Naturalmente, a J.M.
Por nuestros esfuerzos, en innumerables conversaciones,
de hacer un uso ejemplar de la memoria, a Isa Gil.
They always say time changes things,
but actually you have to change them yourself.
Andy Warhol
but actually you have to change them yourself.
Andy Warhol
Siempre he desconfiado de aquel complaciente refrán que reza: “El tiempo cura todas las heridas”. Como si el tiempo fuese ungüento y el dolor, pasajero –y no la potencia intermitente, insoportable e inmensa, que conocemos. La pretendida síntesis entre sabiduría milenaria, de origen desconocido, y experiencia colectiva le atribuye al segundero un exorbitante poder curativo: como si cada tic fuera la redentora puntada de una aguja cauterizadora, como si cada tac fuese el hilo que clausurara la herida palpitante del pasado. Pero detengámonos un momento y concedámosle un favor al refrán: si éste fuese cierto, el doliente sólo tendría que esperar una sucesión precisa y predeterminada de tic-tac’s para que el reloj remendara el horror, para que el milagroso ungüento desvaneciera la sangre amoratada del golpe. No sucede así. Basta con admitir que los segunderos nunca han servido de agujas.
Por las noches, el que recuerda llena su mano de horas –sin saber muy bien qué hacer de ellas. Las separa, las cuenta y las pesa: todas miden lo mismo. La hora de ahora es tan larga como la hora de ayer y la de hace tiempo, como la de aquel momento. Y el minuto que dobló la vida y fracturó la esperanza es tan corto como el que esta noche acuna entre la cuenta de sus dedos. Ninguna luz proviene del paso del tiempo. Éste sólo atempera, a ratos, el dolor. El tiempo no es remedio. El hombre, así, despojado del uso de las facultades del alma, no halla en su transcurso nada más que horas, y toda la esterilidad que hay en ellas. Y, lo que resulta todavía más peligroso, el viejo refrán que aboga por él como mágico medicamento, termina por convertir a sujetos dolientes en pasivos dolorosos, arrebatándoles con ello todo vestigio de responsabilidad.
Aquello que es relevante entre el hombre y el tiempo es su interacción: la memoria es el campo en el que se baten cura y dolor, vida y muerte; presente, pasado y futuro. Y el maridaje perfecto de la memoria es la reflexión, ejercida por el uso activo de la razón. El tiempo no dice al hombre. La libertad humana está en decirse en el tiempo, en decir al tiempo y, a veces, en decirse sobre el tiempo.
En Los abusos de la memoria, Tzvetan Todorov, propone una definición de memoria precisamente en unos términos que obligan a la interacción útil entre hombre y tiempo; regresándole al primero, la libertad y la responsabilidad de las que se hallaba desprovisto: “[En cuanto a la memoria] los dos términos a contrastar son la supresión (el olvido) y la conservación; la memoria es, en todo momento y necesariamente, una interacción entre ambos”. Más allá de esto, agrega: “la memoria, como tal, es forzosamente una selección”. Y remata: “conservar sin elegir no es tarea de la memoria”. Las lacónicas líneas de Todorov atienden el tema que me interesa tratar en este escrito y que podría resumirse en una sola, pero vital, sentencia, a saber: la memoria es elección, es libertad, y, ante todo, está aparejada de la reflexión. ¿Qué eventos conservar y conmemorar? ¿Cuáles de ellos olvidar? ¿Qué momentos merecen ser revestidos de importancia? ¿Cuáles deben marginarse? La labor del memorista es una labor de selección; parecida a la de un sastre que, frente a la inmensa gaveta del tiempo, frente al pesado armario del pasado, elige qué cajones permanecerán abiertos y cuáles serán clausurados; qué cajones expurgar y cuáles merecen simplemente una revisión superficial.
Ahora bien, la selección implica una elección: la del criterio a partir del cuál se clasificara el pasado en las gavetas del recuerdo y del olvido. Es también tesis de Todorov decir que existen criterios para semejante labor. En particular, establece dos de ellos que lo llevarán a concluir sobre los usos y los abusos de la memoria. Todorov pone el acento donde fonéticamente adquiere mayor relevancia: recordar, ¿para qué? Y no, por el contrario, ¿para qué recordar? Esta última pregunta, con un énfasis tan distinto del de la primera, ya ha sido respondida por los sobrevivientes de las dictaduras –y las generaciones siguientes ya hemos aprendido de ellas que el olvido es otra forma de muerte. Sin embargo, y regresando al tema, quisiera mostrar en este ensayo –y a partir de un par de ejemplos–, que el recuerdo, por sí mismo, no adquiere la legitimidad que tan gratuitamente le concedemos, que tan fácilmente le hemos delegado. Por el contrario, el recuerdo está atado al uso que hacemos de él. Y siempre hay un fin oculto en la labor de selección. Es este criterio oscurecido el que ahora traigo a juicio.
Por las noches, el que recuerda llena su mano de horas –sin saber muy bien qué hacer de ellas. Las separa, las cuenta y las pesa: todas miden lo mismo. La hora de ahora es tan larga como la hora de ayer y la de hace tiempo, como la de aquel momento. Y el minuto que dobló la vida y fracturó la esperanza es tan corto como el que esta noche acuna entre la cuenta de sus dedos. Ninguna luz proviene del paso del tiempo. Éste sólo atempera, a ratos, el dolor. El tiempo no es remedio. El hombre, así, despojado del uso de las facultades del alma, no halla en su transcurso nada más que horas, y toda la esterilidad que hay en ellas. Y, lo que resulta todavía más peligroso, el viejo refrán que aboga por él como mágico medicamento, termina por convertir a sujetos dolientes en pasivos dolorosos, arrebatándoles con ello todo vestigio de responsabilidad.
