver directamente a la bola en el pecho. Entonces descubrí la pequeña bolsita atada con un cordel rojo. La tomé de sus manos e intenté abrirla.
—Tira del cordel rojo –dijo con paciencia y dulzura.
Dentro había un par de conchas de madera oscura, perfectamente resanadas, muy lisas y brillantes, y sostenidas de los extremos por otro cordel rojo.
—Son castañuelas hija, y se usan para hacer música.
—¿Cas-ta-ñas?
Rió un poco.
—No, pero si tienes antojo, hay allá abajo. Podemos decirle a tu madre que nos tueste unas cuantas. A ver, repite conmigo: “Cas-ta-ñue-las”.
—Casta-ñuelas.
—Sí, mira, y se tocan así.
Se llevó las castañuelas a la mano derecha y con una rápida secuencia de movimientos le arrancó unos sonidos al par de conchas de madera. Parecían aplausos, pero un poco más ágiles y rápidos. Siguió sonando las castañuelas. Ahora parecían aplausos más agudos, como dulces y prolongados susurros. Tomó mi mano y metió uno de mis dedos en el cordel rojo, luego dijo:
—Debes mover ligeramente la muñeca y después, con el dedo corazón de la mano, golpear justo el centro de la castañuela.
Nos entretuvimos unos minutos más en mi primera y única lección de castañuelas. Más tarde llegó mi madre, anunciando que debíamos irnos. Detuve los pausados golpecitos que le daba a las conchas de madera, me acerqué a la madrina y le di un beso en la frente. Se veía igual de sonriente, pero un poco más cansada. No miré de nuevo la bola de su pecho. Me levanté de la cama y agradecí el regalo. Justo iba a salir del cuarto cuando me llamó de nuevo, acercó mi cara a la suya y susurró:
—Dales un poco más fuerte, que no te miedo pegarles. Estas castañuelas no se rompen. Son fuertes, las he traído de Asturias. ¿Has notado el cordel rojo que las sostiene?
Y como epílogo a esas palabras, me dedicó una última mirada de complicidad.
Pasé toda la infancia en la ambigüedad de mis orígenes y asumí, sin deberla ni quererla, la más combativa radicalidad atea. Con la adolescencia me fui volviendo cada vez más beligerante. Odié con mis padres a la religión, “el opio del pueblo”; y odié, con vehemencia inusitada, a todo aquel que hablara de sus abuelos españoles. Algo de rastrear líneas ascendentes en otras tierras me molestaba. Me enojaba esa búsqueda de una sustancia etérea que parecía, a pesar de su invisibilidad, reafirmar la identidad de los otros: los hijos de españoles, los nietos de españoles. Parecían una casta de exiliados, una generación perdida que, para escapar de la frustración y la melancolía, referían regiones que ninguno de nosotros conocía: Cataluña, Galicia, Castilla, Sevilla. Un día, algún conocido dijo ser orgulloso descendiente de Asturias. No pude contenerme, tomé una bocanada de aire y de golpe la expulsé de mi pecho mientras decía:
—No somos Asturias. Somos mexicanos, y eso es lo que importa.
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Explicación del cuento
Decidí escribir un cuento, y no un ensayo, porque me permitió, de manera más ágil y ojala más interesante y creativa, conjugar los elementos que aprendimos con las lecturas y las películas.
En primer lugar, el conflicto del cuento nace de retazos de conversaciones y de objetos cargados de significados. Lo hice de esta manera para apropiarme de la forma narrativa de la película El Sur, donde también una niña intenta descifrarse (a sí misma, a su padre, a su identidad y a su pasado), a partir de objetos cotidianos y de las ininteligibles conversaciones de los adultos. Su pasado y su identidad no se cuentan completos y de golpe, sino que van apareciendo fragmentos como pistas que el personaje principal debe interpretar para poder hilarse un relato propio; lo mismo hace mi personaje y creo que es una representación adecuada del proceso de memoria histórica española. Los objetos, en este caso, son: el mapa, el cordón rojo de las castañuelas, obviamente las castañuelas y el otro cordón rojo que cierra la bolsa donde se encuentran; todos ellos me parecen cargados de una emotividad española peculiar. Y si te fijas, todos ellos dicen España sin decirla. Y el color rojo aparece a lo largo de la trama para decir, también sin decirlo, la identidad oculta de la familia.
Ahora bien, me permito un breve paréntesis: utilicé gran parte de la lectura sobre el silencio porque me pareció importante resaltar que frecuentemente manifiesta una relación de poder; en especial de los padres a los niños. También la usé porque hablamos del silencio español sobre la Guerra Civil, y si te fijas la madre se rehúsa a abordar cualquier conversación que refiera a ello –de nuevo, como en la película impresionista de El Sur . Otro uso de este recurso está en los niños del salón de clases y la monja que, para rechazar y desaprobar, adoptan brevemente la técnica del silencio; esta última es mi metáfora de exilio, por parte de la sociedad al individuo distinto (¿asturiano, ateo y rojo?)
