11.11.2009

Asturias es roja



Me permito el siguiente ejercicio: a continuación, un cuento; después, la explicación de cada uno de los elementos y recursos de ese cuento. Lo hago porque quisiera mostrar que nada en un relato es gratuito: todo está pensado (aunque esto no excluye que parta del terreno de lo sentido). Es una entrega para una clase, espero que perdonen las referencias a "lo aprendido", "las lecturas" y el hecho de que la explicación esté dirigida a mi profesora.


Asturias es roja



Solía acompañarla al trabajo cuando algún motivo de fuerza mayor me permitía excusarme de clases. Trabajaba en una agencia española de boletos. Todos los días recorría lo que alegaba ser una distancia formidable, del sur al centro de la ciudad; no me importaba el recorrido, me gustaba acompañarla. Me quedaba mirando su larga cabellera castaña que, iluminada por el sol de mediodía, me sorprendía con sus reflejos rubios y rojizos; su cabello era de muchos colores. Tenía una mirada amable y tierna que acompasaba sus palabras, siempre era cortés. Su piel blanca se adornaba de luces cuando reía espontáneamente, y su risa era plena y libre. Me quedaba mirando la pulcritud de su escritorio, el perfecto orden que imperaba en él: todo estaba en su lugar. Pese al noble argumento que reza que el comportamiento de los padres será automáticamente repetido por los niños, las virtudes no se heredan: mi mochila y mi habitación siempre se han rendido al desorden. La veía ir y venir por la oficina, siempre en control de cualquier incidente; siempre eficaz, siempre tan responsable. A cada rato entraban y salían españoles que pedían boletos para viajar a Madrid, a Pamplona, a Sevilla. Diligentemente, mi madre les ayudaba. Aquel día, un señor ya viejo, entró por la puerta principal y se sentó frente a su implacable escritorio. El señor quería un boleto para visitar a su familia que vivía en Santander. De pronto, el hombre se quedó mirándola, muy quieto, con la expresión de quien reconoce la familiaridad en un rostro ajeno.

—Disculpe usted –le dijo a mi madre–, probablemente pensará que es un terrible atrevimiento, pero simplemente soy incapaz de contener el impulso de preguntarle…

Al escucharlo, mi madre apartó la mirada de los papeles que tenía sobre el escritorio y lo vio directamente a los ojos, con el semblante de quien espera una pregunta que ya conoce. El viejo continuó:

—¿Es usted asturiana?
—No –contestó mi madre, determinante. Después corrigió la dureza de su respuesta con un par de risas nerviosas e intentó regresar a su trabajo, pero el viejo persistió en la pregunta.
—Perdone, no quería molestarla, es que sus facciones, su rostro, el color de su piel. Todo de usted me recuerda tanto a Santander y hace años que no sé nada de la Madre Patria; y usted, aquí, pareciera decirla toda de una vez, solamente con su rostro.
Mi madre sonrió. Lo miró a los ojos y siguió trabajando. El viejo dejó las preguntas y salió de la oficina con su boleto para Santander en la mano.

De camino a casa, me contagió la misma duda del viejo.
—Mamá, ¿qué es ser asturiana?
—Ser español –contestó escuetamente, estaba claro que intentaba detener el caudal de preguntas con una respuesta breve, articulada en su tono indiferente.
—¿Y eres española? –no me detuve.
—No –me contestó con el mismo tono que le dedicó al viejo.
—¿Entonces por qué ese señor preguntó si…?
—Mira, no soy española, no somos españoles. Somos mexicanos. Eso es lo que importa –dijo en un tono resolutivo. No me atreví a seguir con mis preguntas.

Cuando llegamos a casa, y aprovechando que mi madre se dedicaría a preparar la cena, corrí a uno de los armarios donde mis padres guardaban el excedente de libros que teníamos en casa. Saqué uno delgado, de geografía, y busqué en el índice la región que apenas en la mañana se había inaugurado en mi mente: “As-tu-rias”. Ahí estaba, una pequeña porción de tierra al norte de España resaltada en un rojo brillante. Mi padre interrumpió súbitamente mi investigación. Con la sensación de haber sido descubierta, dije:

—Papá, Asturias es roja.
Me miró con ojos desorbitados, como quien no creyera lo que acababa de escuchar, y dijo:
—¿Cómo que es roja? ¡En esta casa no se usan esas palabras! ¿Dónde aprendiste eso? ¿Quién te lo dijo? –sus preguntas se volvían cada vez más violentas. Los gritos que se anudaban en su garganta se detuvieron cuando miró el pequeño mapa de España en el libro, con la porción asturiana enrojecida. Tomó el libro de mis manos y lo guardó.
—¿Por qué se te ha metido esta idea a la cabeza? ¿A cuenta de qué es que piensas en Asturias?
—Un señor le preguntó a mamá si era asturiana –intenté explicarme.
—¿Y qué dijo ella? –siguió preguntando, ahora mucho más calmado, cuidando las palabras que elegiría tras mi respuesta.
—Que no, que somos mexicanos.
—Sí, somos mexicanos y eso es lo que importa.
No entendí lo que quiso decir con esa última frase. ¿Por qué importaría tanto ser mexicanos si, a cada oportunidad, esgrimían sus quejas sobre el pobrísimo nivel educativo de este país? ¿Por qué importaría ser mexicano si, como sobremesa a la cena, criticaban el catolicismo tan arraigado de “esos guadalupanos”? Si algo quedaba claro en el transcurso de esas conversaciones, era que nosotros no éramos como ellos.

Tiempo después, dejé de pensar en el tema. No porque careciera de importancia, sino porque la imaginación de un niño, tan ágil y febril, revolotea como papalote por el cielo del mundo, ora interesada en esto, ora en esto otro; la atención constantemente distraída por todo lo que sucede en el mundo.

Regresé a clases al día siguiente y otra vez el tema de la diferencia se coló en mi realidad, cuando días más tarde, recibí un encargo para la clase de religión. Era una tarea sencilla: escribir, en una hoja de papel, la capilla donde había recibido el bautismo y el nombre del cura que se dirigió el oficio. Animada por el deber, esperé a que mi madre llegara del trabajo para preguntarle esos datos y responder el brevísimo cuestionario. Llegó por la noche, como siempre. La esperé toda la tarde, sabiendo de antemano que llegaría tarde. Me acerqué a ella, tan amorosa, para recibir el abrazo del día y unas cuantas caricias.

—¿Cómo te fue en la escuela? –preguntó como siempre, y sin embargo, jamás pensé que fuera una oración vacía, de esas que forzadas por la rutina de la cortesía se dicen a diario.
—Bien, me preguntaron en clase de religión unas cosas, tengo que hacer mi tarea para mañana, no la hice porque te estaba esperando porque… –dije en el tono excitado que les tan propio a los niños; atropellaba una oración con otra en el entusiasmo desbordado debido a todas las situaciones del día.
—¿Quieres que te ayude a hacerla? –interrumpió mi madre la atropellada algarabía.
—Sí –y tomé aire–. Tengo que saber dónde me bautizaron y… y… –me detuve mientras buscaba la pregunta en mi cuaderno de notas– …y qué sacerdote…
—No te bautizamos –respondió con el mismo tono escueto que días antes se había merecido el viejo y que, más tarde, me había ganado yo.
Preocupada por no cumplir con mis deberes, pregunté de nuevo y pregunté con insistencia. De niña, una de las cosas que más disparaban mi ansiedad era, precisamente, no hacer mi tarea. El espacio seguía en blanco, no había nada que anotar bajo las preguntas. Nadie creería que no me habían bautizado. Seguro pensarían que era una excusa y yo, una irresponsable.
—Mamá –dije muy enojada– tengo que hacer mi tarea. Por favor dime qué pongo, dime dónde me bautiz…
—¡Es que no te bautizamos! –subió el tono de voz–, acabo de decírtelo.
—¿Y qué le digo a la maestra? –dije todavía preocupada por el asunto.
—Dile que no te bautizamos –de nuevo había esgrimido el tono escueto. Supe que debía callarme.