Aquello que es relevante entre el hombre y el tiempo es su interacción: la memoria es el campo en el que se baten cura y dolor, vida y muerte; presente, pasado y futuro. Y el maridaje perfecto de la memoria es la reflexión, ejercida por el uso activo de la razón. El tiempo no dice al hombre. La libertad humana está en decirse en el tiempo, en decir al tiempo y, a veces, en decirse sobre el tiempo.
En Los abusos de la memoria, Tzvetan Todorov, propone una definición de memoria precisamente en unos términos que obligan a la interacción útil entre hombre y tiempo; regresándole al primero, la libertad y la responsabilidad de las que se hallaba desprovisto: “[En cuanto a la memoria] los dos términos a contrastar son la supresión (el olvido) y la conservación; la memoria es, en todo momento y necesariamente, una interacción entre ambos”. Más allá de esto, agrega: “la memoria, como tal, es forzosamente una selección”. Y remata: “conservar sin elegir no es tarea de la memoria”. Las lacónicas líneas de Todorov atienden el tema que me interesa tratar en este escrito y que podría resumirse en una sola, pero vital, sentencia, a saber: la memoria es elección, es libertad, y, ante todo, está aparejada de la reflexión. ¿Qué eventos conservar y conmemorar? ¿Cuáles de ellos olvidar? ¿Qué momentos merecen ser revestidos de importancia? ¿Cuáles deben marginarse? La labor del memorista es una labor de selección; parecida a la de un sastre que, frente a la inmensa gaveta del tiempo, frente al pesado armario del pasado, elige qué cajones permanecerán abiertos y cuáles serán clausurados; qué cajones expurgar y cuáles merecen simplemente una revisión superficial.
Ahora bien, la selección implica una elección: la del criterio a partir del cuál se clasificara el pasado en las gavetas del recuerdo y del olvido. Es también tesis de Todorov decir que existen criterios para semejante labor. En particular, establece dos de ellos que lo llevarán a concluir sobre los usos y los abusos de la memoria. Todorov pone el acento donde fonéticamente adquiere mayor relevancia: recordar, ¿para qué? Y no, por el contrario, ¿para qué recordar? Esta última pregunta, con un énfasis tan distinto del de la primera, ya ha sido respondida por los sobrevivientes de las dictaduras –y las generaciones siguientes ya hemos aprendido de ellas que el olvido es otra forma de muerte. Sin embargo, y regresando al tema, quisiera mostrar en este ensayo –y a partir de un par de ejemplos–, que el recuerdo, por sí mismo, no adquiere la legitimidad que tan gratuitamente le concedemos, que tan fácilmente le hemos delegado. Por el contrario, el recuerdo está atado al uso que hacemos de él. Y siempre hay un fin oculto en la labor de selección. Es este criterio oscurecido el que ahora traigo a juicio.
I. Memento: la literalidad de la memoria
Memory is treacherous.
Memento
Memento
La literalidad de la memoria se refiere a la repetición del pasado sin elaboración, esto es: una persona decide permanecer atada al pasado por un solo recuerdo y, en consecuencia, amarra su vida en una circularidad ciega e inútil; ciega porque el doliente es incapaz de ver más allá de ese trozo de pasado, inútil porque se despoja al pasado de cualquier otra función que no sea la de su incesante repetición. En este punto resulta conveniente recuperar la descripción de duelo irresuelto que tan acertadamente hace Nelly Richard y que parafraseo a continuación.
La pérdida imprime el vacío en el alma humana. La ausencia es el hueco que un golpe cava sobre la carne y que, después de un tiempo, se vuelve huella escrita sobre la tierra de la piel; un registro vivo del andar del pasado. En su etapa inicial, la pérdida es siempre un recuerdo redundante de lo que ayer estuvo aquí y de lo que hoy ha desaparecido. Es común que el hombre detenga y regrese su mirada absorta frente a la inconmensurabilidad de esa ausencia. Se piensa y sólo se piensa la pérdida. Mas la ausencia es contagiosa, una epidemia de nulidad que multiplica la desaparición de las cosas. Se pierden personas, se pierden palabras. Muy pronto el hombre enmudece: ya no es capaz de decirse, mucho menos de decir su pérdida. La incapacidad de articularla configura a la ausencia como hecho, y no como experiencia –toda experiencia nace de la interpretación de un suceso, y para interpretar es necesario articular. Un hombre así, que ha asistido al extermino de palabras y personas es incapaz de decirse a otros. En ese mundo despojado de significado y de interacción, el individuo asiste a la observación ensimismada del dolor, en un funeral que podría no culminar en el entierro.
Bien estaría que la melancolía y su pasividad fueran las únicas invitadas del luto, pero muy pronto acuden a las ceremonias mortuorias la rabia y el coraje –efectos del deseo frustrado, apuntaría Freud. Con un ligerísimo retraso, acude al funeral el detective iracundo del pasado: “Primero subrayo todas las causas y consecuencias de ese acto. Descubro a todas las personas que puedan estar vinculadas con el autor inicial de mi sufrimiento, y las acoso a su vez”*. Su reporte final es definitivo: todos son culpables, menos él, víctima indiscutida del horror provocado por los otros. En este giro, la persona doliente reconfigura su identidad en la de víctima: todo su presente está determinado por ese retazo del pasado y todo el futuro estará trazado por la rabia derivada de la ausencia, y dirigido a los culpables de esa ausencia; dice Todorov: “Establezco una continuidad entre el ser que fui y el que soy ahora, o el pasado y el presente de mi pueblo, y extiendo las consecuencias del trauma inicial a todos los instantes de mi existencia”.