También me encargué de resaltar la identidad atea como lo que constantemente, y por desgracia, ha sido: aunque combativa, apenas una negación de la Iglesia Católica. Este punto me parece importantísimo, pero no pude desarrollarlo en el cuento porque habría sobrado. Michel Morey, en un hermoso libro titulado Pequeñas doctrinas de soledad, habla de un ateismo activo, de una propuesta con mayor contenido que la simple negación del catolicismo. En fin, regresando al tema: incluí la identidad atea para dar una pista sobre la ideología política de los padres. Y también porque siempre me ha parecido irónico que los ateos republicanos hayan salido de España para encontrarse con un país igual de ferviente en su catolicismo. De ahí que los padres, en su condición de exiliados (o de hijos de exiliados), acostumbrados a la combatividad de la negación, rechacen ser “como los guadalupanos”. Y, a la vez, siendo que México los acogió, se aferren a ello cuando dicen serlo (y que precisamente eso es lo importante). Me parece la expresión más adecuada de las contradicciones emocionales que provoca el exilio: no ser esto ni lo otro, todo animado por el deseo de volver a ser algo. Evidentemente, el rechazo que sufre la niña en la escuela, por no ser católica, es la expresión de la interpretación del catolicismo que venció en España (y en México). Ahora bien, cuando la madre dice que puede bautizarse de grande si quiere, enfaticé el “quieres” porque expresa una idea que tengo, desde que leí a Fromm, de la libertad, a saber: una cosa grandiosa que conlleva, necesariamente, el enfrentamiento con el resto de la sociedad –y el dolor que eso produce. Me parece que cuando la gente lucha tanto por su autonomía se vuelve muy combativa y expresa beligerantemente sus posturas debido al rechazo que ellos mismos sufrieron. En una nota: creo que es muy difícil decirse con tolerancia al otro cuando ese otro lo ha negado a uno. Y cuando el niño le dice: “Atea”, es una manera de recordar la película La lengua de las mariposas (cuando la gente grita: “¡Ateo!”, “¡Rojo!”). Y qué divertido y contradictorio que lo diga un niño y que lo diga en una Iglesia; lo que refuerza que es una interpretación espantosa del catolicismo, asumida como identidad política y no como lo que debería ser: una manera más de hallar trascendencia y de erigir la sociedad en el amor y la caridad (enseñanza fundamental de Cristo).
Hay otro juego con la identidad al principio del cuento: el aspecto físico de la madre quien, a pesar de querer negar con vehemencia su pasado, se la recuerda su propio rostro. Esto también me parece interesante porque en la lectura de Los niños perdidos del fascismo se hace una breve alusión al físico de la gente y su “relación médica” con el republicanismo. Aunque, y esto puedes entenderlo como sublimación psíquica del trauma, la madre se dedica precisamente a trabajar en una agencia de viajes española que, implícitamente, se encarga de regresar a los españoles exiliados a su patria; digo que es un intento, probablemente inconsciente, de reestablecer la conexión de los españoles con su tierra: la madre no hablará de ello, pero algo tiene que hacer la mujer para descargar toda esa tensión psíquica y resolver el duelo, ¿no crees?
Por otro lado, hago unos juegos de lenguaje para evidenciar la nacionalidad española de la madrina; esto puedes verlo en la referencia al gorgoreo, en el énfasis explícito en las jotas y en las ges. También ofrezco al lenguaje como pistas de identidad política cuando la madre hace aliteraciones de haches en “facho” y “mocho” (sin embargo, las escribí explícitamente como ches porque me parece que al decir hache se pierde la fuerza de la aliteración).
La escena de la madrina y las castañuelas (y las castañas: lapsus de niño que, inconscientemente, también dice España), es central porque ofrece una posible absorción, un poco más lírica y suave (menos iracunda) del pasado y de la identidad. Por otro lado, el rojo de las castañuelas dice República, dice marxismo, pero más que eso dice resistencia (aunque sea en un detalle tan privado y oculto como un cordón: eso dicen las lecturas de España y Chile, que la gente se repliega al ámbito privado; en ese sentido, la expresión de la identidad también debería aparecer en esas cosas pequeñas y significativas). Lo que la madrina ofrece es también una plataforma de resistencia frente a todo este mundo confuso (y que le provoca el vértigo en las escaleras –metáfora del psicoanálisis jungiano). Ofrece consuelo y, siendo que el último regalo es la complicidad en la sonrisa, se ofrece también la pertenencia (aunque sea breve y fugaz) a algo: a una familia, a una historia, a una identidad.