Al día siguiente fui a la escuela con mi hoja en blanco escondida en el cuaderno. Caminaba preocupada y ansiosa. Cargaba el peso de mi pecho oprimido. Y lo peor era una extraña sensación que me aseguraba que todos sabían que no había hecho la tarea. Intenté esconder ese sentimiento, que en nada ayudaba y, en cambio, sí volvía evidente mi irresponsabilidad. Caminé con el cuaderno escondido en la mochila, escondida la mirada de los ojos de los otros. Nada había ya que pudiera hacer y, cuando llegó mi turno en clase de religión, dije:
—Dice mi mamá que no me bautizaron.
El salón entero permaneció como suspendido en el tiempo debido al efecto del silencio que arrolló todo movimiento posible. No los veía, pero sentía como un ejército de niños, comandado por la monja que era mi maestra, me miraban desde el lugar donde los había tomado el arrobo; me miraban, en su posición de firmes. El silencio era insoportable. Siempre he preferido gritos y reproches al silencio. Al menos un grito suele acompañarse de palabras, que prometen que el otro, al continuar la conversación, en algún punto de su torbellino encontrará la solución. En cambio, cuando no hay más por decir, no hay nada que hacer y todo está perdido. Al fin, la monja articuló un sonido que terminó con esa tortura:
—¿Sí sabes que los niños que no están bautizados se van al infierno?
Yo ni sabía qué era el infierno. Le dije que estaba bien. Supuse que, dentro de todo, no me había ido tan mal: no había recibido la humillación de un regaño y el silencio no había durado tanto. Me sentí aliviada. Después de clases, llegué a casa a encontrarme con mi madre.
La cena transcurrió con toda la normalidad que le es propia. Hablamos de otras cosas: del tráfico, de las tareas que había hecho por la tarde, de cuánto me gustaba mi clase de geografía. Animada por el tono amable de la conversación, pregunté:

—Mamá, ¿qué es el infierno?
—¿De dónde sacas esas cosas? ¿Por qué quieres saber qué es el infierno?
—Bueno, es que, ¿te acuerdas de la tarea para la clase de religión? ¡No me regañaron! –dije, comunicándole mi alivio–, sólo que la monja dijo que los niños que no estaban bautizados se iban al infierno.
Las palabras desencajaron los ojos de mi madre. Se quedó mirándome, absorta, en un silencio breve pero profundo, que inundó todo el comedor y tal vez, incluso, el piso de arriba.
—¡Te dijo qué!
—Que los niños que no estaban bau…
Y de ahí mi madre se lanzó a gritar improperios que, esos sí, definitivamente se escucharon por toda la casa. Decía cosas incomprensibles. Entendí algo de fanáticos. Entendí una aliteración entre “facha” y “mocho”. Mi padre, recién llegado del trabajo, fue recibido con esa erupción de ches contenida en casi todas las palabras que gritaba mi madre.
—¿Pero qué está pasando mujer? Calma –y se hizo el silencio.
Mi madre le explicó lo que acababa de suceder y, aunque seguía visiblemente molesta, su furia se había atemperado. De nuevo animada por la retirada del tono beligerante, le pregunté a mi padre:
—Bueno, entonces, ¿qué es el infierno? –intenté justificar mi pregunta para evitar otra irrupción de improperios con che– sólo quiero saber qué es porque es el lugar a dónde iré.
Mi padre mi dedicó una mirada de ternura y extrañamiento. Finalmente dijo:
—No te vas a ir al infierno. Nadie se va a ir al infierno. Ese lugar no existe.
—Bueno, pero, ¿qué es?
Mi padre sabía de antemano que no dejaría que se escapara con una respuesta tan sencilla. Creo que fue por eso que contestó:
—El infierno son las llamas del alma.
No esperaba ese tipo de respuesta. Sobre todo, no me decía mucho. Mi padre lo notó y siguió:
—Mira, se supone que las almas de los pecadores, una vez muertos en cuerpo, irán al infierno donde arderán eternamente.
La imagen era devastadora. ¿Fuego eterno? ¿Quemarse eternamente? ¿Y había salidas? Mejor aún, ¿había algo que evitara mi llegada al infierno? Resumí mis preguntas en una sola frase:
—Bueno, entonces, hay que bautizarme.
—No –dijo mi madre en su conocido tono determinante.
—¡Pero yo no me quiero ir al infierno! –dije esta vez genuinamente preocupada.
—No te vas a ir al infierno –dijo mi padre.
Interrumpió mi madre, y dijo francamente despectiva:
—Te puedes bautizar, si quie-res, cuando seas grande.
—¿Por qué no ahora? ¿Por qué no ahora si es urgente? –argumenté visiblemente contrariada.
—Mira, intentó explicar mi padre– ese lugar no existe. No existe como tal, así que no vas a ir. Es sólo una metáfora. Además, lo que dijo la monja no es correcto. Nosotros nos iríamos al infierno por no haberte bautizado.
Sobra decir que su respuesta no me dejó muy satisfecha: metáfora o no, alguien se quemaría eternamente. Sin embargo, muy ágiles, se habían enfrascaron en una de sus conversaciones de adultos que yo no podía interrumpir. Desistí del infierno y del fuego eterno y me fui a dormir.

Al día siguiente los dos me acompañaron a la escuela. Fueron directamente con la Madre Superiora. Después de una plática larga, que observé mientras fingía jugar en el patio, se acercaron a mí y me avisaron, notablemente alegres, que ya no tendría que asistir a la clase de religión. La verdad es que yo no quería zafarme de esa clase, me gustaba estudiar, me gustaba estudiar cualquier cosa. No dije nada e interpretaron mi silencio como aprobación.
El resto del año asistí todos los viernes a Misa. Esa no podía saltármela porque todos los maestros atendían y no podían dejarme sola deambulando por los pasillos de la escuela. Eso sí, me asignaron un nuevo lugar: al fondo de la capilla, en la última banca, sola y alejada de mis amigos. El primer día que me senté en mi nuevo lugar, un niño, formado en la fila para comulgar, susurró: “atea”.

*

Meses más tarde la madrina de mi madre enfermó. Fuimos a visitarla a su casa en la colonia Roma. Era una casa enorme, con escaleras negras de caracol y un barandal en espiral que me producía una ligerísima sensación de vértigo. Mientras esperaba a mis padres, que habían subido ya a su habitación, me divertía viendo la espiral de la escalera; provocándome náuseas mientras ascendía y descendía con mi mirada esa larga línea negra del barandal. Después escuché sus pisadas bajando por la escalera. Corrí al sillón y fingí haber estado sentada todo el tiempo. Mi madre, con los ojos vidriosos, me dijo:

—Puedes subir a verla. Es bueno que te despidas de ella.

Lo dijo en otro de sus tonos definitivos, sólo que este, nuevo para mí, no contenía la ira del otro; era un tono sosegado y doloroso, como si fuera su boca la que llorara y no sus ojos. Subí con miedo de ver a la madrina. Abrí la puerta y me calmé al ver a mi diminuta viejecita de siempre recostada sobre su cama. No parecía estar enferma. Tenía una sonrisa que le iluminaba toda la cara y una mirada que revelaba sus ganas de divertirse, era como una niña esperándome para la hora del juego, dispuesta a proponerme otra de sus travesuras. Me senté muy feliz sobre su cama. En verdad su sonrisa le iluminaba toda la cara.