Y sólo hay una víctima indiscutible. El detective iracundo está lejos de ser juez imparcial que atribuye y distribuye responsabilidades entre ambos bandos. El peritaje determina la exclusividad de la víctima. ¡Y Dios castigue a quien osara dudarlo! Interpretaciones alternativas, como pensar que el verdugo puede ser también una víctima, sólo demuestran la maldad de los otros; una ofensa más, sumada al extensísimo historial de ignominia que la verdadera y única víctima ha sufrido. Nadie más sufre, nadie más se duele. La víctima es insuperable, como insuperable es la tragedia que ha vivido. No hay remedios, no hay soluciones, ni hablar de concesiones. Paradójicamente, la victimización es otro sistema totalitario, equiparable a la intransigencia de los dictadores.
Un argumento parecido es el siguiente: un par de drogadictos irrumpen en una casa en busca de dinero. Leonard escucha el estruendo de golpes y caídas en el baño: están matando a su esposa. Sin dudarlo, entra al baño para defenderla; a cambio, consigue un golpe en la cabeza que lo despoja de su memoria a corto plazo. Lo último que escucha es el estertor de su esposa agonizante. Este momento define la vida de Leonard. Debido a su peculiar amnesia, es incapaz de registrar el transcurso del tiempo: cada día es la mañana siguiente al horror. El presente está completamente encadenado al pasado. En su dolor, decide vengar la muerte de su esposa. Claro está que, con la memoria amputada, debe escribir sus objetivos para no olvidarlos: decide tatuarse en la piel, con grandes y anchas letras negras, el nombre del asesino (un vago J. G.) y por qué debe matarlo. Pronto se hace de un amigo, J. Gammel, que le ayude a encontrar el asesino. Esta es la trama de Memento, un largometraje dirigido por Cristopher Nolan. A lo largo del filme, Leonard rastrea pistas para cumplir su objetivo. Me detengo en un par de parlamentos que revelan el concepto de memoria literal que emplea el personaje:
—Memory can change the shape of a room; it can change the color of a car. And memories can be distorted. They're just an interpretation, they're not a record, and they're irrelevant if you have the facts.
—Facts, not memories. That's how you investigate.
Una primera característica del uso literal de la memoria se refiere a la percepción que tiene la víctima sobre el suceso, a saber: no hay interpretaciones, sólo hechos. No es posible pensar que el mismo evento pueda abordarse desde otras perspectivas; su relato es el único y el verdadero porque está construido a partir de lo que concibe como hechos innegables e incontrovertibles. Aquí opera la anulación inicial de la otredad debida a la observación ensimismada del dolor.
Regreso al argumento del filme. Casi al final de la película, una vez que ha vengado la muerte de su esposa, J. Gammel decide hacerle una confesión a Leonard: no es la primera vez que castiga a los culpables de su pasado. En realidad, ha repetido el proceso de búsqueda y justicia por más de un año. No sólo ha matado al asesino de su esposa, sino a varios hombres que, por desgracia, compartían con él las vagas iniciales “J.G.” Incluso, agrega su amigo, Leonard ha dejado de saber quién es; el matiz es importante porque recuerda la observación anotada por Todorov: recuerda quién fue, pero no quién es, en qué se ha convertido a partir de la decisión de extender las consecuencias del trauma inicial a todos los instantes de su existencia. Por último, para salvaguardar el estatus privilegiado de víctima, Leonard decide no tatuarse la importante revelación. Y aquel que se atrevió a retar sus conceptos de pasado y de justicia, deberá ser eliminado. Reproduzco el parlamento que cierra la película:
—I'm not a killer. I'm just someone who wanted to make things right. Can't I just let myself forget what you've told me? (…) You think I just want another puzzle to solve? Another John G. to look for? You're John G. So you can be my John G… Will I lie to myself to be happy? In your case, Teddy…, yes, I will.
Además del ya mencionado totalitarismo de la víctima en cuanto a la posesión de la verdad, Memento es una película que ilustra varios aspectos de la literalidad de la memoria y del duelo no resuelto. En primer lugar tenemos la repetición incesante del evento traumático; durante toda la película, Leonard hace alusión a su esposa y al momento en el que murió. Sólo recuerda su vida hasta el momento de la tragedia y entiende su existencia a partir de ella. Es incapaz de asimilar nuevos días. Cada mañana es la mañana siguiente al horror. En la contemplación ensimismada de la pérdida, Leonard pierde la capacidad de vivir nuevas experiencias. Me parece que su pérdida de memoria puede ser entendida como una metáfora: la víctima entiende el presente exclusivamente en función del horror del pasado; el futuro, construido a partir de otra posibilidad, es impensable. El único futuro está en la venganza, entendida por la víctima como inofensiva y justa reparación del daño.
El problema con este uso de la memoria está en la equivalencia arbitraria entre justicia y violencia. Esta perspectiva de la memoria multiplica los horrores de la humanidad. La historia del crimen del hombre no se escribe exclusivamente con el asesinato incial, también registra la venganza de ese asesinato y a la venganza del asesinato que fue venganza, y así sucesivamente, ad nauseam. La necesidad de detener la espiral de venganza está ilustrada en uno de los primeros pasajes de la Biblia. Me refiero ahora al primer crimen de la historia.
De sobra conocido es que Caín, el primogénito de Adán y Eva, mata a su hermano Abel porque éste, y no aquel, era favorecido por Jehová. Después del asesinato, Dios se acerca a Caín y le comunica la consecuencia de su pecado. Ahora bien, Caín responde: “Mi castigo por el error es demasiado grande para llevarlo (…) y es cosa segura que cualquiera que me halle me matará”. Esto es: Caín teme las represalias de venganza que podrían terminar con su vida. Jehová resuelve el asunto de la siguiente manera: “Por esa razón, cualquiera que mate a Caín tiene que sufrir venganza siete veces”. Ahora bien, hay dos interpretaciones de este pasaje.