A pesar de ello, la niña termina de adolescente renegando de Asturias porque, frente a la sucesión repetida de eventos de negación en la infancia, me parecía que ese era el final adecuado. El evento de las castañuelas podría volverse epifanía que permitiera un relato distinto en cuanto a la construcción de identidad, pero la fuerza de los demás eventos la opaca y la oscurece. Ofrezco una salida intermedia entre el final feliz que supondría la epifanía y el final trágico y desgarrado que supone la repetición del rechazo y la negación con lo siguiente: en un pequeño lapsus inconsciente, la niña reconoce su identidad cuando dice: “No somos Asturias”. Y si te fijas nadie le dijo que ella lo fuera, alguien más hablaba de serlo y ella reaccionó con todo lo que inconscientemente es y sabe y con todo lo que conscientemente sabe y dice ser. El final es expresión de dos hilos: el conciente y el inconsciente. Por último, enfatizo de nuevo la violencia asumida en esa desintegración cuando dice: “somos mexicanos y eso es lo que importa”. La niña, por lo tanto, ha heredado todas las contradicciones de esa historia, de ese pasado y de esa identidad fragmentada. Y, claro está, que también es alusión a La lengua de las mariposas.
Me parece que todo esto: lenguaje, identidad religiosa, identidad política, objetos, fragmentos y narración, sintetizan de mejor manera una parte de lo que aprendimos en clase. La verdad es que también amparo mi cuento en otra razón: seguramente tendrás que leer muchísimos ensayos, te puedes distraer con este que pretende mostrarte lo mismo (esto es: que he leído, he aprendido y tengo comentarios) de otra manera. Y hago explícito todos los recursos del cuento (o la mayoría, si es que se me va alguno) porque, aunque no sea práctica acostumbrada, da para la reflexión de muchos puntos. Y porque me interesaba que vieras, de manera explícita, que el cuento está pensado desde las reflexiones y la introspección que frecuentemente pides.
Solía acompañarla al trabajo cuando algún motivo de fuerza mayor me permitía excusarme de clases. Trabajaba en una agencia española de boletos. Todos los días recorría lo que alegaba ser una distancia formidable, del sur al centro de la ciudad; no me importaba el recorrido, me gustaba acompañarla. Me quedaba mirando su larga cabellera castaña que, iluminada por el sol de mediodía, me sorprendía con sus reflejos rubios y rojizos; su cabello era de muchos colores. Tenía una mirada amable y tierna que acompasaba sus palabras, siempre era cortés. Su piel blanca se adornaba de luces cuando reía espontáneamente, y su risa era plena y libre. Me quedaba mirando la pulcritud de su escritorio, el perfecto orden que imperaba en él: todo estaba en su lugar. Pese al noble argumento que reza que el comportamiento de los padres será automáticamente repetido por los niños, las virtudes no se heredan: mi mochila y mi habitación siempre se han rendido al desorden. La veía ir y venir por la oficina, siempre en control de cualquier incidente; siempre eficaz, siempre tan responsable. A cada rato entraban y salían españoles que pedían boletos para viajar a Madrid, a Pamplona, a Sevilla. Diligentemente, mi madre les ayudaba. Aquel día, un señor ya viejo, entró por la puerta principal y se sentó frente a su implacable escritorio. El señor quería un boleto para visitar a su familia que vivía en Santander. De pronto, el hombre se quedó mirándola, muy quieto, con la expresión de quien reconoce la familiaridad en un rostro ajeno.
—Disculpe usted –le dijo a mi madre–, probablemente pensará que es un terrible atrevimiento, pero simplemente soy incapaz de contener el impulso de preguntarle…
Al escucharlo, mi madre apartó la mirada de los papeles que tenía sobre el escritorio y lo vio directamente a los ojos, con el semblante de quien espera una pregunta que ya conoce. El viejo continuó:
—¿Es usted asturiana?
—No –contestó mi madre, determinante. Después corrigió la dureza de su respuesta con un par de risas nerviosas e intentó regresar a su trabajo, pero el viejo persistió en la pregunta.
—Perdone, no quería molestarla, es que sus facciones, su rostro, el color de su piel. Todo de usted me recuerda tanto a Santander y hace años que no sé nada de la Madre Patria; y usted, aquí, pareciera decirla toda de una vez, solamente con su rostro.
Mi madre sonrió. Lo miró a los ojos y siguió trabajando. El viejo dejó las preguntas y salió de la oficina con su boleto para Santander en la mano.
De camino a casa, me contagió la misma duda del viejo.
—Mamá, ¿qué es ser asturiana?
—Ser español –contestó escuetamente, estaba claro que intentaba detener el caudal de preguntas con una respuesta breve, articulada en su tono indiferente.
—¿Y eres española? –no me detuve.
—No –me contestó con el mismo tono que le dedicó al viejo.
—¿Entonces por qué ese señor preguntó si…?
—Mira, no soy española, no somos españoles. Somos mexicanos. Eso es lo que importa –dijo en un tono resolutivo. No me atreví a seguir con mis preguntas.