—¿Cómo has estado, hija? –me dijo en esa voz tan diferente a la mía: mucho más grave, mucho más profunda. Pronunciaba mucho las jotas y las ges. Incluso parecía que hablar como el gorgoreo de las palomas: gorgorgorgorgorgor. Me divertía su manera de hablar.
—Bien madrina.
—¿Quieres que te muestre una cosa? Mira, te tengo un regalillo –dijo mientras sacaba del bolsillo de su falda una pequeña bolsa de tela, amarrada en el extremo con un cordón rojo. Fue ahí cuando noté que le había crecido un cerro en el pecho. Una enorme bola se le dibujaba debajo del vestido: una bola dura, muy grande y redonda. Supe que eso era el cáncer. Lo noté y regresé rápidamente mi mirada a sus ojos. Sabía, aunque nadie me lo había dicho, que no debía ver directamente a la bola en el pecho. Entonces descubrí la pequeña bolsita atada con un cordel rojo. La tomé de sus manos e intenté abrirla.
—Tira del cordel rojo –dijo con paciencia y dulzura.
Dentro había un par de conchas de madera oscura, perfectamente resanadas, muy lisas y brillantes, y sostenidas de los extremos por otro cordel rojo.
—Son castañuelas hija, y se usan para hacer música.
—¿Cas-ta-ñas?
Rió un poco.
—No, pero si tienes antojo, hay allá abajo. Podemos decirle a tu madre que nos tueste unas cuantas. A ver, repite conmigo: “Cas-ta-ñue-las”.
—Casta-ñuelas.
—Sí, mira, y se tocan así.
Se llevó las castañuelas a la mano derecha y con una rápida secuencia de movimientos le arrancó unos sonidos al par de conchas de madera. Parecían aplausos, pero un poco más ágiles y rápidos. Siguió sonando las castañuelas. Ahora parecían aplausos más agudos, como dulces y prolongados susurros. Tomó mi mano y metió uno de mis dedos en el cordel rojo, luego dijo:
—Debes mover ligeramente la muñeca y después, con el dedo corazón de la mano, golpear justo el centro de la castañuela.
Nos entretuvimos unos minutos más en mi primera y única lección de castañuelas. Más tarde llegó mi madre, anunciando que debíamos irnos. Detuve los pausados golpecitos que le daba a las conchas de madera, me acerqué a la madrina y le di un beso en la frente. Se veía igual de sonriente, pero un poco más cansada. No miré de nuevo la bola de su pecho. Me levanté de la cama y agradecí el regalo. Justo iba a salir del cuarto cuando me llamó de nuevo, acercó mi cara a la suya y susurró:
—Dales un poco más fuerte, que no te miedo pegarles. Estas castañuelas no se rompen. Son fuertes, las he traído de Asturias. ¿Has notado el cordel rojo que las sostiene?
Y como epílogo a esas palabras, me dedicó una última mirada de complicidad.

*

Pasé toda la infancia en la ambigüedad de mis orígenes y asumí, sin deberla ni quererla, la más combativa radicalidad atea. Con la adolescencia me fui volviendo cada vez más beligerante. Odié con mis padres a la religión, “el opio del pueblo”; y odié, con vehemencia inusitada, a todo aquel que hablara de sus abuelos españoles. Algo de rastrear líneas ascendentes en otras tierras me molestaba. Me enojaba esa búsqueda de una sustancia etérea que parecía, a pesar de su invisibilidad, reafirmar la identidad de los otros: los hijos de españoles, los nietos de españoles. Parecían una casta de exiliados, una generación perdida que, para escapar de la frustración y la melancolía, referían regiones que ninguno de nosotros conocía: Cataluña, Galicia, Castilla, Sevilla. Un día, algún conocido dijo ser orgulloso descendiente de Asturias. No pude contenerme, tomé una bocanada de aire y de golpe la expulsé de mi pecho mientras decía:

—No somos Asturias. Somos mexicanos, y eso es lo que importa.



-----------------

Explicación del cuento


Decidí escribir un cuento, y no un ensayo, porque me permitió, de manera más ágil y ojala más interesante y creativa, conjugar los elementos que aprendimos con las lecturas y las películas.
En primer lugar, el conflicto del cuento nace de retazos de conversaciones y de objetos cargados de significados. Lo hice de esta manera para apropiarme de la forma narrativa de la película El Sur, donde también una niña intenta descifrarse (a sí misma, a su padre, a su identidad y a su pasado), a partir de objetos cotidianos y de las ininteligibles conversaciones de los adultos. Su pasado y su identidad no se cuentan completos y de golpe, sino que van apareciendo fragmentos como pistas que el personaje principal debe interpretar para poder hilarse un relato propio; lo mismo hace mi personaje y creo que es una representación adecuada del proceso de memoria histórica española. Los objetos, en este caso, son: el mapa, el cordón rojo de las castañuelas, obviamente las castañuelas y el otro cordón rojo que cierra la bolsa donde se encuentran; todos ellos me parecen cargados de una emotividad española peculiar. Y si te fijas, todos ellos dicen España sin decirla. Y el color rojo aparece a lo largo de la trama para decir, también sin decirlo, la identidad oculta de la familia.
Ahora bien, me permito un breve paréntesis: utilicé gran parte de la lectura sobre el silencio porque me pareció importante resaltar que frecuentemente manifiesta una relación de poder; en especial de los padres a los niños. También la usé porque hablamos del silencio español sobre la Guerra Civil, y si te fijas la madre se rehúsa a abordar cualquier conversación que refiera a ello –de nuevo, como en la película impresionista de El Sur . Otro uso de este recurso está en los niños del salón de clases y la monja que, para rechazar y desaprobar, adoptan brevemente la técnica del silencio; esta última es mi metáfora de exilio, por parte de la sociedad al individuo distinto (¿asturiano, ateo y rojo?)
También me encargué de resaltar la identidad atea como lo que constantemente, y por desgracia, ha sido: aunque combativa, apenas una negación de la Iglesia Católica. Este punto me parece importantísimo, pero no pude desarrollarlo en el cuento porque habría sobrado. Michel Morey, en un hermoso libro titulado Pequeñas doctrinas de soledad, habla de un ateismo activo, de una propuesta con mayor contenido que la simple negación del catolicismo. En fin, regresando al tema: incluí la identidad atea para dar una pista sobre la ideología política de los padres. Y también porque siempre me ha parecido irónico que los ateos republicanos hayan salido de España para encontrarse con un país igual de ferviente en su catolicismo. De ahí que los padres, en su condición de exiliados (o de hijos de exiliados), acostumbrados a la combatividad de la negación, rechacen ser “como los guadalupanos”. Y, a la vez, siendo que México los acogió, se aferren a ello cuando dicen serlo (y que precisamente eso es lo importante). Me parece la expresión más adecuada de las contradicciones emocionales que provoca el exilio: no ser esto ni lo otro, todo animado por el deseo de volver a ser algo. Evidentemente, el rechazo que sufre la niña en la escuela, por no ser católica, es la expresión de la interpretación del catolicismo que venció en España (y en México). Ahora bien, cuando la madre dice que puede bautizarse de grande si quiere, enfaticé el “quieres” porque expresa una idea que tengo, desde que leí a Fromm, de la libertad, a saber: una cosa grandiosa que conlleva, necesariamente, el enfrentamiento con el resto de la sociedad –y el dolor que eso produce. Me parece que cuando la gente lucha tanto por su autonomía se vuelve muy combativa y expresa beligerantemente sus posturas debido al rechazo que ellos mismos sufrieron. En una nota: creo que es muy difícil decirse con tolerancia al otro cuando ese otro lo ha negado a uno. Y cuando el niño le dice: “Atea”, es una manera de recordar la película La lengua de las mariposas (cuando la gente grita: “¡Ateo!”, “¡Rojo!”). Y qué divertido y contradictorio que lo diga un niño y que lo diga en una Iglesia; lo que refuerza que es una interpretación espantosa del catolicismo, asumida como identidad política y no como lo que debería ser: una manera más de hallar trascendencia y de erigir la sociedad en el amor y la caridad (enseñanza fundamental de Cristo).
Hay otro juego con la identidad al principio del cuento: el aspecto físico de la madre quien, a pesar de querer negar con vehemencia su pasado, se la recuerda su propio rostro. Esto también me parece interesante porque en la lectura de Los niños perdidos del fascismo se hace una breve alusión al físico de la gente y su “relación médica” con el republicanismo. Aunque, y esto puedes entenderlo como sublimación psíquica del trauma, la madre se dedica precisamente a trabajar en una agencia de viajes española que, implícitamente, se encarga de regresar a los españoles exiliados a su patria; digo que es un intento, probablemente inconsciente, de reestablecer la conexión de los españoles con su tierra: la madre no hablará de ello, pero algo tiene que hacer la mujer para descargar toda esa tensión psíquica y resolver el duelo, ¿no crees?
Por otro lado, hago unos juegos de lenguaje para evidenciar la nacionalidad española de la madrina; esto puedes verlo en la referencia al gorgoreo, en el énfasis explícito en las jotas y en las ges. También ofrezco al lenguaje como pistas de identidad política cuando la madre hace aliteraciones de haches en “facho” y “mocho” (sin embargo, las escribí explícitamente como ches porque me parece que al decir hache se pierde la fuerza de la aliteración).
La escena de la madrina y las castañuelas (y las castañas: lapsus de niño que, inconscientemente, también dice España), es central porque ofrece una posible absorción, un poco más lírica y suave (menos iracunda) del pasado y de la identidad. Por otro lado, el rojo de las castañuelas dice República, dice marxismo, pero más que eso dice resistencia (aunque sea en un detalle tan privado y oculto como un cordón: eso dicen las lecturas de España y Chile, que la gente se repliega al ámbito privado; en ese sentido, la expresión de la identidad también debería aparecer en esas cosas pequeñas y significativas). Lo que la madrina ofrece es también una plataforma de resistencia frente a todo este mundo confuso (y que le provoca el vértigo en las escaleras –metáfora del psicoanálisis jungiano). Ofrece consuelo y, siendo que el último regalo es la complicidad en la sonrisa, se ofrece también la pertenencia (aunque sea breve y fugaz) a algo: a una familia, a una historia, a una identidad.
A pesar de ello, la niña termina de adolescente renegando de Asturias porque, frente a la sucesión repetida de eventos de negación en la infancia, me parecía que ese era el final adecuado. El evento de las castañuelas podría volverse epifanía que permitiera un relato distinto en cuanto a la construcción de identidad, pero la fuerza de los demás eventos la opaca y la oscurece. Ofrezco una salida intermedia entre el final feliz que supondría la epifanía y el final trágico y desgarrado que supone la repetición del rechazo y la negación con lo siguiente: en un pequeño lapsus inconsciente, la niña reconoce su identidad cuando dice: “No somos Asturias”. Y si te fijas nadie le dijo que ella lo fuera, alguien más hablaba de serlo y ella reaccionó con todo lo que inconscientemente es y sabe y con todo lo que conscientemente sabe y dice ser. El final es expresión de dos hilos: el conciente y el inconsciente. Por último, enfatizo de nuevo la violencia asumida en esa desintegración cuando dice: “somos mexicanos y eso es lo que importa”. La niña, por lo tanto, ha heredado todas las contradicciones de esa historia, de ese pasado y de esa identidad fragmentada. Y, claro está, que también es alusión a La lengua de las mariposas.