En una lectura económica del asunto, Jehová, sabiendo que el hombre es dado a la venganza y preocupado por la multiplicación del pecado y de la violencia, decide imponer un castigo siete veces mayor a quien se atreva a matar a Caín; bien puede pensarse ese enorme castigo como desincentivo a la violencia. Ahora me permito hacer otra lectura del mismo pasaje. La frase “cualquiera que mate a Caín tiene que sufrir venganza siete veces” también puede ser una metáfora de la espiral de violencia que la venganza desata en el hombre: a un asesinato le siguen siete en venganza, y a esos siete les siguen cuarenta y siete. Establezco, entonces, lo siguiente: la venganza siempre es violencia y, no sólo eso, es el multiplicador de la violencia.
En el caso de Leonard, en Memento, la pretendida reparación del daño se convierte en la absurda venganza que lo vuelve asesino. Y es que “alguien debe pagar, quien sea”. La proclama por saldar cuentas puede fácilmente terminar en eventos tanto o más devastadores que el original. Además, la repetición de la venganza está indudablemente unida con la redundancia de la mirada obsesionada con la pérdida, que continúa recreando la tragedia. Esta repetición queda brillantemente expuesta en uno de los poemas más célebres de Paul Celan:
Leche negra del alba la bebemos al atardecer
la bebemos al mediodía y a la mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
(…)
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana y al mediodía te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
(…)
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y a la mañana te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
(…)
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un amo de Alemania
te bebemos al atardecer y a la mañana te bebemos
y bebemos la muerte es un amo de Alemania su ojo es azul
(…)
Claro está que, en una primera lectura, Celan habla del crimen vivido a diario y perpetrado por el nazismo; crímenes que, pese a su cotidianeidad no pierden un ápice de su devastación en el alma humana. Sin embargo, otra lectura del poema –una que sirve al propósito de mi tesis– podría ser la siguiente: en los versos de Fuga de muerte asistimos a la repetición del pasado. En breve, una fuga es la repetición de un fragmento a lo largo de la obra musical. El punto nodal está en lo siguiente: el poema de Celan termina con un punto final, en cambio, el que vive un duelo no resuelto borra ese punto y al llegar al último verso, comienza a recitarlo de nuevo; precisamente en la circularidad ciega e inútil de la que hablaba al principio de este apartado.
Esta repetición deriva en un desdoblamiento del tiempo: el objetivo, el que marca el segundero, definitivamente pasa: hace más de un año que Leonard ha vengado a su esposa; sin embargo, la recurrencia del pasado en la mente de la víctima hace que, subjetivamente, no se perciba tránsito alguno. Cada día es el mismo, “bebemos y bebemos”. El pasado se vuelve insuperable y la persona sólo siente su dolor, sólo se siente a sí misma.
De ahí que el simple transcurso del tiempo no sea remedio. Si se pretende que el pasado construya al presente (y al futuro), es preciso “trabajarlo”. Por otro lado, al admitir que la memoria es selección, queda revelado que la víctima, pese a sus alegatos, no es aquel pasivo hombre que asiste a la repetición de un evento. Por el contrario, es un sujeto que deliberadamente elije regresar y regresar, oscureciendo cualquier momento que pudiera retar la identidad erigida desde la redundancia del dolor. Y de esta forma, resulta evidente que el criterio de literalidad del pasado puede fácilmente volverse abuso de la memoria.
La pérdida imprime el vacío en el alma humana. La ausencia es el hueco que un golpe cava sobre la carne y que, después de un tiempo, se vuelve huella escrita sobre la tierra de la piel; un registro vivo del andar del pasado. En su etapa inicial, la pérdida es siempre un recuerdo redundante de lo que ayer estuvo aquí y de lo que hoy ha desaparecido. Es común que el hombre detenga y regrese su mirada absorta frente a la inconmensurabilidad de esa ausencia. Se piensa y sólo se piensa la pérdida. Mas la ausencia es contagiosa, una epidemia de nulidad que multiplica la desaparición de las cosas. Se pierden personas, se pierden palabras. Muy pronto el hombre enmudece: ya no es capaz de decirse, mucho menos de decir su pérdida. La incapacidad de articularla configura a la ausencia como hecho, y no como experiencia –toda experiencia nace de la interpretación de un suceso, y para interpretar es necesario articular. Un hombre así, que ha asistido al extermino de palabras y personas es incapaz de decirse a otros. En ese mundo despojado de significado y de interacción, el individuo asiste a la observación ensimismada del dolor, en un funeral que podría no culminar en el entierro.
Bien estaría que la melancolía y su pasividad fueran las únicas invitadas del luto, pero muy pronto acuden a las ceremonias mortuorias la rabia y el coraje –efectos del deseo frustrado, apuntaría Freud. Con un ligerísimo retraso, acude al funeral el detective iracundo del pasado: “Primero subrayo todas las causas y consecuencias de ese acto. Descubro a todas las personas que puedan estar vinculadas con el autor inicial de mi sufrimiento, y las acoso a su vez”*. Su reporte final es definitivo: todos son culpables, menos él, víctima indiscutida del horror provocado por los otros. En este giro, la persona doliente reconfigura su identidad en la de víctima: todo su presente está determinado por ese retazo del pasado y todo el futuro estará trazado por la rabia derivada de la ausencia, y dirigido a los culpables de esa ausencia; dice Todorov: “Establezco una continuidad entre el ser que fui y el que soy ahora, o el pasado y el presente de mi pueblo, y extiendo las consecuencias del trauma inicial a todos los instantes de mi existencia”.