Cuando llegamos a casa, y aprovechando que mi madre se dedicaría a preparar la cena, corrí a uno de los armarios donde mis padres guardaban el excedente de libros que teníamos en casa. Saqué uno delgado, de geografía, y busqué en el índice la región que apenas en la mañana se había inaugurado en mi mente: “As-tu-rias”. Ahí estaba, una pequeña porción de tierra al norte de España resaltada en un rojo brillante. Mi padre interrumpió súbitamente mi investigación. Con la sensación de haber sido descubierta, dije:
—Papá, Asturias es roja.
Me miró con ojos desorbitados, como quien no creyera lo que acababa de escuchar, y dijo:
—¿Cómo que es roja? ¡En esta casa no se usan esas palabras! ¿Dónde aprendiste eso? ¿Quién te lo dijo? –sus preguntas se volvían cada vez más violentas. Los gritos que se anudaban en su garganta se detuvieron cuando miró el pequeño mapa de España en el libro, con la porción asturiana enrojecida. Tomó el libro de mis manos y lo guardó.
—¿Por qué se te ha metido esta idea a la cabeza? ¿A cuenta de qué es que piensas en Asturias?
—Un señor le preguntó a mamá si era asturiana –intenté explicarme.
—¿Y qué dijo ella? –siguió preguntando, ahora mucho más calmado, cuidando las palabras que elegiría tras mi respuesta.
—Que no, que somos mexicanos.
—Sí, somos mexicanos y eso es lo que importa.
No entendí lo que quiso decir con esa última frase. ¿Por qué importaría tanto ser mexicanos si, a cada oportunidad, esgrimían sus quejas sobre el pobrísimo nivel educativo de este país? ¿Por qué importaría ser mexicano si, como sobremesa a la cena, criticaban el catolicismo tan arraigado de “esos guadalupanos”? Si algo quedaba claro en el transcurso de esas conversaciones, era que nosotros no éramos como ellos.
Tiempo después, dejé de pensar en el tema. No porque careciera de importancia, sino porque la imaginación de un niño, tan ágil y febril, revolotea como papalote por el cielo del mundo, ora interesada en esto, ora en esto otro; la atención constantemente distraída por todo lo que sucede en el mundo.
Regresé a clases al día siguiente y otra vez el tema de la diferencia se coló en mi realidad, cuando días más tarde, recibí un encargo para la clase de religión. Era una tarea sencilla: escribir, en una hoja de papel, la capilla donde había recibido el bautismo y el nombre del cura que se dirigió el oficio. Animada por el deber, esperé a que mi madre llegara del trabajo para preguntarle esos datos y responder el brevísimo cuestionario. Llegó por la noche, como siempre. La esperé toda la tarde, sabiendo de antemano que llegaría tarde. Me acerqué a ella, tan amorosa, para recibir el abrazo del día y unas cuantas caricias.
—¿Cómo te fue en la escuela? –preguntó como siempre, y sin embargo, jamás pensé que fuera una oración vacía, de esas que forzadas por la rutina de la cortesía se dicen a diario.
—Bien, me preguntaron en clase de religión unas cosas, tengo que hacer mi tarea para mañana, no la hice porque te estaba esperando porque… –dije en el tono excitado que les tan propio a los niños; atropellaba una oración con otra en el entusiasmo desbordado debido a todas las situaciones del día.
—¿Quieres que te ayude a hacerla? –interrumpió mi madre la atropellada algarabía.
—Sí –y tomé aire–. Tengo que saber dónde me bautizaron y… y… –me detuve mientras buscaba la pregunta en mi cuaderno de notas– …y qué sacerdote…
—No te bautizamos –respondió con el mismo tono escueto que días antes se había merecido el viejo y que, más tarde, me había ganado yo.
Preocupada por no cumplir con mis deberes, pregunté de nuevo y pregunté con insistencia. De niña, una de las cosas que más disparaban mi ansiedad era, precisamente, no hacer mi tarea. El espacio seguía en blanco, no había nada que anotar bajo las preguntas. Nadie creería que no me habían bautizado. Seguro pensarían que era una excusa y yo, una irresponsable.
—Mamá –dije muy enojada– tengo que hacer mi tarea. Por favor dime qué pongo, dime dónde me bautiz…
—¡Es que no te bautizamos! –subió el tono de voz–, acabo de decírtelo.
—¿Y qué le digo a la maestra? –dije todavía preocupada por el asunto.
—Dile que no te bautizamos –de nuevo había esgrimido el tono escueto. Supe que debía callarme.
Al día siguiente fui a la escuela con mi hoja en blanco escondida en el cuaderno. Caminaba preocupada y ansiosa. Cargaba el peso de mi pecho oprimido. Y lo peor era una extraña sensación que me aseguraba que todos sabían que no había hecho la tarea. Intenté esconder ese sentimiento, que en nada ayudaba y, en cambio, sí volvía evidente mi irresponsabilidad. Caminé con el cuaderno escondido en la mochila, escondida la mirada de los ojos de los otros. Nada había ya que pudiera hacer y, cuando llegó mi turno en clase de religión, dije:
—Dice mi mamá que no me bautizaron.