Me parece que todo esto: lenguaje, identidad religiosa, identidad política, objetos, fragmentos y narración, sintetizan de mejor manera una parte de lo que aprendimos en clase. La verdad es que también amparo mi cuento en otra razón: seguramente tendrás que leer muchísimos ensayos, te puedes distraer con este que pretende mostrarte lo mismo (esto es: que he leído, he aprendido y tengo comentarios) de otra manera. Y hago explícito todos los recursos del cuento (o la mayoría, si es que se me va alguno) porque, aunque no sea práctica acostumbrada, da para la reflexión de muchos puntos. Y porque me interesaba que vieras, de manera explícita, que el cuento está pensado desde las reflexiones y la introspección que frecuentemente pides.

11.09.2009

2.

A H.



Humberto tiene un cuadro de cielo. Tiene como jardín un cielo de azul palidísimo, de nubes frondosas como copas de árboles copiosas. Tan vivo y móvil es su cielo que no es imagen de cielo sino el mismo cielo suspendido en su patio. Humberto tiene una parcela de cielo. Jardinero que lo cuida y lo cultiva con su mirada que sobre él posa delicada. Lo anega de sorpresa y lo riega en el reconocimiento absorto de la inmensidad de su proeza.
Humberto tiene un pedazo de cielo. Lo tiene encuadrado en su patio. En un instante su habitación sin techo se llena de viento. Resiste siempre viendo al cielo y al marco del cielo. Y es que Humberto es también velador del viento. Tierno guardián de una pequeñísima parcela de intimidad divina, a él tan gratuitamente regalada.
Humberto nada dice del cielo. Apenas habla su dichosa mirada. Es por eso que a ratos el cielo juega con él. Así lo entretiene cuando viste sus nubes de luz brillante. Así lo abraza cuando de súbito las tiñe de gris y así le habla cuando triste se embaraza de ceniza. En su jardín de cielo, Humberto vive en su habitación sin techo.

I.



Siempre evito los espejos de agua. Soy un peatón temeroso de encontrarse con el reflejo de su tristeza en los pantanos urbanos, aquellos sucios charcos iluminados de cielo ceniciento. He desarrollado la misteriosa habilidad de presentirlos. Siempre se esconden en las cornisas que forman las banquetas y el asfalto de las calles. Los espero ahí, en esas diminutas esquinas, y los salto. A veces, un semáforo en rojo me impide la rápida huída. Espero que el verde se encienda en su rostro de acero. Permanezco mirando su cara impávida y sus tres ojos. A veces el verde no llega pronto. Pero prefiero ver ese monstruo de tres ojos que ver la mía, reflejada en el agua encharcada. Sé lo que estoy haciendo. Sé que me evado y que evado el pasado. ¿Qué preferirían que hiciera? ¿Acaso debería permanecer absorta en una esquina mirándome en el espejo del suelo? ¿Acaso debería inaugurarlo ahora como ritual, como pausa introspectiva de mi andar? Sería demasiado extraño para los demás peatones, que por otro lado no parecen interesarse por nada. No importaría que me quedará mirándome en una intersección de calles. No les importaría, pero a mí sí. ¿Y si nunca escapara de ese trance? ¿Y si me quedara, como un narciso urbano, enraizada a una esquina de concreto? Formaría parte del paisaje urbano. El narciso citadino frente a su espejo de agua encharcada. Seguramente habría toda una fauna. Todavía no abre su ojo verde. ¿Cuánto tiempo más tendré que esperarlo? Me irrita su amarilla cabeza colgante; es la cabeza de un degollado, colgada de una delgadísima cuerda de acero, balanceada por el viento que se cuela entre montañas y edificios. No puedo seguir mirándola. Me mira y sabe que no quiero mirarme. No quiero explicarme frente a una cabeza colgante. Abajo estoy yo, esperándome. Prefiero recorrer con mi mirada los coches que esperan también al ojo verde. No hay a quién mirar: su identidad está ágilmente protegida por los parabrisas. Entonces veo a los que recorren las calles, a los autos en movimiento. Tampoco hay mucho que ver: pasan fugaces en su acostumbrada prisa urbana. No hay otra cosa más que changarros improvisados que apestan el aire con su manía de freír chicharrón y tortillas. Abajo estoy yo. Hoy no es un buen día para mirarme. Tal vez, cuando salga de mi próxima sesión de análisis lo haga. Tal vez, incluso, lo comente con mi analista. Tal vez… ¿pero cuándo demonios vendrá el verde? ¡Todo es culpa de los ineptos policías que juegan a ordenar el tráfico! ¿Por qué les hemos concedido una responsabilidad que evidentemente no saben ejercer? ¿Disponer de nuestro movimiento? ¿Ellos? ¿Esos uniformados baratos? ¡Qué tontería! Y, sin embargo, no me atrevería a decirles que los considero los gobernantes más caprichosos de mi cotidianeidad. El charco sigue ahí, no se ha ido, y el verde no llega. Me pregunto cómo se verá mi reflejo mirando a todos lados menos a mí. Me pregunto cómo y me gana la curiosidad. Me veo mirándome desde abajo, con el cielo cenizo de fondo. Tampoco estoy ahí. Al fin el verde, sigo caminando.

10.26.2009

México milleriano

A G.S.,
la escéptica de la esperanza del precipicio,
por las reflexiones sobre el vestíbulo del fin del mundo.