Y sólo hay una víctima indiscutible. El detective iracundo está lejos de ser juez imparcial que atribuye y distribuye responsabilidades entre ambos bandos. El peritaje determina la exclusividad de la víctima. ¡Y Dios castigue a quien osara dudarlo! Interpretaciones alternativas, como pensar que el verdugo puede ser también una víctima, sólo demuestran la maldad de los otros; una ofensa más, sumada al extensísimo historial de ignominia que la verdadera y única víctima ha sufrido. Nadie más sufre, nadie más se duele. La víctima es insuperable, como insuperable es la tragedia que ha vivido. No hay remedios, no hay soluciones, ni hablar de concesiones. Paradójicamente, la victimización es otro sistema totalitario, equiparable a la intransigencia de los dictadores.
Un argumento parecido es el siguiente: un par de drogadictos irrumpen en una casa en busca de dinero. Leonard escucha el estruendo de golpes y caídas en el baño: están matando a su esposa. Sin dudarlo, entra al baño para defenderla; a cambio, consigue un golpe en la cabeza que lo despoja de su memoria a corto plazo. Lo último que escucha es el estertor de su esposa agonizante. Este momento define la vida de Leonard. Debido a su peculiar amnesia, es incapaz de registrar el transcurso del tiempo: cada día es la mañana siguiente al horror. El presente está completamente encadenado al pasado. En su dolor, decide vengar la muerte de su esposa. Claro está que, con la memoria amputada, debe escribir sus objetivos para no olvidarlos: decide tatuarse en la piel, con grandes y anchas letras negras, el nombre del asesino (un vago J. G.) y por qué debe matarlo. Pronto se hace de un amigo, J. Gammel, que le ayude a encontrar el asesino. Esta es la trama de Memento, un largometraje dirigido por Cristopher Nolan. A lo largo del filme, Leonard rastrea pistas para cumplir su objetivo. Me detengo en un par de parlamentos que revelan el concepto de memoria literal que emplea el personaje:
—Memory can change the shape of a room; it can change the color of a car. And memories can be distorted. They're just an interpretation, they're not a record, and they're irrelevant if you have the facts.
—Facts, not memories. That's how you investigate.
Una primera característica del uso literal de la memoria se refiere a la percepción que tiene la víctima sobre el suceso, a saber: no hay interpretaciones, sólo hechos. No es posible pensar que el mismo evento pueda abordarse desde otras perspectivas; su relato es el único y el verdadero porque está construido a partir de lo que concibe como hechos innegables e incontrovertibles. Aquí opera la anulación inicial de la otredad debida a la observación ensimismada del dolor.
Regreso al argumento del filme. Casi al final de la película, una vez que ha vengado la muerte de su esposa, J. Gammel decide hacerle una confesión a Leonard: no es la primera vez que castiga a los culpables de su pasado. En realidad, ha repetido el proceso de búsqueda y justicia por más de un año. No sólo ha matado al asesino de su esposa, sino a varios hombres que, por desgracia, compartían con él las vagas iniciales “J.G.” Incluso, agrega su amigo, Leonard ha dejado de saber quién es; el matiz es importante porque recuerda la observación anotada por Todorov: recuerda quién fue, pero no quién es, en qué se ha convertido a partir de la decisión de extender las consecuencias del trauma inicial a todos los instantes de su existencia. Por último, para salvaguardar el estatus privilegiado de víctima, Leonard decide no tatuarse la importante revelación. Y aquel que se atrevió a retar sus conceptos de pasado y de justicia, deberá ser eliminado. Reproduzco el parlamento que cierra la película:
—I'm not a killer. I'm just someone who wanted to make things right. Can't I just let myself forget what you've told me? (…) You think I just want another puzzle to solve? Another John G. to look for? You're John G. So you can be my John G… Will I lie to myself to be happy? In your case, Teddy…, yes, I will.
Además del ya mencionado totalitarismo de la víctima en cuanto a la posesión de la verdad, Memento es una película que ilustra varios aspectos de la literalidad de la memoria y del duelo no resuelto. En primer lugar tenemos la repetición incesante del evento traumático; durante toda la película, Leonard hace alusión a su esposa y al momento en el que murió. Sólo recuerda su vida hasta el momento de la tragedia y entiende su existencia a partir de ella. Es incapaz de asimilar nuevos días. Cada mañana es la mañana siguiente al horror. En la contemplación ensimismada de la pérdida, Leonard pierde la capacidad de vivir nuevas experiencias. Me parece que su pérdida de memoria puede ser entendida como una metáfora: la víctima entiende el presente exclusivamente en función del horror del pasado; el futuro, construido a partir de otra posibilidad, es impensable. El único futuro está en la venganza, entendida por la víctima como inofensiva y justa reparación del daño.
El problema con este uso de la memoria está en la equivalencia arbitraria entre justicia y violencia. Esta perspectiva de la memoria multiplica los horrores de la humanidad. La historia del crimen del hombre no se escribe exclusivamente con el asesinato incial, también registra la venganza de ese asesinato y a la venganza del asesinato que fue venganza, y así sucesivamente, ad nauseam. La necesidad de detener la espiral de venganza está ilustrada en uno de los primeros pasajes de la Biblia. Me refiero ahora al primer crimen de la historia.
De sobra conocido es que Caín, el primogénito de Adán y Eva, mata a su hermano Abel porque éste, y no aquel, era favorecido por Jehová. Después del asesinato, Dios se acerca a Caín y le comunica la consecuencia de su pecado. Ahora bien, Caín responde: “Mi castigo por el error es demasiado grande para llevarlo (…) y es cosa segura que cualquiera que me halle me matará”. Esto es: Caín teme las represalias de venganza que podrían terminar con su vida. Jehová resuelve el asunto de la siguiente manera: “Por esa razón, cualquiera que mate a Caín tiene que sufrir venganza siete veces”. Ahora bien, hay dos interpretaciones de este pasaje.