El salón entero permaneció como suspendido en el tiempo debido al efecto del silencio que arrolló todo movimiento posible. No los veía, pero sentía como un ejército de niños, comandado por la monja que era mi maestra, me miraban desde el lugar donde los había tomado el arrobo; me miraban, en su posición de firmes. El silencio era insoportable. Siempre he preferido gritos y reproches al silencio. Al menos un grito suele acompañarse de palabras, que prometen que el otro, al continuar la conversación, en algún punto de su torbellino encontrará la solución. En cambio, cuando no hay más por decir, no hay nada que hacer y todo está perdido. Al fin, la monja articuló un sonido que terminó con esa tortura:
—¿Sí sabes que los niños que no están bautizados se van al infierno?
Yo ni sabía qué era el infierno. Le dije que estaba bien. Supuse que, dentro de todo, no me había ido tan mal: no había recibido la humillación de un regaño y el silencio no había durado tanto. Me sentí aliviada. Después de clases, llegué a casa a encontrarme con mi madre.
La cena transcurrió con toda la normalidad que le es propia. Hablamos de otras cosas: del tráfico, de las tareas que había hecho por la tarde, de cuánto me gustaba mi clase de geografía. Animada por el tono amable de la conversación, pregunté:
—Mamá, ¿qué es el infierno?
—¿De dónde sacas esas cosas? ¿Por qué quieres saber qué es el infierno?
—Bueno, es que, ¿te acuerdas de la tarea para la clase de religión? ¡No me regañaron! –dije, comunicándole mi alivio–, sólo que la monja dijo que los niños que no estaban bautizados se iban al infierno.
Las palabras desencajaron los ojos de mi madre. Se quedó mirándome, absorta, en un silencio breve pero profundo, que inundó todo el comedor y tal vez, incluso, el piso de arriba.
—¡Te dijo qué!
—Que los niños que no estaban bau…
Y de ahí mi madre se lanzó a gritar improperios que, esos sí, definitivamente se escucharon por toda la casa. Decía cosas incomprensibles. Entendí algo de fanáticos. Entendí una aliteración entre “facha” y “mocho”. Mi padre, recién llegado del trabajo, fue recibido con esa erupción de ches contenida en casi todas las palabras que gritaba mi madre.
—¿Pero qué está pasando mujer? Calma –y se hizo el silencio.
Mi madre le explicó lo que acababa de suceder y, aunque seguía visiblemente molesta, su furia se había atemperado. De nuevo animada por la retirada del tono beligerante, le pregunté a mi padre:
—Bueno, entonces, ¿qué es el infierno? –intenté justificar mi pregunta para evitar otra irrupción de improperios con che– sólo quiero saber qué es porque es el lugar a dónde iré.
Mi padre mi dedicó una mirada de ternura y extrañamiento. Finalmente dijo:
—No te vas a ir al infierno. Nadie se va a ir al infierno. Ese lugar no existe.
—Bueno, pero, ¿qué es?
Mi padre sabía de antemano que no dejaría que se escapara con una respuesta tan sencilla. Creo que fue por eso que contestó:
—El infierno son las llamas del alma.
No esperaba ese tipo de respuesta. Sobre todo, no me decía mucho. Mi padre lo notó y siguió:
—Mira, se supone que las almas de los pecadores, una vez muertos en cuerpo, irán al infierno donde arderán eternamente.
La imagen era devastadora. ¿Fuego eterno? ¿Quemarse eternamente? ¿Y había salidas? Mejor aún, ¿había algo que evitara mi llegada al infierno? Resumí mis preguntas en una sola frase:
—Bueno, entonces, hay que bautizarme.
—No –dijo mi madre en su conocido tono determinante.
—¡Pero yo no me quiero ir al infierno! –dije esta vez genuinamente preocupada.
—No te vas a ir al infierno –dijo mi padre.
Interrumpió mi madre, y dijo francamente despectiva:
—Te puedes bautizar, si quie-res, cuando seas grande.
—¿Por qué no ahora? ¿Por qué no ahora si es urgente? –argumenté visiblemente contrariada.
—Mira, intentó explicar mi padre– ese lugar no existe. No existe como tal, así que no vas a ir. Es sólo una metáfora. Además, lo que dijo la monja no es correcto. Nosotros nos iríamos al infierno por no haberte bautizado.
Sobra decir que su respuesta no me dejó muy satisfecha: metáfora o no, alguien se quemaría eternamente. Sin embargo, muy ágiles, se habían enfrascaron en una de sus conversaciones de adultos que yo no podía interrumpir. Desistí del infierno y del fuego eterno y me fui a dormir.