Hace algunas sesiones, mi terapia tomó matices sociales. El nuevo giro empezó cuando, tras mi sempiterna queja sobre el mundo, mi analista atinó un comentario terriblemente acertado. La mujer, que se ha sentado frente a un ejército de neuróticos a lo largo de su práctica profesional, me dijo que si tuviera que diferenciar entre los pacientes de mi generación y los de la anterior, diría, fundamentalmente, que los jóvenes neuróticos enfrentan un obstáculo desconocido para los viejos neuróticos. Tras sintetizar todos los relatos que ha escuchado, mi analista concluyó que ha sido sencillamente imposible que los jóvenes se desarrollen en un mundo socialmente dislocado. «Tu generación no conoce la esperanza. No esperan que algo cambie. Simplemente, dejaron, absolutamente, de creer en el cambio y en el futuro». No es la primera vez que escucho del nihilismo y sus males, pero sí es la primera vez que una persona me ofrece esta idea como conclusión de su experiencia directa. El innegable empirismo del aserto hizo que su diagnóstico social se cargara de una fuerza desconocida para la misma idea que esbozan tantos y tantos libros.
Y, claro está, le hablé de Henry Miller. Me parece que uno de los pocos aciertos de Trópico de Cáncer se encuentra en su dolorosa descripción de ese mundo de desintegración e inmundicia —material, pero sobre todo humana. El París de Miller: prostitución, drogas y seudo-artistas. Y las prostitutas de Miller nada tienen de glamoroso ni de extravagante. En nada concuerdan las tesis de prostitución y libertad femenina de Marta Lamas con esos objetos que intercambian maquinalmente sus fluidos con otros objetos. Y, honestamente, quien crea que en esos relatos se encuentran las tablas del erotismo debe releer el ensayo de Bataille. Apenas son cuerpos cliente y prostituta, y el erotismo presupone cuerpos y almas. Nadie jamás ha escrito una novela sobre el acto erótico entre un fax y una impresora. ¿Y qué decir de los artistas de su grupo? Unos completos farsantes refugiados en una trascendencia anclada más bien en la fama, y no, pese al propio Miller, en la magnificencia del lirismo. En suma, el Trópico es un mundo podrido poblado de objetos –insisto: y no de cuerpos y almas. Lo peor de ese mundo es que no termina. Debido a alguna inercia de origen desconocido, este mundo (que es el mismo de Miller) persiste en su agonía. Para muchos ya es momento de que estalle con violencia. El final está retrasado. Y no creo que una revolución metafísica, como las de Houellebecq, esté por reemplazar esta podredumbre. El mundo de hoy es un animal inútil, demasiado viejo como para atragantarse de veneno y demasiado cansado para revolucionar su metafísica. Todo parece que persistiremos en esta agonía por mucho tiempo.
Mientras tanto, voy a psicoanálisis cada lunes. Voy porque es la mejor vía que he conocido para sobrellevar-me. Vamos, con toda sinceridad, el hedonismo sexual y glotón de Miller no es para mí. Acaso sólo fueron diez hojas las que me conmovieron profundamente. Las diez únicas hojas en las que su proyecto artístico queda expuesto –mas no materializado, al menos en ese libro. Cabe decir que me sentí parte de un rebaño paralítico cuando lanza sus diatribas contras los hombres de ideas, secos de acción y de pasión. ¡Cuánto me habría gustado levantarme tras esas veinte páginas y hacer algo! Hacer algo, lo que sea. Lo importante es la acción. Sobra decir que nada hice. Seguí con ochenta hojas de un relato cuyo único hilo narrativo es la prepotencia de un autor que quiso ser Whitman. Miller sólo le sirve a Miller y a otros como Miller, esto es: a aquellos que han decidido construirse una vida en torno al individualismo norteamericano. Al grito de “sálvese quién pueda”, hordas de hombres se hacen de un discurso para agigantar su Yo en base de deseos sexuales. Está bien. Viva la tolerancia: que así lo haga quien lo desee, pero está claro que no tengo por qué seguir un proyecto que no me convence en lo absoluto. Poco me interesa convertirme en gigante mientras camino por la miseria de mi París, que para colmo de males es México.
Ahora bien, esto no significa que ingenuamente albergue esperanza alguna por un país que a diario se gana con creces el adjetivo de tercermundista –y otros peores, como el del país más absurdo del mundo: esto porque el único record que recuerde que hayamos vencido es el de “más personas bailando Thriller en el Zócalo”. No, no albergo esperanzas. Lo único que recuerdo de Monsiváis es lo siguiente: «tenemos la burguesía más estúpida de la historia». Esta sentencia, confirmada en todas las aulas de clase a las que, por desgracia, me he visto obligada a asistir, refuerza mi desesperanza. ¿Y qué podría decir de los cristianos? Sin duda alguna, J.S. es un hombre valiente: no cualquiera imprime miles de ejemplares de una revista cuyo motivo exegético es la esperanza (o la Esperanza, como les gusta decirle). Lo único evidente es lo siguiente: todos los críticos, laicos y cristianos, ateos y religiosos, gay y straight, que conozco están de acuerdo en un punto: el mundo muere. Y este es el feliz consenso de nuestra “democracia bicentenaria”.
Habiendo aclarado este innegable punto, tengo algunas preguntas para los nuevos, y viejos pero renovados, cristianos críticos –así dio en llamarles Aristegui. ¿Cómo piensan construir una comunidad a partir de una sociedad dislocada? ¿Acaso no tendrían que dedicar su número entero a contestar el Trópico de Cáncer de Henry Miller? Más que hacer elocuentes reseñas sobre libros, lo que quiero es una atenta lectura de este mundo degradado; y, claro está, una nota sobre las posibles vías para recuperar nuestras credenciales comunitarias. Sobre todo me preocupa que la conspiración sea simplemente otra osadía, extinta antes de poder desarrollarse en revolución metafísica. Me preocupa que, anulada por la inercia, su batalla literaria sea otra breve erupción de conciencia que se consume en la desesperación de autores y lectores. Y entonces, una llama no romperá las eternas tinieblas.
Pero regreso a psicoanálisis. «Lo mejor que uno puede hacer es construirse un ambiente de bondad a su alrededor.» Y es lo mejor porque esto ya es suficientemente difícil —pese a que, frente a las utopías renacentistas y modernas, apenas sea comparable con el exiguo movimiento de un meñique. La frase de mi analista me recuerda “la ética de las pequeñas acciones”, que bien podría llamarse la ética de lo diminuto. A diario, hay que decidir entre cosas que parecieran triviales pero que, en una irónica voltereta de las conclusiones de Adam Smith, sumadas decidirán nuestra salvación o nuestro irremediable desastre (léase, por favor, sin tono mesiánico). El efecto agregado de todas esas pequeñas decisiones se ilustra fácilmente en otro simple movimiento. Cada día, enfrentados al espantoso verano de octubre, decidimos encender o no encender el aire acondicionado. Diario claudicamos ante el insoportable calor otoñal –cosa ya bastante rara y apocalíptica– y concluimos que es mejor gozar de un buen clima dentro del auto que sofocarnos en nuestras chatarras motorizadas. Y diario, ese beneficio estuvo acompañado de un costo que, sumado, tiene consecuencias terribles; como que el verano se prolongue hasta diciembre. La ética de las pequeñas acciones señala, contra toda la intuición básica del pensamiento del liberalismo económico, que los individuos deben decidir lo contrario —en el ejemplo, no encender el aire acondicionado. Pero –y aquí es donde los eruditos del libre mercado se congratulan por su inteligencia–, por desgracia, no hay costos de corto plazo –esto es: inmediatos y visibles– que “desincentiven” ese diminuto movimiento de la mano que gira la perilla hacia “encendido”. Con todo, la imagen es irrisoria: afuera, un calor infernal; dentro, pequeños paraísos de temperatura templada. La imagen bien podría servir de metáfora de nuestros tiempos.
Ahora, construirse ese ambiente de bondad en la proximidad implicaría una secuencia de decisiones a favor del otro y del futuro –entidades demasiado abstractas para nuestro hiperindividualismo posmoderno. Parece que los economistas tendrán razón en esto: seguiremos encendiendo el aire acondicionado. Pero, acaso, si los costos se acumulan de manera impresionante, ¿no habrá un cambio antes de que nos arrojemos al precipicio definitivo? Y, ¿estarían de acuerdo los cristianos en esta esperanza del precipicio? Todo parece que tendremos que esperar a que se agote el agua y a que el calor nos sofoque. Y entonces, al borde de ese abismo, ¿decidiremos actuar, rompiendo finalmente con la inercia?
La máxima esperanza que albergo está al filo de ese precipicio.