En una lectura económica del asunto, Jehová, sabiendo que el hombre es dado a la venganza y preocupado por la multiplicación del pecado y de la violencia, decide imponer un castigo siete veces mayor a quien se atreva a matar a Caín; bien puede pensarse ese enorme castigo como desincentivo a la violencia. Ahora me permito hacer otra lectura del mismo pasaje. La frase “cualquiera que mate a Caín tiene que sufrir venganza siete veces” también puede ser una metáfora de la espiral de violencia que la venganza desata en el hombre: a un asesinato le siguen siete en venganza, y a esos siete les siguen cuarenta y siete. Establezco, entonces, lo siguiente: la venganza siempre es violencia y, no sólo eso, es el multiplicador de la violencia.
En el caso de Leonard, en Memento, la pretendida reparación del daño se convierte en la absurda venganza que lo vuelve asesino. Y es que “alguien debe pagar, quien sea”. La proclama por saldar cuentas puede fácilmente terminar en eventos tanto o más devastadores que el original. Además, la repetición de la venganza está indudablemente unida con la redundancia de la mirada obsesionada con la pérdida, que continúa recreando la tragedia. Esta repetición queda brillantemente expuesta en uno de los poemas más célebres de Paul Celan:
Leche negra del alba la bebemos al atardecer
la bebemos al mediodía y a la mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
(…)
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana y al mediodía te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
(…)
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y a la mañana te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
(…)
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un amo de Alemania
te bebemos al atardecer y a la mañana te bebemos
y bebemos la muerte es un amo de Alemania su ojo es azul
(…)
Claro está que, en una primera lectura, Celan habla del crimen vivido a diario y perpetrado por el nazismo; crímenes que, pese a su cotidianeidad no pierden un ápice de su devastación en el alma humana. Sin embargo, otra lectura del poema –una que sirve al propósito de mi tesis– podría ser la siguiente: en los versos de Fuga de muerte asistimos a la repetición del pasado. En breve, una fuga es la repetición de un fragmento a lo largo de la obra musical. El punto nodal está en lo siguiente: el poema de Celan termina con un punto final, en cambio, el que vive un duelo no resuelto borra ese punto y al llegar al último verso, comienza a recitarlo de nuevo; precisamente en la circularidad ciega e inútil de la que hablaba al principio de este apartado.
Esta repetición deriva en un desdoblamiento del tiempo: el objetivo, el que marca el segundero, definitivamente pasa: hace más de un año que Leonard ha vengado a su esposa; sin embargo, la recurrencia del pasado en la mente de la víctima hace que, subjetivamente, no se perciba tránsito alguno. Cada día es el mismo, “bebemos y bebemos”. El pasado se vuelve insuperable y la persona sólo siente su dolor, sólo se siente a sí misma.
De ahí que el simple transcurso del tiempo no sea remedio. Si se pretende que el pasado construya al presente (y al futuro), es preciso “trabajarlo”. Por otro lado, al admitir que la memoria es selección, queda revelado que la víctima, pese a sus alegatos, no es aquel pasivo hombre que asiste a la repetición de un evento. Por el contrario, es un sujeto que deliberadamente elije regresar y regresar, oscureciendo cualquier momento que pudiera retar la identidad erigida desde la redundancia del dolor. Y de esta forma, resulta evidente que el criterio de literalidad del pasado puede fácilmente volverse abuso de la memoria.
II. Everything’s illuminated: La memoria ejemplar.
Para que la colectividad pueda sacar provecho
de la experiencia individual
debe reconocer lo que ésta tiene en común con otras.
Tzvetan Todorov
de la experiencia individual
debe reconocer lo que ésta tiene en común con otras.
Tzvetan Todorov
Hay interacciones más amables y generosas entre el hombre y el tiempo; las hay que no encarcelan en las mazmorras del ensimismamiento, que no condenan a la repetición del recuerdo, que no piensan a la justicia como sinónimo de venganza. Y todas ellas se inscriben en la categoría de memoria ejemplar, que necesariamente atraviesa la resolución del duelo. Había mencionado antes que la cura adecuada conjuga tres bálsamos: el de la libertad inscrita en la selección de la memoria, el de la reflexión apoyada en la razón y el de la representación que emana del lenguaje. De su conjunción no deviene exclusivamente la vida sosegada y alegre del otrora doliente: la construcción también se precia de sus facultades expansivas. Aquel que, en estos términos, piensa su pasado, también lo pone al servicio de otros –incluso otros radicalmente distintos a nosotros. Respecto a la ejemplaridad de la memoria dice Todorov: “Abro ese recuerdo a la analogía y a la generalización, construyo un ejemplo y extraigo una lección”. Y así la destrucción pierde sus potencias devastadoras. El bálsamo tiene esta propiedad curativa. Del aniquilamiento sistemático surge la construcción de cimientos más resistentes; del dolor surge la consigna de evitar sufrimientos similares en el futuro; de la introspección personal se construyen diálogos con el otro.
Para este objetivo se demuestra útil un tipo de representación: me refiero a la analogía de la que habla Todorov. La analogía permite encontrar semejanzas y diferencias entre la tragedia propia y la ajena; y, con ello, rompe el cerco circular que la pensaba inconmensurable, incomparable. “Una vez recuperado, el recuerdo se inscribe como una manifestación más entre otras de una categoría más general: me sirvo del pasado para comprender situaciones nuevas con agentes diferentes”. En especial, la salida del encierro se provoca cuando se construyen lecciones y se ponen al servicio de otros. El doliente no elige asegurarse una identidad a través de la victimización, sino que presta su experiencia como ofrenda a la humanidad; y con ello actúa en función de una de las más elevadas inclinaciones del hombre, la generosidad, al tiempo que indudablemente apuesta por la virtud más luminosa: la esperanza.