Al día siguiente los dos me acompañaron a la escuela. Fueron directamente con la Madre Superiora. Después de una plática larga, que observé mientras fingía jugar en el patio, se acercaron a mí y me avisaron, notablemente alegres, que ya no tendría que asistir a la clase de religión. La verdad es que yo no quería zafarme de esa clase, me gustaba estudiar, me gustaba estudiar cualquier cosa. No dije nada e interpretaron mi silencio como aprobación.
El resto del año asistí todos los viernes a Misa. Esa no podía saltármela porque todos los maestros atendían y no podían dejarme sola deambulando por los pasillos de la escuela. Eso sí, me asignaron un nuevo lugar: al fondo de la capilla, en la última banca, sola y alejada de mis amigos. El primer día que me senté en mi nuevo lugar, un niño, formado en la fila para comulgar, susurró: “atea”.
*
Meses más tarde la madrina de mi madre enfermó. Fuimos a visitarla a su casa en la colonia Roma. Era una casa enorme, con escaleras negras de caracol y un barandal en espiral que me producía una ligerísima sensación de vértigo. Mientras esperaba a mis padres, que habían subido ya a su habitación, me divertía viendo la espiral de la escalera; provocándome náuseas mientras ascendía y descendía con mi mirada esa larga línea negra del barandal. Después escuché sus pisadas bajando por la escalera. Corrí al sillón y fingí haber estado sentada todo el tiempo. Mi madre, con los ojos vidriosos, me dijo:
—Puedes subir a verla. Es bueno que te despidas de ella.
Lo dijo en otro de sus tonos definitivos, sólo que este, nuevo para mí, no contenía la ira del otro; era un tono sosegado y doloroso, como si fuera su boca la que llorara y no sus ojos. Subí con miedo de ver a la madrina. Abrí la puerta y me calmé al ver a mi diminuta viejecita de siempre recostada sobre su cama. No parecía estar enferma. Tenía una sonrisa que le iluminaba toda la cara y una mirada que revelaba sus ganas de divertirse, era como una niña esperándome para la hora del juego, dispuesta a proponerme otra de sus travesuras. Me senté muy feliz sobre su cama. En verdad su sonrisa le iluminaba toda la cara.
—¿Cómo has estado, hija? –me dijo en esa voz tan diferente a la mía: mucho más grave, mucho más profunda. Pronunciaba mucho las jotas y las ges. Incluso parecía que hablar como el gorgoreo de las palomas: gorgorgorgorgorgor. Me divertía su manera de hablar.
—Bien madrina.
—¿Quieres que te muestre una cosa? Mira, te tengo un regalillo –dijo mientras sacaba del bolsillo de su falda una pequeña bolsa de tela, amarrada en el extremo con un cordón rojo. Fue ahí cuando noté que le había crecido un cerro en el pecho. Una enorme bola se le dibujaba debajo del vestido: una bola dura, muy grande y redonda. Supe que eso era el cáncer. Lo noté y regresé rápidamente mi mirada a sus ojos. Sabía, aunque nadie me lo había dicho, que no debía ver directamente a la bola en el pecho. Entonces descubrí la pequeña bolsita atada con un cordel rojo. La tomé de sus manos e intenté abrirla.
—Tira del cordel rojo –dijo con paciencia y dulzura.
Dentro había un par de conchas de madera oscura, perfectamente resanadas, muy lisas y brillantes, y sostenidas de los extremos por otro cordel rojo.
—Son castañuelas hija, y se usan para hacer música.
—¿Cas-ta-ñas?
Rió un poco.
—No, pero si tienes antojo, hay allá abajo. Podemos decirle a tu madre que nos tueste unas cuantas. A ver, repite conmigo: “Cas-ta-ñue-las”.
—Casta-ñuelas.
—Sí, mira, y se tocan así.
Se llevó las castañuelas a la mano derecha y con una rápida secuencia de movimientos le arrancó unos sonidos al par de conchas de madera. Parecían aplausos, pero un poco más ágiles y rápidos. Siguió sonando las castañuelas. Ahora parecían aplausos más agudos, como dulces y prolongados susurros. Tomó mi mano y metió uno de mis dedos en el cordel rojo, luego dijo:
—Debes mover ligeramente la muñeca y después, con el dedo corazón de la mano, golpear justo el centro de la castañuela.
Nos entretuvimos unos minutos más en mi primera y única lección de castañuelas. Más tarde llegó mi madre, anunciando que debíamos irnos. Detuve los pausados golpecitos que le daba a las conchas de madera, me acerqué a la madrina y le di un beso en la frente. Se veía igual de sonriente, pero un poco más cansada. No miré de nuevo la bola de su pecho. Me levanté de la cama y agradecí el regalo. Justo iba a salir del cuarto cuando me llamó de nuevo, acercó mi cara a la suya y susurró:
—Dales un poco más fuerte, que no te miedo pegarles. Estas castañuelas no se rompen. Son fuertes, las he traído de Asturias. ¿Has notado el cordel rojo que las sostiene?