10.12.2009

Sobre la luz

Más allá de filiaciones partidistas e ideológicas, más allá de las opiniones sobre la última y más escandalosa política del Presidente Felipe Calderón, esta entrada propone a la poesía como forma alternativa de información y de expresión. Y es que algo valioso añade lo poético a la abundancia de noticias, de columnas de opinión, de testimonios y de encuestas; este poema, en particular, agrega información sobre el tema al tiempo que lo hace de manera estética. Así, en este momento de coyuntura política, la poesía se revela de nuevo necesaria y bella.
En "El lugar de encuentro", columna escrita para la revista Opción, Javier Mardel analiza las razones de lo que podría llamarse “la ignorancia poética”, esto es: de los pocos lectores mexicanos, aún menos son lectores de poesía. Para Mardel cualquier actividad –incluida la lectura– se genera a partir de dos motivaciones: la necesidad y el placer; dice el autor: “Aquello que una persona busca es, siempre, o algo que necesita, o algo que le gusta”. La necesidad refiere al imperativo de encontrar información en torno a un tema de interés: “Si su necesidad del momento es, por decir algo, apaciguar la angustia existencial dándose alguna idea favorable de su futuro inmediato, entonces busca su horóscopo y lo lee, no sólo con verdadero interés, sino también con suma concentración”. En este preciso momento existe una imperiosa necesidad de encontrar información sobre LyFC –justo ahora, miles de usuarios introducen siglas y palabras relacionadas en los vastísimos buscadores de la Red. Aprovecho entonces la circunstancia política coyuntural para acercar a algunos de esos cibernautas al poema que encontrarán al final de esta introducción. Me ampara la siguiente esperanza: uno nunca sabe a qué lugares lo llevará la navegación del mar virtual; es posible que a través de complicadísimos vericuetos uno termine leyendo a Oscar de Pablo y su poema Sobre la luz.
Sobre la segunda condición, el placer de la lectura, preocupa sobre todo la percepción que suelen tener los lectores de los poetas, a saber: personajes eruditos que gustan de ocultar y dificultar la comprensión de un tema. No analizaré en esta entrada las virtudes de las alegorías y los vicios de la grandilocuencia. Mencionaré simplemente, para incluir una carnada suculenta a este anzuelo poético, que el siguiente texto no es uno de esos oscuros y enredados versos de los que nada se extrae. El poema dice y dice mucho. Esto no significa que el poema sea simplón ni burdo, por el contrario, es dueño de una gran riqueza metafórica y de una inusual potencia en sus imágenes visuales y auditivas. En esta combinación estética encontrará el lector su cuota de placer –suficiente, ojala, para continuar la lectura hasta el verso final.
Por último, agrego otro argumento para la lectura de Sobre la luz, a saber: el poema provoca reacciones. Sea que apoye o no el decreto del Presidente, el lector se verá afectado por su lectura. En el primer caso, es probable que al canto de la marcha le sigan insultos y maldiciones; incluso es posible que algún asustado clase-miedero se angustie por la inmensa oscuridad evocada por el poema e invocada por la huelga; tal vez algún esquirol se preocupe por entregar su valiosa plusvalía pese a la inmovilidad de los tranvías debida al gran apagón. Ahora bien, si el azar virtual arrojase a un ferviente sindicalista, la lectura de este poema le regalará ánimos y fuerza. Si no es soñar demasiado, podría pasar que las anunciadas marchas retomen algunos de estos versos para cantarlas en masa. ¡Y qué bella sería una marcha poética! Tal vez, bajo el influjo de lo lírico, los automovilistas la pasarían mejor en el tráfico que pronto provocarán las manifestaciones del SME. De cualquier forma, habrá nacido el vínculo poético.



Sobre la luz



Mírate nada más: Ninguna luz proviene
del dolor del agua.
Óyete recorrer su trama de pájaros cableados
del dolor de la carne al dolor de la vista,
de la lágrima al ojo,
torre a torre.
Mírate nada más, flujo de salamandras,
duro rumor de ajenjo, leche vertiginosa y avispera.

Arráncale a la rabia un respirar de azúcar
y exígele a los ojos de la ciudad
que callen,
que enmudezcan de amor los reflectores,
que los tranvías reposen
y que la tubería de los cruceros haga
cerrar el chorro tricolor del semáforo.
Que se ponga de pie la presa de Necaxa.

En la ausencia de luz,
las orejas cerradas florecen como huelgas,
las huelgas como orquídeas. Debajo de la sombra,
flores de la ciudad, se abren las vulvas
y ciegas agudizan su sentido del tacto.

Su oscuridad y su fragancia arriba;
arriba su calor; el switch
abajo
en defensa del trabajo. Basta ya de correr
del dolor de la carne al dolor de la vista,
esta carrera ajena de la lágrima al ojo. Basta ya de fluir
por este interminable pentagrama
con zapatos de pobre atados como notas,
hacia una luz ajena. No. Ninguna luz,
ninguna luz proviene del dolor del agua.
Toda la luz proviene del dolor de esta carne
que de tanto callarse está callosa. Mírate nada más,
manos de pobre.

Mírate nada más. Deja que tu silencio hecho de bocas
grite
nuestra luz, nuestra fuerza:
que nuestra Luz y Fuerza no está en venta;
si no quieren oír cómo se abre
la noche de la huelga como una vasta orquídea;
que vayan a vender a su chingada madre. Aquí no se ve nada;
aquí sólo transcurre un gato gigantesco
hecho todo de sombra, de asombro entre los cables;
aquí sólo camina
un callar detenido de vagones del metro
y nadie llega a tiempo a dar su plusvalía;
aquí no se ve nada; aquí sólo se siente
la sonrisa callosa y callejera
de una multitud nueva que escucha con los puños
y que sabe orientarse y caminar de noche;
aquí sólo se escucha un canto eléctrico
y el mugido del búfalo masivo;
aquí; aquí se ve
la fuerza
del SME.


Oscar de Pablo

9.30.2009

Tres poetas

Hoy, a las 5:00 pm en la Sala de Maestros del ITAM, se reunirán Francisco Segovia, María Baranda y José María Espinasa.
Presentan: Julián Meza y Sandra Barba