Apunta Todorov este deber de las víctimas del Holocausto: ellos deberán ser los vigilantes del presente y del futuro. Deberán denunciar cualquier tipo de violencia que se asemeje a aquella, que tan profundamente sufrieron. Y, sin embargo, se sabe que varios judíos no manifestaron desacuerdo alguno por las torturas que los franceses infligían en los argelinos; se sabe también que han hecho mucho más que evadir el tema en otros casos. Las víctimas, a las que les ha ajustado tan bien el traje, se niegan a reconocer el dolor de otros; la ayuda, las reparaciones –convertidas en privilegios– son exclusivamente para ellos. Se les escapa el presente por estar tan concentrados en su monumento al pasado. En ello no hay generosidad alguna: la víctima es implacablemente egoísta.
Jonathan S. Foer es un judío, radicado en EUA, obsesionado con el pasado de su familia –emigrantes de Ucrania, debido al genocidio Nazi. Al principio, el protagonista presenta un peculiar uso de la memoria: coleccionarlo todo. En una amplia pared, monumento personal de su desgracia, cuelgan, protegidas del paso del tiempo por bolsitas de plástico herméticas, todos los objetos de sus parientes muertos: billetes, jeringas, muñecos, crema, condones y dentaduras postizas; también placas, llaves, lentes, polvo y hasta confeti. Sin embargo, su definición de la memoria como recuerdo absoluto cambiará cuando, al recibir una foto de su abuelo, se embarca en un viaje a Ucrania.
Así conoce a Alex, nieto de un hombre que, tras la Segunda Guerra Mundial, montara un negocio para ayudar a los judíos exiliados a encontrar su lugar de origen. Juntos recorrerán Ucrania hasta hallar el pequeño pueblo de Trachimbrod. Alex le pregunta a Jonathan la razón de coleccionarlo todo. La primera vez se enfrenta a un seco “No sé”, pero la segunda, una vez que ha conocido su pasado, le ofrece una respuesta más elaborada: “A veces me da miedo olvidar”.
Al llegar a Trachimbrod, Jonathan se encuentra con el relato de la vida de su abuelo en labios de la hermana de su primera mujer. La trama revela que el abuelo de Alex también era judío y que vivió en la misma aldea. Sin embargo, su definición de memoria era la opuesta: olvidarlo todo, sin excepciones. Así lo decide cuando sobrevive al fusilamiento que los alemanes hacen contra los habitantes del pueblo. En una conmovedora escena, el abuelo –entonces joven– se levanta de entre los cadáveres, se arranca de los cuerpos ya muertos y violentamente se quita el saco que, en la solapa, llevaba bordada la estrella de David.
Por la noche, y tras estos descubrimientos, Jonathan se acerca al Brod, el río junto a cual los judíos enterraron sus pertenencias más preciadas cuando presintieron la amenaza de los alemanes. Jonathan toma de las orillas dos montoncitos de tierra: uno para él y otro para el abuelo de Alex. En el protagonista sucede una importante transformación: su uso del pasado deja de ser exclusivo y lo comparte con otro en una situación semejante. Y no sólo eso, su búsqueda del recuerdo concluye en una construcción doble: la de su identidad y la reconciliación con el pasado que a causa de él vive el abuelo de Alex. El absurdo almacenamiento de objetos se convierte, en un acto de libertad y reflexión, en generosidad. He aquí el tránsito de los abusos de la memoria a los usos de ella. Siempre es posible cambiar el recuerdo obsesivo y el olvido de todo por el empleo ejemplar de la memoria, que ante todo sirve a otros. Cito el parlamento final de la película porque sintetiza, de manera conmovedora, los elementos de este uso de la memoria:
I have reflected many times upon our rigid search. It has shown me that everything is illuminated in the light of the past. It is always along the side of us, on the inside, looking out. Like you said: inside out. Jonathan, in this way, I will always be along the side of your life. And you will always be along the side of mine. Our families will be with us, and our families’ families. Your grandfather and perhaps, in some way, my grandfather as well (…) I’m sending you this because we have shared something to exist for and, of course, in case anyone comes searching.
In case anyone comes searching: en caso de que alguien, en otro momento, quiera servirse de nuestro pasado.
Para este objetivo se demuestra útil un tipo de representación: me refiero a la analogía de la que habla Todorov. La analogía permite encontrar semejanzas y diferencias entre la tragedia propia y la ajena; y, con ello, rompe el cerco circular que la pensaba inconmensurable, incomparable. “Una vez recuperado, el recuerdo se inscribe como una manifestación más entre otras de una categoría más general: me sirvo del pasado para comprender situaciones nuevas con agentes diferentes”. En especial, la salida del encierro se provoca cuando se construyen lecciones y se ponen al servicio de otros. El doliente no elige asegurarse una identidad a través de la victimización, sino que presta su experiencia como ofrenda a la humanidad; y con ello actúa en función de una de las más elevadas inclinaciones del hombre, la generosidad, al tiempo que indudablemente apuesta por la virtud más luminosa: la esperanza.
Apunta Todorov este deber de las víctimas del Holocausto: ellos deberán ser los vigilantes del presente y del futuro. Deberán denunciar cualquier tipo de violencia que se asemeje a aquella, que tan profundamente sufrieron. Y, sin embargo, se sabe que varios judíos no manifestaron desacuerdo alguno por las torturas que los franceses infligían en los argelinos; se sabe también que han hecho mucho más que evadir el tema en otros casos. Las víctimas, a las que les ha ajustado tan bien el traje, se niegan a reconocer el dolor de otros; la ayuda, las reparaciones –convertidas en privilegios– son exclusivamente para ellos. Se les escapa el presente por estar tan concentrados en su monumento al pasado. En ello no hay generosidad alguna: la víctima es implacablemente egoísta.
