2.25.2010

De Profundis, primera lectura


Leer De Profundis, de Oscar Wilde, es equivalente a masticar arsénico. Para decirlo con mayor precisión, tomar una página es como tomar entre las manos un puñado de arsénico y zampárselo en la boca; leer cada línea es como masticar y triturar el venenoso polvo con la ayuda de las muelas. Imposible leerlo sin salir de él furioso, ofendido, humillado y rabioso. ¡Cuánta rabia! Apenas llegué a la página 40. Hasta ese momento, me había permitido leerlo con una sana dosis de humor, de ironía –ganada con los años–, pero ya en la página 30 me sentí presa de su odio y, en un intento por librarme de tan oscura ponzoña, decidí cerrar el libro y alejarme, corriendo, al refugio de estas páginas; que son, me permito decirlo desde ahora, un intento de comprender al iracundo Wilde –a quien terminaré de leer cuando digiera un poco del veneno que logró anidar en mi hígado.
Me veo impelida a responder a tan furiosa misiva. ¿Qué diría yo, de ser el destinatario de esa carta? Mi primera respuesta –y debo ser fiel a ella– refiere a la letra de una canción de un grupo de rock chileno, a saber: “¿quién puede ser la víctima / sin ser victimario?” En el ánimo de cimentar a la cultura pop con una forma de conocimiento más respetada, acudo al psicoanálisis; diría mi analista: “nadie puede pasar tanto tiempo con un narcisista sin serlo también”. Y por si quedara duda de la sabiduría de este aserto, acudo a una frase, más bien chabacana, de un tipo de terapia grupal que ha cobrado vigor entre los adictos, léase: “la enfermedad de tu pareja es del tamaño de tu enfermedad”. Esto es: para que sea cierto que Wilde sufrió tanto a causa de Douglas, también debe ser cierto que Douglas sufrió lo mismo a causa de Wilde. Y quien no sepa esto sí que provocará “la befa y el castigo de los dioses”.
Más allá de esta respuesta que bebe de tres fuentes, contestar la carta con una misiva del mismo tono o, como pretendía Douglas, publicarla con comentarios a los vilipendios del autor, sería inapropiado: tan sensacionalista como los talk shows que tanto se han puesto en boga. Aclaración: eso de odiar es común entre los hombres y reconocerlo es meta de quien se enfrenta en el diván o en la palabra, pero también es cierto –y es ahora cuando acudo a Pessoa– que tomarse la vida de manera tan trágica es, y será siempre, una exageración; yo añadiría: una exageración pueril.
Bien, hasta aquí mi respuesta al contenido personal de esta carta. Me detengo en este punto por no estar segura de mis conclusiones. Deberé terminar el libro, digerirlo –al parecer por largo tiempo– y vivirlo en diferentes momentos para contestar apropiadamente.
Vista ahora desde una perspectiva literaria –esto es, sin encarnarla ni usarla como medio de proyección–, la carta es una exposición excelsa de una de las pasiones más desgarradoras del alma humana: el odio. Mantener con tenacidad la pluma entre los dedos, cuando se habla de sentimientos tan cáusticos, sugiere la enorme valentía de quien escribe. ¿Será que esa valentía venía motivada por el imperativo catártico? ¿Será que Wilde escribió sus emponzoñadas líneas para deshacerse, al fin, del odio que se anidaba en su alma, carcomiéndola? Pareciera que sí. Al menos eso sugiere con la frase que ahora cito: “[ el odio ] es una atrofia capaz de matar a todo menos a sí mismo”; resulta verdaderamente urgente exiliar a tan peligroso asesino. Mi analista diría que sentirlo todo es la única manera de vencer a semejante homicida, en otras palabras: para sentir siquiera una gota fresca de dicha es indispensable atragantarse con la espesa cicuta del odio. Y esto es indudablemente cierto, aunque llevarlo a la práctica represente enormes dificultades: porque también es cierto que nadie, jamás, quiere reconocerse en tan detestable papel. El principio de realidad –consagrado en una infinidad de normas sociales– sugiere siempre el recato en cuanto a emociones profundas (De Profundis, para recordar el título de la obra). El juicio del otro acusándonos de violencia nos resulta tan incómodo que quisiéramos evitar a toda costa, o al menos en público, encontrarnos en una cárcel de resentimiento. Y, a pesar de nosotros, odiamos como odia Wilde, y amamos como amó Wilde –también a pesar de nosotros. Es por esa confrontación que hay que leerlo –así lo ordenado el imperativo introspectivo–, y es por la tenacidad en la exposición de una emoción tan ruin que hay que soportarlo –ordenado así por el imperativo literario. En una frase: aceptar lo humano, lo que es ser humano, todo lo que hay contenido en ello.
Todavía queda algo por decir: indudablemente, una curiosidad públicamente sancionada se inmiscuye en la lectura de esta furiosa carta –y en la de cualquier otra. ¿Qué buscan en ellas sus lectores? Ya me había preguntado esto en mi editorial al número 158 de Opción. Está claro: la cercanía íntima de quien conoce a otro. Tiremos la máscara: no es por conseguir y rastrear lecciones literarias y claves interpretativas de la obra del autor, al menos no exclusivamente; es, también, por la necesidad del lector de hacer humano al escritor. Heidegger se vuelve Martin, Nin se vuelve Anaïs, Woolf se vuelve Virginia y Wilde se vuelve Oscar. Lo que quiero recuperar de esa editorial es lo siguiente –que me parece grandioso de las letras–: la intimidad suele ser una cosa frágil; vínculo vaporoso y tímido que, enfrentado a la presencia de un tercero, se esconde y hasta se desvanece. ¿Quién no ha sentido como la proximidad se vuelve distancia cuando un tercero, ajeno a la conversación, aparece de súbito entre dos personas? El otro, que no es el Otro con quien queremos hablar, se vuelve más que una interrupción molesta: se vuelve intruso. Basta decir que la incomodidad de esa invasión no es terreno fértil para la intimidad, en presencia de lo extraño la cercanía no florece. Sin embargo, la literatura permite que el tercero no se vuelva presencia ajena, sino cómplice. Más que testigo, es el otro quien revive y reencarna lo que escribió el autor de esas cartas. La distancia de los años y la lejanía de los continentes no son obstáculos para la empatía que nace de esa lectura. El lector no es el otro ajeno sino el otro con quien lustros después el autor dialoga. Es así que la literatura es la vía que permite que el extraño se vuelva íntimo.
Baste decir, por ahora que, así como el alma no se censura en el diálogo que sostiene consigo misma, tampoco esta carta acepta la edición de las emociones profundas.

1 comentarios:

  1. Muero por leerla. (Mmm... ¿?)
    Wilde es de mis favoritos.
    Te mando besos.

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