9.26.2009

La digestión del paranoico


Mucho se ha escrito ya sobre el efecto que el líder ejerce sobre la masa. Tantas veces se ha señalado y descrito este peculiar estado de inconsciencia, que cualquier reflexión que gravite en torno al poder arrojará, como primera impresión, el ya cansado asombro de los dialogantes frente al arrebato casi erótico que experimenta toda masa frente a su líder. Salvo por la afortunada excepción de Elías Canetti, permanece inexplorada una verdad que al menos debería despertar semejante nivel de atención y estudio. Sin embargo, y por el hecho mismo de permanecer inexplorada, una vez dicha generará inusitado asombro. Sin mayor preámbulo, esta verdad oculta puede expresarse en una frase brevísima, a saber: el poderoso es también un poseso, un poseso –claro está– del poder. Aunque me ocuparé de ello más adelante, baste decir, por ahora, que son muchas las circunstancias que ofrecen a la mirada del buen observador el espectáculo de posesión del poderoso; empero, sólo me ocuparé de una de ellas, a saber: de la circunstancia trazada por la acción conjunta de comer y digerir. Abundo entonces en la tesis principal que analizaré más tarde en el ámbito del comer. El poderoso es prenda del poder, esto es: la primera y más próxima presa del poder es el propio líder. De tal manera agarra el poder al hombre que incluso podría decirse que es éste, y no aquél, quien verdaderamente detenta un dominio. Esta multiplicidad de casos a los que hacía vaga referencia, parecieran señalar, contra las apariencias, que el hombre nada detenta. Y así digo que el poderoso es la primera presa.
Ante todo, el poderoso es presa de su situación: la privilegiada posición que ocupa le hace blanco de peligrosos y persistentes ataques. No tardarán los enemigos, disfrazados de corderos inocentes, en rodear al poderoso con la oculta intención de arrebatar al líder de su posición. Debido a que la invisibilidad es una de las estrategias más eficaces del acto de acechar, la amenaza de defenestración yace siempre, como condena, sobre el poderoso. Siempre presente está el riesgo de perderlo todo, en cualquier momento y a manos de cualquiera; sea que los usurpadores se manifiesten o no en forma clara. Es evidente que la situación engendra el más elevado nivel de sospecha en la psique del poderoso, quien deberá aguzar su mirada, vigilante y atenta, contra todas las máscaras y contra todos los gestos –por generosos y corteses que pretendan ser. El poderoso está atento, sobre todo, de la simulación, y su única salida es desenmascararla antes de que logre su cometido. La victoria, además de apostarse sobre la agilidad del poderoso-amenazado, se encuentra, sobre todo, en la capacidad de demostrarse invulnerable. Para resistir y desarticular los ataques, el poderoso deberá hacer un despliegue –también oculto o manifiesto, como se verá más adelante– que deje claro que sus capacidades rebasan por mucho al resto de los mortales. Una vez esbozada la situación de cerco del poderoso, es prudente citar aquella afirmación de Canetti que sirve como tesis a ilustrar en este ensayo¬, a saber: “La paranoia es, en el sentido literal de la palabra, la enfermedad del poder” . Queda claro que la situación del poderoso es muy cercana, casi podría decirse idéntica, a la del paranoico; por lo tanto, opera en el interior de ambos el mismo mecanismo: el delirio de grandeza.
Bastará para confirmar lo anterior, una fugaz enumeración de los síntomas del paranoico. En primer lugar, el enloquecido se sentirá dueño de una posición privilegiada, infinitamente superior a la del resto de los hombres –tómese esta como la primera manifestación de la manía de grandeza. A partir de la ilusión de ocupar semejante posición, se articula la idea central de su delirio, a saber: el ataque constante. Todos y todo simulan no ser enemigos. Todo y todos se acercan. Todo acecha. Al respecto, Freud apunta que “la paranoia disocia” ; con esto quiere decir que la unicidad de la amenaza se fragmenta en la multiplicidad rostros: una amenaza convierte a todos en enemigos. Ahora bien, dentro del delirio, el paranoico se siente el único capaz de detener el ataque que lo tiene cercado; es ésta la segunda manifestación de la manía de grandeza. Para derrotarlos, tendrá que demostrarse invulnerable, consiguiéndolo con toda seguridad si se erige como el último superviviente. Una vez enumerados, es posible aceptar que: “la única diferencia entre poderoso y paranoico es la situación del mundo exterior” , hacia el interior, sin embargo, el mecanismo de pensamiento del poderoso es idéntico al del delirio paranoico.
Una vez establecida la cercanía entre poderoso y paranoico, se revelan también una multiplicidad de circunstancias que ilustran el paralelismo establecido. Sin embargo, sólo me ocuparé de una, esperando que baste como ejemplo del mecanismo de pensamiento abordado, a saber: analizaré la circunstancia tejida por el acto de comer. La elección de descifrar los posibles significados de las comidas de los poderosos es más bien obvia una vez que se acepta, como Canetti, que: “La meta del poder es siempre incorporar y absorber” , y que el gesto corporal que más fielmente representa esta meta doble se encuentra, respectivamente, en el acto de comer y en el acto de digerir.
Ahora bien, en este punto resulta prudente introducir un matiz importantísimo. Las comidas de los poderosos, como se verá más adelante una vez expuestos los casos que sostienen la tesis de este ensayo, pueden clasificarse en dos: o bien se realiza un despliegue espectacular de la capacidad de comer, o bien, se oculta celosamente la necesidad biológica de alimento que experimenta el poderoso. Nótese que los dos movimientos –el despliegue y el repliegue– tienen por objetivo demostrar las capacidades infinitamente superiores, y por lo tanto insuperables, del líder.
La más exagerada exhibición del acto de comer del poderoso lo confirma como “el máximo comedor” , estatuto que (re)establece su posición privilegiada frente al resto de los mortales: sólo él puede comer más que los demás, y por esa razón es su líder indiscutible. Por otro lado, y en la situación contraria, el secreto que oculta la necesidad física del poderoso por el alimento genera una ilusión igualmente eficaz frente a súbditos y enemigos: el rey es tan poderoso que no necesita comer. A diferencia de los demás, el rey no está obligado a satisfacer las necesidades que resultan imperativas para los hombres. Mejor aún, el rey es tan poderoso que, en casos extremos, es casi incorpóreo, esto es: sólo el líder es capaz de despojarse de su cuerpo, y por eso ejerce su dominio sobre el resto.
A partir de los dos movimientos expuestos queda demostrada la tesis de este ensayo, a saber: exhibir y ocultar son dos momentos de un mismo mecanismo, que ante todo busca confirmar la posición privilegiada del poderoso frente al resto de los hombres. En otras palabras, ambas situaciones –que el líder pueda comer más que los demás o que sencillamente no necesite alimento alguno– crean, o restituyen, la distancia que separa al poderoso de los demás. Y es este gesto de superioridad el que se conoce como “manía de grandeza” y que tan frecuentemente se inscribe dentro del mecanismo del paranoico.


I. LA DIGESTIÓN EXHIBIDA

Imagínese la siguiente situación:
El poderoso decide organizar una fiesta, ser el anfitrión de un puñado de invitados cuidadosamente elegidos. La selección de invitados no es trivial. Entre ellos se cuenta un amplio grupo de servidores hasta ahora leales al poderoso, y un grupo, menor en número, que apenas empieza a definirse en función de su rivalidad contra el rey. Siervos y rivales, pero en especial éstos últimos, son la audiencia invitada a atestiguar el máximo poder del anfitrión, expresado a través de diferentes medios, pero sobre todo, encaminado a resaltar que él es el “máximo comensal”.
El poderoso es el máximo glotón, posee un estómago cuya ilimitada capacidad de digerir se hará patente en cada bocado que lleve a la boca. Vengan entonces los más variados entremeses y aperitivos, venga también el caldo exquisitamente preparado, vengan las ensaladas preparadas con los mejores frutos y vegetales del huerto más fino, ¡qué venga ya la carne roja!, vengan los dulcísimos manjares de los postres. Que venga todavía más bebida para tal cantidad de comida. Vengan los primeros, segundos, terceros e infinitos tiempos de la comida. Sólo el más poderoso será capaz de rebasar en gula y digestión al resto de sus invitados. El máximo glotón se complacerá de ver rendidos a sus comensales rivales en los primeros tiempos, pero ante todo, se congratulará de llegar, solo, al final de los tiempos.
Ahora bien, Canetti acepta que la misma situación se encuentra, mitigada y sofisticada, cuando no se es el mayor comensal. Es posible que el más poderoso no sea el máximo glotón, pero para conservar su posición deberá ser siempre el máximo proveedor. Toda la comida que se encuentra sobre las mesas, y la bebida que se vierte constantemente en las copas, está ahí gracias a él. Sólo a partir de la sucesión imparable de alimentos que él organiza y dirige es capaz de decir: “Yo proveeré”. Y claro está que mientras más sea capaz de proveer, mejor estarán sus súbditos y siervos. Cabe incluso la posibilidad de que sus rivales, frente al exorbitante despliegue de provisiones, acepten que se encuentran mejor bajo su dominio que sin él.
Y si esto no basta, queda el sempiterno recurso de la risa y de los alardes del habla y de la gesticulación. La voz del poderoso es la que más se escucha en la habitación; frente a ella, todos callan y atienden. Él dirige el sentido de la conversación, elige los temas a tratar y, claro está, que las conclusiones más sagaces y brillantes sólo pueden provenir de su boca bien abierta. El rey también gesticula y ríe. Es el de los más llamativos aspavientos, el de los más firmes gestos. Todos sus movimientos corporales, y todos sus ruidos, se articulan siempre desde la más férrea seguridad. Su cuerpo se vuelve exageración: es el de la voz más grave y atronadora, y el de la risa más contagiosa. Sólo el más poderoso puede permitirse este nivel de exageración sin siquiera rozar el ridículo.
Todo este despliegue de capacidades –esta exhibición desmesurada de alimento, bebida, habla, gestos y risa–, opera en torno a la lógica del derroche: el más poderoso puede gastar en exceso porque es el máximo poseedor. Y es éste y no otro el mensaje final que el anfitrión le impone a sus comensales invitados. Que cese entonces la sedición, que termine la rebeldía. Nadie hay en toda la habitación, representación miniaturizada del reino, que pueda superarlo. Nadie pudo vencerlo. Es el último superviviente. Esta victoria le asegura la posición privilegiada que antes de la fiesta se encontraba amenazada por rivales, y por los siervos que ya dudaban de las capacidades del rey. La demostración efectiva habrá cumplido su propósito, y el derroche estará justificado, si tras semejante comilona todos los invitados se sienten satisfechos de haber comido tanto y de que su líder haya comido más que ellos.


II. LA DIGESTIÓN OCULTA

Son dos los casos que ayudarán a ilustrar la digestión oculta, a saber: el caso angular para la teoría freudiana de la paranoia –expuesto en su totalidad en el libro Memorias de un enfermo de nervios – y las observaciones de los reyes africanos que Elías Canetti recupera en Masa y poder . Empecemos por el paranoico más famoso.
Daniel Schreber pasó siete años de su vida internado en dos clínicas por sufrir de un agudísimo trastorno de paranoia, al final de los cuales, realizó una descripción minuciosa del contenido de su delirio. Tal compilación de la enfermedad permitió a Freud estructurar importantes conceptos sobre el mecanismo de la paranoia, y a Canetti ilustrar su tesis sobre la relación entre poder y paranoia.
El primer rasgo que deseo enfatizar del delirio de Schreber es la acentuadísima situación de amenaza que éste creía vivir. La conspiración era absoluta: todos los hombres habían muerto; los poquísimos cuerpos que percibía eran apenas “hombres fugazmente esbozados” , cuya frágil presencia sólo podía responder al sistemático intento de engañar su entendimiento y así, derrotarlo y dominarlo. El responsable directo de conspiración era el Dr. Flechsig, su psiquiatra; sin embargo, la magnitud de la catástrofe anunciada y la maldad de semejante conspiración sólo podían obrar a través del más poderoso entre los poderosos: ¡Dios mismo era parte de la amenaza a la vida de Schreber! Se aceptara fácilmente que pocas situaciones podrían rozar siquiera el nivel de amenaza y cerco de la conspiración en la que este paranoico creía estar inmerso. La misma omnipresencia de Dios hacía que el acecho fuera absoluto, y si esto resultara de alguna manera insuficiente, el cuerpo de Schreber, estaba sujeto a la más estricta vigilancia dentro del sanatorio del Dr. Flechsig. En este caso de paranoia, la amenaza alcanza el más alto grado de disociación; esto es, la amenaza está presente y fragmentada en todas las personas, en todos los momentos y en todos los lugares. A partir de esto, se deduce que Schreber se cree “el único superviviente” y, por lo tanto, el último redentor posible de la humanidad. Claras están las características que comparte con el pensamiento de los poderosos, a saber: ocupa una posición privilegiada, se encuentra bajo ataque constante y sólo él puede defenderse de semejante cerco; la manía de grandeza se presenta en cada una de estas etapas de su paranoico soliloquio.
En algún momento de su delirio, Schreber pensará que la una manera de cumplir con la misión de redención –a él encargada por ser el último y el único hombre vivo– está en mostrarse absolutamente invulnerable: su cuerpo deberá transformarse y, de ser posible, eliminarse. Este afán por la incorporeidad se manifiesta en sus Memorias: “Había vivido mucho tiempo sin estómago, sin intestinos (…), con el tubo digestivo desgarrado” . Es evidente que esta parte de su delirio es importantísima para la meta de su salvación, a saber: la estrategia de ocultar su necesidad de alimento se configuró en la esperanza de aparecer absolutamente invulnerable ante Dios y el Dr. Flechsig. Si Schreber no tiene sistema digestivo, no necesita comer. Es el último hombre, pero también es más que todos los hombres que alguna vez vivieron. El más poderoso porque no necesita alimento. El único capaz de despojarse de su cuerpo y, por lo tanto, el vencedor final que lograría desarticular tan terrible conspiración.
Ahora bien, no es ocioso el detallado relato de semejante delirio: los reyes africanos suelen operar bajo la misma lógica. Se dice que el gobernante “poseen las fuerzas que brindan fertilidad al suelo. De él depende la prosperidad de los frutos de la tierra. A menudo también es el hacedor de la lluvia” ; esto es, el rey africano es el máximo proveedor. Sólo él es capaz de obligar el crecimiento de los alimentos; gracias a él, todo se expande y se multiplica. Había mencionado ya que la posición más privilegiada suele construirse paralelamente a la situación más amenazante. Es indiscutible el poder máximo que los reyes africanos detentan, por lo tanto, también es indiscutible que son los más amenazados. Su situación de cerco se parece a la del delirio de Schreber. Comparten también, la misma estrategia de defensa.
A menudo se dice del rey de Yukún en Nigeria que “[es] indebido hablar de su cuerpo o dar la impresión de que [tiene] un vientre humano ordinario” . Es regla inviolable que no se le pueda ver comer ni beber. A través de esta prohibición, que oculta el cuerpo del rey, se enfatiza la distancia más amplia –aquella brecha insalvable que lo separa definitivamente de los mortales, sus súbditos–: el rey no necesita comer ni beber. Es el único capaz, como Schreber, de despojarse de su cuerpo. El afán de inmaterialidad que comparten los defiende de los ataques, al tiempo que los vuelve vencedores indiscutibles debido a la confirmación de la posición más privilegiada, aquella de extrema invulnerabilidad, a saber: aquel que no tiene cuerpo, no morirá jamás. Frente a esta divisa, cualquier ataque prolongado resultaría absurdo por estar irremediablemente condenado a la derrota. Schreber y sus pares africanos son los últimos supervivientes y los más poderosos. La muerte misma no puede con ellos.


III. EXHIBIR Y OCULTAR

A partir de los ejemplos de los apartados anteriores, es posible establecer una conclusión: exhibir y ocultar la comida y la digestión son dos momentos de un mismo movimiento defensivo, que indiscutiblemente se inscribe dentro del delirio paranoico y, más precisamente, se vuelve representación de la manía de grandeza.
Nótese que en ambos casos está presupuesta la existencia del enemigo. El único par de diferencias entre las circunstancias que llevan a exhibir o a ocultar son: el nivel de amenaza y el grado de disociación del enemigo. El primer caso, en el cual se exhibe la digestión y la comida, el enemigo es fácilmente reconocible en un grupo de rivales; quienes, con rostro y nombre, son los principales invitados a la fiesta del poderoso. El exagerado banquete se organiza en torno a ellos con el único propósito de demostrar la superioridad indiscutible del anfitrión; el derroche servirá para confirmar su posición privilegiada. El máximo glotón, o el máximo proveedor, es el mejor de los mortales. Mejor aún, él mismo rebasa la frontera que cerca a la humanidad. Sus súbditos conocen y se sujetan a límites del cuerpo que él fácilmente supera. Su poder insuperable se fundamenta en la gula insuperable.
En el segundo caso también se presupone la existencia del enemigo, sin embargo, la amenaza para Schreber y los reyes africanos no se encuentra focalizada: los enemigos no tienen rostro, son todos los rostros; la amenaza no está en un lugar, acecha desde todos los rincones; el cerco se tiende todo el tiempo alrededor del poderoso. En estos ejemplos, la paranoia alcanza el nivel máximo de disociación de la amenaza. Huelga decir que el peligro más grave es el que se encuentra más disperso porque es imposible aprehenderlo en un sujeto. Está claro que la omnipresencia es también un rasgo de la inmaterialidad, y que ésta representa el más grave peligro. Frente a tal situación, sólo puede esperarse que el poderoso replique la estrategia de inmaterialidad a través de la incorporeidad. El rey oculta su condición humana. No necesita alimentos, pueda pasar sin beber días enteros; no es hombre, sino divinidad.
Queda claro entonces que ocultar y exhibir son dos técnicas de una misma estrategia: la invulnerabilidad que confirma la superioridad. Una u otra serán elegidas exclusivamente en función del nivel de amenaza y del grado de disociación del enemigo. Mientras más presencia tenga el cerco y más se multipliquen y metamorfoseen los enemigos, más tenderá el poderoso a ocultar su comida y la digestión. Por el contrario, si el enemigo es identificable en un rival con rostro, la amenaza es más débil, y el poderoso aún puede usar como estrategia el magnífico despliegue de sus capacidades corporales, pero sobrehumanas (porque puede comer más que todos los hombres).
Por último, estos ejemplos confirman una de las tesis más interesantes de Elías Canetti: la paranoia es la enfermedad del poder y, detrás del poder “está un único impulso profundo: el deseo de barrer a los demás para ser el único” . El máximo glotón, el máximo proveedor, el que ya ni siquiera es hombre. El último entre los últimos y el primero entre los primeros.