Jonathan S. Foer es un judío, radicado en EUA, obsesionado con el pasado de su familia –emigrantes de Ucrania, debido al genocidio Nazi. Al principio, el protagonista presenta un peculiar uso de la memoria: coleccionarlo todo. En una amplia pared, monumento personal de su desgracia, cuelgan, protegidas del paso del tiempo por bolsitas de plástico herméticas, todos los objetos de sus parientes muertos: billetes, jeringas, muñecos, crema, condones y dentaduras postizas; también placas, llaves, lentes, polvo y hasta confeti. Sin embargo, su definición de la memoria como recuerdo absoluto cambiará cuando, al recibir una foto de su abuelo, se embarca en un viaje a Ucrania.
Así conoce a Alex, nieto de un hombre que, tras la Segunda Guerra Mundial, montara un negocio para ayudar a los judíos exiliados a encontrar su lugar de origen. Juntos recorrerán Ucrania hasta hallar el pequeño pueblo de Trachimbrod. Alex le pregunta a Jonathan la razón de coleccionarlo todo. La primera vez se enfrenta a un seco “No sé”, pero la segunda, una vez que ha conocido su pasado, le ofrece una respuesta más elaborada: “A veces me da miedo olvidar”.
Al llegar a Trachimbrod, Jonathan se encuentra con el relato de la vida de su abuelo en labios de la hermana de su primera mujer. La trama revela que el abuelo de Alex también era judío y que vivió en la misma aldea. Sin embargo, su definición de memoria era la opuesta: olvidarlo todo, sin excepciones. Así lo decide cuando sobrevive al fusilamiento que los alemanes hacen contra los habitantes del pueblo. En una conmovedora escena, el abuelo –entonces joven– se levanta de entre los cadáveres, se arranca de los cuerpos ya muertos y violentamente se quita el saco que, en la solapa, llevaba bordada la estrella de David.
Por la noche, y tras estos descubrimientos, Jonathan se acerca al Brod, el río junto a cual los judíos enterraron sus pertenencias más preciadas cuando presintieron la amenaza de los alemanes. Jonathan toma de las orillas dos montoncitos de tierra: uno para él y otro para el abuelo de Alex. En el protagonista sucede una importante transformación: su uso del pasado deja de ser exclusivo y lo comparte con otro en una situación semejante. Y no sólo eso, su búsqueda del recuerdo concluye en una construcción doble: la de su identidad y la reconciliación con el pasado que a causa de él vive el abuelo de Alex. El absurdo almacenamiento de objetos se convierte, en un acto de libertad y reflexión, en generosidad. He aquí el tránsito de los abusos de la memoria a los usos de ella. Siempre es posible cambiar el recuerdo obsesivo y el olvido de todo por el empleo ejemplar de la memoria, que ante todo sirve a otros. Cito el parlamento final de la película porque sintetiza, de manera conmovedora, los elementos de este uso de la memoria:
I have reflected many times upon our rigid search. It has shown me that everything is illuminated in the light of the past. It is always along the side of us, on the inside, looking out. Like you said: inside out. Jonathan, in this way, I will always be along the side of your life. And you will always be along the side of mine. Our families will be with us, and our families’ families. Your grandfather and perhaps, in some way, my grandfather as well (…) I’m sending you this because we have shared something to exist for and, of course, in case anyone comes searching.
In case anyone comes searching: en caso de que alguien, en otro momento, quiera servirse de nuestro pasado.
III. La memoria traída a juicio
Time has gotten by on alibis and wine.
Clap Your Hands Say Yeah
Clap Your Hands Say Yeah
Llamadas las partes del juicio, la memoria ejemplar y la memoria literal, se les pide que se tomen su lugar: cada una en un lado de la balanza. Ha vencido la primera. Sentada en el lado izquierdo, su peso suma más que el del otro platillo; tal vez por que en él esté contenido todo el futuro rescatado del horror a partir del uso ejemplar del pasado. Del otro lado, y ligera como pluma, está recostada la literalidad. Es la suma anulada, y reducida a cero, de todas las almas entregadas a su propio dolor. Vidas nimias que nada pueden sumar; su recuerdo es resta.
Un minuto de silencio vale en tanto que asegure dichosas horas; nuestros museos cuentan cuando, fuera de ellos, transcurre la vida tranquila. Deshagámonos de nuestra colección de monumentos estériles del pasado. Un minuto ahogado en llanto y sin lecciones pronto se vuelve cómplice callado del horror, que afuera y en el presente sigue reproduciéndose, y cuyos días de tragedia también deberán ser honrados con silencio hasta que la historia humana se erija desolado museo de funestos minutos suspendidos.
El tiempo sólo es útil en cuanto a la posibilidad que ofrece para la reflexión, la libertad y la responsabilidad. Aquello que le da peso a las horas que acunamos entre las manos no es el simple transcurso del tiempo, sino la voluntad de decirse y darse a lo largo del tiempo.
Un minuto de silencio vale en tanto que asegure dichosas horas; nuestros museos cuentan cuando, fuera de ellos, transcurre la vida tranquila. Deshagámonos de nuestra colección de monumentos estériles del pasado. Un minuto ahogado en llanto y sin lecciones pronto se vuelve cómplice callado del horror, que afuera y en el presente sigue reproduciéndose, y cuyos días de tragedia también deberán ser honrados con silencio hasta que la historia humana se erija desolado museo de funestos minutos suspendidos.
El tiempo sólo es útil en cuanto a la posibilidad que ofrece para la reflexión, la libertad y la responsabilidad. Aquello que le da peso a las horas que acunamos entre las manos no es el simple transcurso del tiempo, sino la voluntad de decirse y darse a lo largo del tiempo.

Has sido muy oportuna. Gracias.
ResponderSuprimirComentarios...después.
ResponderSuprimirgracias.... de verdad gracias
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