3.29.2010

El ruido que nos rodea


El ruido nos rodea, avasallante. Parece decidido a librar una batalla contra la soledad y el silencio, impelido por el exterminio de todos los resquicios posibles de intimidad. Todavía el ingenio humano no ha dado en construir una ciudad callada, de noches serenas y silenciosas. Como si su miedoso espíritu se rebelara contra la misteriosa potencia, el hombre llena la noche de ruido: la hincha de ladridos y pitidos; de alarmas que se activan por la furtiva caricia del ladrón o por la intolerable transgresión de una hoja seca que, en su descenso hacia nuestra tierra de petróleo, se atreve a rozar el ardiente cofre de un coche estacionado.
A la sinfonía urbana se suman persistentes llamadas telefónicas: una señora, con alegría simulada, confirma su asistencia a una reunión sabatina; otra insiste en una retahíla de rumores sobre la, ¡ay!, ¡tan reprochable inmoralidad de alguien más!; un adolescente agrega sus ajás y sus hmms como percusiones de esta orquesta de barullos, seguramente en respuesta a otra retahíla –la de su novia que no escatima detalles en la narración del día.
Nadie calla. Nada calla. Incluso yo contribuyo a esta terrible amalgama de ruido con el golpeteo de las teclas de mi ordenador, que otro bien podría asociar con el ruido de una metralleta en tiempos de guerra. Y de nuevo el perro, un West Highland White Terrier, que me recuerda el estropajo sucio con el que los mecánicos limpian motores y manos manchadas de grasa. Un estropajo, dice la reseña canina, de personalidad enérgica –yo diría, más bien, nerviosa–, amigable –molesta–, de sonrisa amable –indecente–; en síntesis: un perro amoroso que necesita atención y cuidado –eufemismo de histriónico e histérico–: un claro museo andante de patologías capitalinas. Todavía no entiendo cómo sus orejas puntiagudas resisten al impacto de sus agudísimos ladridos; los míos, por el contrario, acunan el molesto zumbido como eco de esas vibraciones que ya amenazan la integridad de mis tímpanos.
Ahora se enciende un televisor a un volumen estruendoso y me veo obligada a convivir con los mismos reclamos de otra mujer a otro hombre, sobre otra infidelidad (o desamor) en “otra” telenovela. Afuera y más lejos, algún desesperado clava sus dedos, como garras, en el volante del coche; pitando, como si no hubiera mañana, porque alguien más se ha estacionado a la mitad de la calle; sobran pretextos: porque espera a sus angelitos, a su mujer o a la suegra; porque le vino en gana comprarse unas frituras enchiladas en la tienda de abarrotes o, simplemente, porque no encuentra un lugar más sensato para estacionarse y decide, en su individualismo férreo, que no pagará por la saturación de los bienes públicos dando vueltas a la manzana, sino deteniéndose en segunda fila. O bien, y esta es otra posible razón de los graznidos del hombre que pita, porque alguien avanza con una lentitud incomprensible, como si existiera una extensión infinita de mañanas y el despilfarro del tiempo no tuviera consecuencias. Alguien más, en otra casa vecina, no contesta una llamada, bien porque no está en casa –afortunado– o porque no quiere –¡desgraciado!–, y el repiqueteo del timbre se guarda en mis oídos.
Nadie calla. Nada calla. Hemos sido rodeados por un avasallante ruido. Cierren sus ventanas.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada