Me reencontré con esta locución latina en un blog. Ahora resulta que sirve de título a una serie de fotografías –bastante posmodernas, por cierto. Confieso que me gusta la frase por su carácter de sentencia: recuerda que morirás. Antes de ser recuperada por el fotógrafo posmoderno, y en su contexto original, se usaba como recordatorio de la finitud frente a la vanidad, consecuencia inmediata –y en la mejor de las veces, involuntaria– de la gloria y las grandes hazañas. Pero memento mori: tú, también, morirás. Mejor aún: de la muerte, ni la fama te salva. Humildad obligada. Y así, con una lección lacónica –como deberían serlo todas, si su objetivo es provocar impresiones duraderas– se desmorona nuestro concepto de trascendencia; y es que el anhelo más representativo de esta época, la nuestra, no es el cielo cristiano, sino las melifluas promesas de la fama. Sin embargo, y pese al narcisismo generalizado, celebrado y hasta parodiado, memento mori: el recuerdo de nosotros también morirá. Esto lo sabía muy bien Marco Aurelio: “Próximo está tu olvido de todo, próximo también el olvido de todo respecto a ti”.
Se repite, involuntaria, en mi discurso interno: memento mori, memento mori, memento mori. No es casual que se haya hilado en mi soliloquio. ¡Vaya que es cierto lo que anotaba sobre la relación entre el laconismo y la impresionabilidad! Sin embargo, el recuerdo de esta sentencia no se debe, exclusivamente, a la brevedad con la que fue expresada. Tampoco basta con decir que responde a la destrucción de mi paraíso personal. Está, y esto no lo había mencionado, la musicalidad de la frase, su lirismo: memento mori, me-men-to mo-ri, con su conjunción perfecta de vocales y la aliteración de tan peculiar consonante; son pocas las consonantes que obligan a la boca a cerrarse por completo, a clausurarse, a censurarse brevemente. Y luego, intercaladas entre vocales que de nuevo abren los labios, permitiéndoles recuperarse en breves bocanadas de aire: me-men-to--mo-ri.
Es poesía: porque la buena poesía –y sí, la hay buena, mala y la que ni siquiera lo es– comparte, tal vez por el laconismo, la capacidad de impresionar a quien la escucha: se queda en nosotros, involuntariamente. Víctor Manuel Mendiola escribió un ensayo sobre el estrecho vínculo entre memoria y poesía que apoya esta tesis; además, en su labor didáctica y pedagógica, añade algunos ejemplos que sirven de demostraciones ostensivas para el lector. Recordamos, como si la poesía nos obligara a ello: a recordarla, a repetirla. Y así recuerdo (tómense como mis demostraciones ostensivas): “el verde de los árboles nuevos”, “para mis lágrimas un lugar y para mi amor, una patria”, las dos de Hölderlin; “Mírate nada más, manos de pobre”, de Óscar de Pablo; “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / esta muerte que nos acompaña del alba a la noche”, de Pavese; “Leche negra del alba, te bebemos al amanecer”, de Celan; “Tengo la boca llena de tierra, llena de ti”, de Juan Rulfo; “Luz negra que es más luz que la luz blanca del sol”, de Darío. Anoto, justo ahora, que no hago esfuerzo alguno en recordar estos versos: se imprimieron, por sí mismos, en memoria; de la misma forma que memento mori y una de las meditaciones de Marco Aurelio.
Más allá del lirismo, algo tienen de ineludibles y definitivas. Sin embargo, parpadear es igual de ineludible y nadie sensato se pasa la vida recordando un hecho biológico tan baladí. No es, entonces, que sean determinantes, sino que en su determinación son dolorosas; y al serlo, inauguran lugares del alma: moriremos, nos dice Pavese, y olvidarán que lo hicimos, remata Marco Aurelio. ¿Quién podría salir intacto de la verdad de la doble muerte? ¿Quién podría pasar de ella? Aplazarla, sí; evadirla, también; olvidarla, jamás.
Lacónico, involuntario, melodioso, doloroso memento mori.

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