Y como epílogo a esas palabras, me dedicó una última mirada de complicidad.
*
Pasé toda la infancia en la ambigüedad de mis orígenes y asumí, sin deberla ni quererla, la más combativa radicalidad atea. Con la adolescencia me fui volviendo cada vez más beligerante. Odié con mis padres a la religión, “el opio del pueblo”; y odié, con vehemencia inusitada, a todo aquel que hablara de sus abuelos españoles. Algo de rastrear líneas ascendentes en otras tierras me molestaba. Me enojaba esa búsqueda de una sustancia etérea que parecía, a pesar de su invisibilidad, reafirmar la identidad de los otros: los hijos de españoles, los nietos de españoles. Parecían una casta de exiliados, una generación perdida que, para escapar de la frustración y la melancolía, referían regiones que ninguno de nosotros conocía: Cataluña, Galicia, Castilla, Sevilla. Un día, algún conocido dijo ser orgulloso descendiente de Asturias. No pude contenerme, tomé una bocanada de aire y de golpe la expulsé de mi pecho mientras decía:
—No somos Asturias. Somos mexicanos, y eso es lo que importa.
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Explicación del cuento
Decidí escribir un cuento, y no un ensayo, porque me permitió, de manera más ágil y ojala más interesante y creativa, conjugar los elementos que aprendimos con las lecturas y las películas.
En primer lugar, el conflicto del cuento nace de retazos de conversaciones y de objetos cargados de significados. Lo hice de esta manera para apropiarme de la forma narrativa de la película El Sur, donde también una niña intenta descifrarse (a sí misma, a su padre, a su identidad y a su pasado), a partir de objetos cotidianos y de las ininteligibles conversaciones de los adultos. Su pasado y su identidad no se cuentan completos y de golpe, sino que van apareciendo fragmentos como pistas que el personaje principal debe interpretar para poder hilarse un relato propio; lo mismo hace mi personaje y creo que es una representación adecuada del proceso de memoria histórica española. Los objetos, en este caso, son: el mapa, el cordón rojo de las castañuelas, obviamente las castañuelas y el otro cordón rojo que cierra la bolsa donde se encuentran; todos ellos me parecen cargados de una emotividad española peculiar. Y si te fijas, todos ellos dicen España sin decirla. Y el color rojo aparece a lo largo de la trama para decir, también sin decirlo, la identidad oculta de la familia.
Ahora bien, me permito un breve paréntesis: utilicé gran parte de la lectura sobre el silencio porque me pareció importante resaltar que frecuentemente manifiesta una relación de poder; en especial de los padres a los niños. También la usé porque hablamos del silencio español sobre la Guerra Civil, y si te fijas la madre se rehúsa a abordar cualquier conversación que refiera a ello –de nuevo, como en la película impresionista de El Sur . Otro uso de este recurso está en los niños del salón de clases y la monja que, para rechazar y desaprobar, adoptan brevemente la técnica del silencio; esta última es mi metáfora de exilio, por parte de la sociedad al individuo distinto (¿asturiano, ateo y rojo?)
También me encargué de resaltar la identidad atea como lo que constantemente, y por desgracia, ha sido: aunque combativa, apenas una negación de la Iglesia Católica. Este punto me parece importantísimo, pero no pude desarrollarlo en el cuento porque habría sobrado. Michel Morey, en un hermoso libro titulado Pequeñas doctrinas de soledad, habla de un ateismo activo, de una propuesta con mayor contenido que la simple negación del catolicismo. En fin, regresando al tema: incluí la identidad atea para dar una pista sobre la ideología política de los padres. Y también porque siempre me ha parecido irónico que los ateos republicanos hayan salido de España para encontrarse con un país igual de ferviente en su catolicismo. De ahí que los padres, en su condición de exiliados (o de hijos de exiliados), acostumbrados a la combatividad de la negación, rechacen ser “como los guadalupanos”. Y, a la vez, siendo que México los acogió, se aferren a ello cuando dicen serlo (y que precisamente eso es lo importante). Me parece la expresión más adecuada de las contradicciones emocionales que provoca el exilio: no ser esto ni lo otro, todo animado por el deseo de volver a ser algo. Evidentemente, el rechazo que sufre la niña en la escuela, por no ser católica, es la expresión de la interpretación del catolicismo que venció en España (y en México). Ahora bien, cuando la madre dice que puede bautizarse de grande si quiere, enfaticé el “quieres” porque expresa una idea que tengo, desde que leí a Fromm, de la libertad, a saber: una cosa grandiosa que conlleva, necesariamente, el enfrentamiento con el resto de la sociedad –y el dolor que eso produce. Me parece que cuando la gente lucha tanto por su autonomía se vuelve muy combativa y expresa beligerantemente sus posturas debido al rechazo que ellos mismos sufrieron. En una nota: creo que es muy difícil decirse con tolerancia al otro cuando ese otro lo ha negado a uno. Y cuando el niño le dice: “Atea”, es una manera de recordar la película La lengua de las mariposas (cuando la gente grita: “¡Ateo!”, “¡Rojo!”). Y qué divertido y contradictorio que lo diga un niño y que lo diga en una Iglesia; lo que refuerza que es una interpretación espantosa del catolicismo, asumida como identidad política y no como lo que debería ser: una manera más de hallar trascendencia y de erigir la sociedad en el amor y la caridad (enseñanza fundamental de Cristo).
Hay otro juego con la identidad al principio del cuento: el aspecto físico de la madre quien, a pesar de querer negar con vehemencia su pasado, se la recuerda su propio rostro. Esto también me parece interesante porque en la lectura de Los niños perdidos del fascismo se hace una breve alusión al físico de la gente y su “relación médica” con el republicanismo. Aunque, y esto puedes entenderlo como sublimación psíquica del trauma, la madre se dedica precisamente a trabajar en una agencia de viajes española que, implícitamente, se encarga de regresar a los españoles exiliados a su patria; digo que es un intento, probablemente inconsciente, de reestablecer la conexión de los españoles con su tierra: la madre no hablará de ello, pero algo tiene que hacer la mujer para descargar toda esa tensión psíquica y resolver el duelo, ¿no crees?
Por otro lado, hago unos juegos de lenguaje para evidenciar la nacionalidad española de la madrina; esto puedes verlo en la referencia al gorgoreo, en el énfasis explícito en las jotas y en las ges. También ofrezco al lenguaje como pistas de identidad política cuando la madre hace aliteraciones de haches en “facho” y “mocho” (sin embargo, las escribí explícitamente como ches porque me parece que al decir hache se pierde la fuerza de la aliteración).
La escena de la madrina y las castañuelas (y las castañas: lapsus de niño que, inconscientemente, también dice España), es central porque ofrece una posible absorción, un poco más lírica y suave (menos iracunda) del pasado y de la identidad. Por otro lado, el rojo de las castañuelas dice República, dice marxismo, pero más que eso dice resistencia (aunque sea en un detalle tan privado y oculto como un cordón: eso dicen las lecturas de España y Chile, que la gente se repliega al ámbito privado; en ese sentido, la expresión de la identidad también debería aparecer en esas cosas pequeñas y significativas). Lo que la madrina ofrece es también una plataforma de resistencia frente a todo este mundo confuso (y que le provoca el vértigo en las escaleras –metáfora del psicoanálisis jungiano). Ofrece consuelo y, siendo que el último regalo es la complicidad en la sonrisa, se ofrece también la pertenencia (aunque sea breve y fugaz) a algo: a una familia, a una historia, a una identidad.
A pesar de ello, la niña termina de adolescente renegando de Asturias porque, frente a la sucesión repetida de eventos de negación en la infancia, me parecía que ese era el final adecuado. El evento de las castañuelas podría volverse epifanía que permitiera un relato distinto en cuanto a la construcción de identidad, pero la fuerza de los demás eventos la opaca y la oscurece. Ofrezco una salida intermedia entre el final feliz que supondría la epifanía y el final trágico y desgarrado que supone la repetición del rechazo y la negación con lo siguiente: en un pequeño lapsus inconsciente, la niña reconoce su identidad cuando dice: “No somos Asturias”. Y si te fijas nadie le dijo que ella lo fuera, alguien más hablaba de serlo y ella reaccionó con todo lo que inconscientemente es y sabe y con todo lo que conscientemente sabe y dice ser. El final es expresión de dos hilos: el conciente y el inconsciente. Por último, enfatizo de nuevo la violencia asumida en esa desintegración cuando dice: “somos mexicanos y eso es lo que importa”. La niña, por lo tanto, ha heredado todas las contradicciones de esa historia, de ese pasado y de esa identidad fragmentada. Y, claro está, que también es alusión a La lengua de las mariposas.
Me parece que todo esto: lenguaje, identidad religiosa, identidad política, objetos, fragmentos y narración, sintetizan de mejor manera una parte de lo que aprendimos en clase. La verdad es que también amparo mi cuento en otra razón: seguramente tendrás que leer muchísimos ensayos, te puedes distraer con este que pretende mostrarte lo mismo (esto es: que he leído, he aprendido y tengo comentarios) de otra manera. Y hago explícito todos los recursos del cuento (o la mayoría, si es que se me va alguno) porque, aunque no sea práctica acostumbrada, da para la reflexión de muchos puntos. Y porque me interesaba que vieras, de manera explícita, que el cuento está pensado desde las reflexiones y la introspección que frecuentemente pides.
